Europeización de la energía o agonía del modelo de bienestar

Por Adrián Vázquez Lázara

Artículo del libro Europa 3.0. 90 miradas desde España a la Unión Europea, editado por Ideas y Debate. Descarga gratuita haciendo clic aquí

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) define el término «seguridad energética» como «la disponibilidad de una oferta adecuada de energía a precios asumibles». A esta aseveración habría que añadirle que, aparte de tener una oferta adecuada a precios asumibles, en la seguridad energética de un país o región también entran en juego la viabilidad e ininterrumpibilidad del suministro y el desarrollo de mecanismos y reservas capaces de sustituir una fuente de energía que pueda no estar disponible en un momento determinado. De acuerdo con esta tesis, aquellos países o regiones no productores de fuentes de energía convencionales –gas, petróleo y carbón– son los que sufrirían una mayor vulnerabilidad energética a no ser que aseguren su suministro a precios razonables, o que puedan sobrellevar sin mayores trastornos situaciones energéticas de emergencia.

La UE de los Veintiocho, con una tasa media de dependencia de fuentes de energía convencionales del 54,1 por ciento, es una región de alta dependencia energética. Esta dependencia se traduce en parones en el suministro energético por el aumento de los costes de producción ocasionados por un fallo técnico o un conflicto diplomático –como sucedió en Ucrania en 2006 y en 2009–, y en el aumento en los precios de la energía  provocado por situaciones extraordinarias como catástrofes naturales –Fukushima–, la aparición de nuevos competidores –BRIC–, revoluciones sociales –Primavera Árabe– o guerras –Irak–.

La situación geográfica y los recursos naturales disponibles de la UE hacen inevitable que estos sucesos externos, fuera de su control, le afecten. Sin embargo, sí se podría mejorar su índice de seguridad energética si se implementase una política energética común que, por ejemplo, proteja el suministro de manera conjunta o desarrolle un mecanismo cooperativo capaz de actuar en caso de emergencia energética de cualquiera de sus miembros. No obstante, y a pesar de la imperante necesidad de tomar medidas inmediatas, los países de la UE siguen tomando sus decisiones energéticas pensando en la energía como un fin en sí misma, y no como un medio para conseguir un objetivo común. Esta tendencia está abocando a la UE a un futuro nada alentador.

Debido a esta falta de consenso, la UE está perdiendo a pasos agigantados la posición de liderazgo en el terreno energético a la que estaba acostumbrada y esto, a la larga, supondrá un golpe devastador ya no sólo a su economía –disminución de la competitividad industrial y poder adquisitivo de la población–, sino también a la capacidad para mantener el estilo de vida de sus ciudadanos.

Es por lo tanto vital avanzar en la europeización de la política de seguridad energética a través de la implementación de objetivos de sostenibilidad reales y viables, del desarrollo de un mercado energético común y de la sincronización de los proyectos energéticos de la Unión Europea. Si no se avanza de manera conjunta en esta dirección, Europa corre el peligro de convertirse en una región de segundo orden.