¿Quién es Viriato ante el César?

Por Álvaro de la Cruz

Cuando Astérix y Obélix, o como sucedía en la realidad con el líder lusitano Viriato, daban quebraderos de cabeza al César, no eran más que esto: quebraderos de cabeza. Ni mucho menos un impedimento de verdadero peso en la política expansiva del Imperio, se mandaban unas cuantas falanges más de lo pensado para acabar con los “agitadores” y listo. De igual modo sucedía en caso de negociaciones y diplomacia, como en las contiendas, el César era el César, por mucho que uno fuera rey de los galaicos.

Esto era así, y así sigue siéndolo. Días atrás, el presidente del Gobierno español -que si bien no es el líder de una macro potencia, tampoco es un representante nada desdeñable a nivel mundial- realizó su primera visita oficial de la legislatura a la Casa Blanca, la actual Villa Romana del Julio César de nuestro tiempo. En esta visita, además de los intereses españoles (que indirectamente son los de todos los europeos), fundamentalmente se llevaron a cabo negociaciones políticas y económicas en clave europea: el Tratado de Libre Comercio a firmar entre los dos bloques, las inversiones mutuas en sectores estratégicos, dependencia energética, cooperación militar, investigación… Pues pese a esto, la falta de cohesión, liderato y verdaderos representantes de la Unión (la de este lado del Atlántico) se pusieron de manifiesto en suelo norteamericano, desde el minuto uno:

En primer lugar, el “prime minister of Spain” hace un homenaje floral a la tumba del Soldado Desconocido en el Cementerio Nacional de Arlington, VA. Al margen del poco probable interés de nuestro Presidente por conocer el country side del estado de Virginia, el desplazarse para rendir tributo a los cientos de miles de soldados estadounidenses caídos en batalla, es un acto de respeto y enaltecimiento para con nuestros aliados yanquis, ¿no? Pues fue solo; bueno, le acompañó un comandante de infantería.

Más tarde, el mismo día, Rajoy se dirige a la Casa Blanca en un impresionante todoterreno negro GMC, de los de las pelis, con lunas tintadas, unos banderones en el capó estupendos y a toda velocidad. Al llegar a la puerta del backyard de la residencia presidencial, ¿quién le recibe?, ¿el anfitrión como suele hacer un amigo o un igual en diplomacia? NO, otro soldadito. El Presidente entra solo “hasta la cocina” en donde el Emperador le espera en su sala del trono para despachar rápidamente lo que sea menester, que luego debe regresar a sus verdaderas cuestiones de Estado.

Algunos podrán pensar que estos gringos son unos prepotentes, que menuda falta de elegancia y educación, o que pueda tener algo que ver con el signo político de un partido. Pues yo os digo que para nada. Más bien volvemos al precepto sacro de las relaciones internacionales, que son una verdadera jungla, y la respuesta a la manera de proceder de alguien en este ámbito siempre es la misma: “porque puede”. Y una vez más, España, o una Europa fragmentada, no pueden.

Todos recordamos la ilusionante (preocupante para algún nacionalista rancio) promesa incluida en la Constitución Europea: “El Ministro de Asuntos Exteriores representará a la Unión en las materias concernientes a la política exterior y de seguridad común. Dirigirá el diálogo político con terceros en nombre de la Unión y expresará la posición de la Unión en las organizaciones internacionales y en las conferencias internacionales”. Bueno, eso es aire hoy por hoy pero, ¿os imagináis cuan distinto sería el trato que recibiríamos en el marco internacional los europeos si acudiésemos a este tipo de eventos unidos, con un fuerte único representante? Perdonad la expresión, pero se iba a cagar la perra.

Somos la primera potencia mundial económicamente, tecnológicamente, agrícolamente, deportivamente, en defensa si quisiéramos, por no hablar de que contamos con el sistema de mayor progreso, seguridad y libertad y de desarrollo de sus ciudadanos. Y esto no es algo que proclamar por chulos, por ser más que nadie, pero sí porque se respete a Europa como se merece, por la capacidad de negociación y presión de Europa en muchos ámbitos, más de los que nos imaginamos (mayor capacidad de presión de Europa en cumbres climáticas, de paz, o de comercio, representarían claramente un mejor modelo para el futuro mundial que lo que se viene consiguiendo).

En definitiva, en nuestras manos está construir mejor Europa, desde hoy, y que cuando en el futuro Viriato visite al César le diga “Julio: ¡déjate de reverencias y vamos a hablar!, que somos amigos.

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