¿Lo peor de lo peor? ¡No los subestimes!

Por Pablo Colomer

Se suele decir que la generación actual de líderes europeos es una de las peores, si no la peor. De todos los tiempos (por establecer un marco temporal manejable). En España también se piensa así de los líderes nacionales. Este juicio suele ir acompañado de otro: todo político pretérito, además de “estar hecho de otra pasta”, fue mejor que los actuales (o no tan malo). Resulta un fenómeno, en principio, paradójico: pasado un tiempo, esos líderes políticos hoy denostados ven mejorar su reputación. Como ejemplo, véase la estatura política que ha ido adquiriendo José María Aznar en los últimos tiempos, cuando hasta sus críticos más acérrimos empiezan a reconocerle algo de talento, indudables cojones y cierto carisma. Por no hablar del infatigable Felipe González o del hoy colosal Adolfo Suárez. La tendencia, además de irónica, parece evidente. ¿Qué sucede? ¿Nos falla la memoria? ¿El tiempo todo lo cura?

En realidad, es un lugar común pensar así de los políticos, de la vida y de las raciones de los bares. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Regresemos a Europa. ¿Dónde han quedado la visión, la inteligencia y el arrojo de los padres fundadores? Monnet, Schuman, Gasperi… todos ellos titanes en el arte del compromiso, del salto audaz. Hoy la mediocridad hace carrera entre la clase política europea. El hombre masa que aterraba y fascinaba a José Ortega y Gasset (más incluso que la coleta del chino asomando por los Urales) campa a sus anchas por nuestro continente. Observen si no, de manera desapasionada, por favor, a Mariano Rajoy. O a su homólogo francés, François Hollande. En Italia mejor no poner pie.

¿Estamos condenados a degenerar? ¿Se suceden los políticos unos a otros hasta el apagón final? Comparen a la canciller Merkel con el canciller Bismarck y tendrán la respuesta a su pregunta. O al premier Cameron con el premier Churchill, del que luego hablaré, y verán como el alma se les cae a los pies.

¿Cómo no vamos a estar desafectos, con tal panda de nulidades al timón? ¿Cómo no vamos a desentendernos de la alta política, si los peores de entre los peores están ahí arriba, a los mandos de la nave? Peor aún, ¿cómo no vamos a salir corriendo, si pensamos que quienes habrán de venir conseguirán, a base de retorcido talento, que añoremos a sus predecesores? ¡Aznar carismático, camaradas, José María Aznar!

La historia del animal político, por fortuna, no es un camino de degradación. En el asunto de las raciones de los bares no me meto, pero ni la política actual debe provocarnos hartazgo ni sus protagonistas, rechazo. Si acaso, una curiosidad en ocasiones malsana, pero nada menos. Por ello, paso a colgarle el cartel de fuera de servicio al mantra de que estamos ante la peor generación de líderes europeos jamás vista. A partir de ahí, les invito a observar con ojos más piadosos a esos hijos de puta, nuestros hijos de puta, que diría Roosevelt.

Cake Cutting for the Nobel Peace Prize

Para ayudarnos en la tarea, echemos la vista atrás apenas cien años, una ridiculez según estándares chinos. Nos toparíamos con una firme candidata a Peor Generación de Líderes Europeos de la historia. Porque, ¿qué me dicen de la generación de los padres des-fundadores de Europa? Sí, esa generación de miopes visionarios que apagó las lámparas de todo el continente, de Moscú a Brest. ¿Qué me dicen del archiduque Francisco Fernando, gran aficionado a la caza, que se calcula mató unos 250.000 animales, corzo arriba, corzo abajo, en sus 50 años de vida? Y eso que el archiduque era uno de los más firmes defensores de la paz. ¿O el canciller alemán, Theobald von Bethmann-Hollweg, quien, devastado por la reciente muerte de su esposa, aceptó la guerra como catástrofe inevitable, resignado como el jugador de tenis ante un día de lluvia?

Mi favorito es, por supuesto, el inefable káiser Guillermo II, merecedor de un post aparte. La elegante Margaret MacMillan lo tilda de “peculiar e impredecible”. “Odiaba a su tío –explica la historiadora británica–, el rey Eduardo VII, ‘el archiintrigante y metomentodo de Europa’, quien a su vez despreciaba a su sobrino, al que consideraba arrogante y creído”.

El ojo clínico de Max Hastings no duda al hablar de Guillermo II: “La mayoría de sus contemporáneos, incluidos los estadistas europeos, creían que estaba trastornado; clínicamente, es probable que tuvieran razón”.

La entente cordial tampoco se libra, ni siquiera los flemáticos victorianos hijos de la Gran Bretaña. “Los políticos británicos habían desarrollado un temperamento salvaje y una conducta a menudo irresponsable –expone Hastings–. Un parlamentario tory arrojó un reglamento contra Winston Churchill, en la biblioteca de los Comunes, y le dio en la cara”. Literalmente.

“Otros mandatarios habrían evitado la Primera Guerra Mundial –afirma rotunda MacMillan–. La Europa de 1914 necesitaba un Bismarck o un Churchill con la perspectiva necesaria y el carácter suficiente para soportar la presión. Sin embargo, dirigían las potencias clave líderes débiles, dispersos y enfrentados”.

Por supuesto, MacMillan se refiere al Churchill que vino después, pues en 1914 ni Winston pudo esquivar el escarnio público, proyectiles reglamentarios aparte. ¿Qué hizo el entonces primer lord del Almirantazgo para ganarse la reprimenda de la historia? Ser el impulsor de dos de los grandes fiascos de la guerra, Galípoli y Amberes, este último ataque “netamente pirático” que le valió una lluvia de críticas por su propensión a las “aventuras extravagantes”, en palabras de Hastings, que solían acabar en sangre, sudor y no pocas lágrimas.

¿Peor Generación de Líderes Europeos de la historia? Incluso en hora tan negra, en ese subsuelo de la historia de la humanidad en que se convirtió Europa, podemos encontrar personajes luminosos. Un solo ejemplo: Jean Jaurès. Republicano cabal en una época de extremos, pacifista feroz, humanista lúcido, su discurso en Lyon, abogando por la paz en mitad del terremoto bélico-chovinista, resulta conmovedor. ¿Qué fue de él? A Jaurès lo mataron el 31 de julio de 1914, en el café Le Croissant de la calle Montmartre de París, tres días antes de que comenzase la Primera Guerra Mundial.

¿Corolario? Cuando se topen con uno no subestimen, ni asesinen, al líder europeo estándar, que siempre podría hacerlo peor. La Gran Guerra tal vez esté a la vuelta de la esquina.