Sofía, Braga, Conakri

Por Álvaro de la Cruz

Vaya por delante que soy muy español. Bien, ahora podemos empezar: me importa literalmente nada tu nacionalidad. Y además, me avergüenza el patriotismo futbolero, la exaltación de trapos de colores y el nacionalismo interesado.

Estos días, semanas y meses, nos hemos vuelto todos expertos en FRONTEX, grupos políticos utilizan desgracias humanas derivadas de la globalización para conseguir rendimiento electoral, y se repiten soluciones mágicas como el manido argumento de “meter” dinero en el origen para que estas personas no necesiten emigrar, o construir más vallas o muros, poner más agentes, etcétera.

Me parece que partimos de una premisa equivocada: no creo que debamos aplicar políticas que ayuden a mantener en compartimentos estancos a las poblaciones de los países; hay que entender -o recordar- que la globalización en términos migratorios es y debe ser altamente positiva para todos. Y lo es en términos económicos (autoajuste de los mercados de trabajo y producción), sociales (evitar envejecimiento del norte y la perseverancia del sistema sanitario y de pensiones) e incluso racial, ¡uy! he hablado de razas, me van a dar… Sí, porque no hay mayor error para la Raza Humana que la consanguinidad y el aislamiento. Lo bueno, lo necesario y lo bonito es el mestizaje señores (si alguien se atreve a negarme los maravillosos efectos que produce, le invito a un bar de Salsa que conozco para abrirle los ojos). Además, está muy de moda; no dejéis de ver el informe de Eurostat sobre el crecimiento de parejas mixtas estos últimos años.

En definitiva, lo que vengo a decir es que muchos entendemos que las fronteras no son más que hitos geográficos fortuitos o invenciones derivadas de una historia tóxica cargada de complejos y manipulaciones. Y no hablamos sólo de casos como el de Bni Nsar-Melilla, o el de la Península de Crimea, a todos os sonarán las recientes (y las no tanto) vergüenzas en Treviño, o las medievales ensoñaciones de algunos levantinos del norte de España. Si queremos quitar barreras porque no nos vemos tan diferentes los tunecinos de los italianos, o los chinos de los españoles, imagínese qué pensamos sobre hacer distinciones entre rumanos y franceses, o (¡caray!) entre leridanos y oscenses.

En esto, Europa tiene un gran achievement y también mucho potencial todavía. La UE hermana, iguala y difumina xenofobias propias del desconocimiento y la incultura. Por desgracia, su acción en este momento es poca, mala y tardía. Y, no nos ofusquemos, hay que trabajar step by step, Europa debe ser un peldaño más de la escalera histórica que nos ha dado las ciudades-estado, el paradigma nacional, o los imperios, pero es el peldaño que ahora toca. Tenemos que trabajar por conseguir que las personas de África puedan abordar procesos migratorios temporales o permanentes legales y ordenados, pero no hemos resuelto todavía, ni mucho menos, la problemática intracomunitaria que emana de los movimientos masivos de personas con lenguas, aspectos y, a veces, estilos de vida diferentes. ¿O acaso no perduran los clichés, estereotipos y racismos internos? Esto va desde los comentarios despectivos que se escuchan en Francia de las “limpiadoras portuguesas”, o cualquier verano en Dublín sobre los jóvenes españoles que “van a vomitar por las aceras, hacer ruido y robar”, o en el Reino Unido con los “temibles búlgaros y rumanos que van a llevar a la quiebra el sistema social”.

Esto no se combate con Erasmus, ni con el euro ni mucho menos con mecanismos de estabilidad financiera (ejemplos todos de gran importancia para el presente de la Unión). El ámbito rural de nuestros países, los sectores de población con menos ingresos y formación, los habitantes en definitiva de los pueblos y ciudades medianas de los 28, no van a participar de nuestro sentimiento de pertenencia y ciudadanía europea, ni tampoco van a hermanarse con los peones de la fábrica llegados de República Checa, los mayoristas de fruta españoles, o mucho menos con los gitanos húngaros y rumanos, gracias al FROB, al MEDE, al ECOFIN o al Programa Leonardo. Necesitamos: primero ejercer pedagogía con los ciudadanos y explicarles hasta qué punto su calidad de vida -y la perdurabilidad de ésta en el tiempo- son fruto y oportunidad generadas y a generar por la integración europea; después, tenemos que implementar políticas educativas básicas -pues la información y la cultura de muchos de nuestros conciudadanos sólo se adquieren en ciclos formativos primarios- que permitan dar a conocer a las generaciones futuras hasta qué punto los logros adquiridos son importantes y a la par vulnerables de perderse, y qué futuro podemos labrarnos juntos, erradicando la xenofobia de los estratos donde más reside: las personas que no se pueden ir de intercambio universitario, ni viajar con frecuencia, ni leen las columnas de economía de los grandes diarios. Sólo así podremos empezar a enfocar que un natural de Conakri pueda sentarse a debatir con jóvenes de Sofía y Braga, sobre política, baloncesto o cómo construir #MejorEuropa.