Donde está lo importante

Firma invitada: Alejandro Muñoz González* 

Es verdad que uno se siente pequeño ante Europa, ante esas instituciones de la Unión Europea. Y ante esa pequeñez surge la suspicacia y la desafección, y de ahí la desconfianza y la sospecha. La Unión Europea es para nosotros un lugar distante y frío, con grandes edificios acristalados y muchos espacios diáfanos que, claro, nos suscitan siempre la misma reflexión, “alguien tendrá que pagar todo eso”. Los españoles siempre hemos sido muy europeístas, o lo que es lo mismo hemos querido ser de Europa; pero son estos, tiempos de grandes desconfianzas y ya no estamos tan seguros de lo que antes creíamos. Nuestra confianza hacia las instituciones europeas ha caído desde el 74% en 2007 al 23% en 2012. Mariano Torcal, doctor en Ciencia Política, apunta a una crisis institucional como explicación al desencanto. Los ciudadanos ven como la gigantesca estructura europea ha sido incapaz de dar respuesta a los problemas que ha planteado la crisis.

Sin embargo; en Europa sí pasan cosas, muchas cosas. Aunque nosotros no nos enteremos o no nos interesemos, detrás de ese aparente telón de aburrimiento que es la política europea se encuentra un auténtico parque de atracciones del poder donde acuden grandes empresas, ONGs, despachos de abogados, grupos de interés… Síntoma inequívoco de la importancia de las decisiones de Europa son el ingente número de lobistas que trabajan en Bruselas al calor de directivas que afectan de algún modo a sus clientes. Estos grupos de presión van desde grandes empresas hasta sindicatos, pasando por ONGs, “think tanks” o las más diversas asociaciones. Su objetivo es sencillo, defender los intereses de su organización y conseguir que se legisle a su favor, o al menos que no se haga en su contra. Se estima que entre 10.000 y 30.000 lobistas trabajan en la sede de la Unión Europea, similar al número de grupos de presión que operan en un centro de poder tan decisorio como Washington.

Los lobby están presentes en todas las fases del proceso legislativo, desde la Comisión, que tiene la iniciativa legislativa y que podemos decir que es como el Ejecutivo de la UE, hasta el Parlamento Europeo, donde están acreditados alrededor de 3.000 lobistas de forma permanente. Dentro de la propia Comisión, el Observatorio Europeo Corporativo advertía sobre la presencia de expertos colaboradores en la redacción de las futuras normas que, en realidad, eran lobistas. Transparencia Internacional señalaba que dos tercios de los expertos que diseñaron la legislación financiera, cuya desregulación avivó la crisis, pertenecían a empresas dedicadas a esa actividad. Otra circunstancia, digamos, poco edificante, es el llamado efecto de “puertas giratorias”, cuando un miembro de la Comisión abandona su cargo y pasa a engrosar la nómina de un grupo de presión. En 2010, seis comisarios que fueron sustituidos acabaron en puestos de este tipo.

El trabajo de los lobistas continúa en la Eurocámara, la institución más puramente democrática de Europa, la que representa a los ciudadanos. Aunque en principio sus poderes eran limitados, tras el Tratado de Lisboa ha visto reforzada su importancia. Mi profesor se Sistema Político de la Unión Europea decía que el Parlamento Europeo era como esa novia que siempre quiere más, primero te presenta a sus padres, luego quiere que viváis juntos, luego casarse… Los lobistas encuentran por tanto un nuevo campo de actuación. Los europarlamentarios cuentan con debates donde participan representantes de la sociedad civil, expertos, sectores concretos afectados por la legislación, de ellos dependerá ser más o menos permeables a la presión de los lobistas dependiendo de muchos factores. Por ejemplo, el finlandés Alexander Stubb afirmaba ser bastante estricto, “les recibo quince minutos: explíqueme su punto de vista, deme sus papeles, gracias y hasta luego; y después redacto mis propias conclusiones”. La forma de abordar a los diputados va desde reuniones, escribir cartas, enviar correos electrónicos o incluso organizar campañas de gran visibilidad para atraer la atención mediática.

Lo cierto es que los siempre remilgados y bienintencionados europarlamentarios han intentado buscar la fórmula para controlar este tipo de presiones y hacerlas más transparentes. De ahí surge la idea en 2011 de crear un registro conjunto con la Comisión para los grupos de presión. Otra ingeniosa forma de control es la conocida como “huella legislativa”, un anexo a los informes de los diputados donde se especificará los lobistas con los que el ponente se haya reunido. A pesar de estas reservas, es opinión generalizada que los lobby son parte legítima del sistema y proporcionan información útil. Sin duda debe ser útil para sus señorías cuando se ha descubierto que los eurodiputados copian textualmente las enmiendas sugeridas por los lobby. Al menos eso denunciaba la ONG londinense Privacy International con respecto a la tramitación de la Ley de protección de datos de los consumidores. Al parecer algunos eurodiputados habrían copiado párrafos enteros de las propuestas de lobby de grandes multinacionales como Amazon o Ebay.

El trabajo de los lobby, por otro lado muy respetable (qué hay más encomiable que defender los intereses del otro) no hace más que poner de manifiesto la importancia de lo que se decide en Bruselas. Mientras nuestros ojos mediáticos se concentran en la Carrera de San Jerónimo, donde se discute sobre una reforma educativa o una ley de seguridad ciudadana; en Bruselas se está decidiendo sobre el efecto de los elementos electromagnéticos en la salud o sobre las cuotas de pesca de la caballa. Son cosas aparentemente pequeñas; pero no olvidemos que las pequeñas cosas son las que hacen la vida.

Con información de Expansión, El Mundo y www.europarl.europa.eu

*Alejandro Muñoz González es Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Granada y Experto en Liderazgo y Comunicación por la Universidad de Málaga.