Resolver la Europa de los binomios

Por Alejandro Barón

Artículo del libro Europa 3.0. 90 miradas desde España a la Unión Europea, editado por Ideas y Debate. Descarga gratuita haciendo clic aquí

Últimamente, se ha venido definiendo la situación a Europa como una conjunción de binomios enfrentados: Europeístas y Euroescépticos; Sur y Norte; democracia y tecnocracia; cercanía y Bruselas; deudores y acreedores; Euro y no-Euro; déficit y superávit; Schengen y no-Schengen; inmigrante y nacional… Sin embargo, la poliédrica realidad europea es infinitamente más compleja.

Desde que un griego-italiano universal como Empédocles empezara a teorizar sobre los binomios que constituyen la base de nuestra realidad, muchos hechos críticos, avances y retrocesos se han sucedido en la historia continental, desde la caída de Grecia a manos romanas hasta los rescates griegos del último lustro. Por ello, aunque es innegable que muchas fronteras políticas y culturales aún cuartean nuestro continente, cabe definir el momento presente de grandes zonas grises con algo más que confrontaciones maniqueístas. Tras una Gran Recesión con marchamo sicológico de trauma bélico, con el auge de los populismos y extremismos, y con Rusia resurgiendo como actor geopolítico en el continente, muchos tienen miedo –y algunos ganas- de encontrarse con un doppelgänger histórico.

Sin embargo, para los que defendemos que Europa es un camino y no una barrera a pesar de sus fallas y fallos, la situación actual sugiere que el único de estos binomios cuya resolución podría ayudar a resolver realmente alguna de las brechas creadas en el proceso de integración europea es el que existe entre federalistas e intergubernamentalistas.

Con el setenta aniversario de la fundación del Movimiento Federalista Europeo aún en la memoria y tras el despliegue de poder intergubernamental llevado a cabo en la última legislatura europea, la diferencia entre ambas corrientes y métodos del movimiento europeísta está más viva que nunca. Esto se debe a que, a pesar de su dureza, la crisis ha vuelto a reavivar el debate sobre las distintas posiciones ciudadanas respecto del futuro de la Unión Europea, frente al relato monolítico que se presentó a la ciudadanía desde la caída del Telón de Acero.

El problema es que mientras que la UE no puede elegir a largo plazo entre ser la del Sur o la del Norte, sí tendrá que decantarse en algún momento entre el federalismo o el intergubernamentalismo, una vez descartada la posibilidad confederal por la vía jurídica con el tratado de Lisboa, y por la vía monetaria con el ilusionismo express generado por Mario Draghi al asegurar que haría todo lo que fuera necesario por salvar la moneda. Si la pervivencia normativa, política y económica no están supeditadas a un interés puntual, entonces la Unión es de destino, y no viene fijada por intereses coyunturales.

En todo caso, la incertidumbre en el rumbo en este momento es un desastre político, y no es sólo un problema de líderes, sino de ideas. El no man’s land que resulta del funambulismo entre federalismo e intergubernamentalismo para contentar a todos, con una toma de decisiones con marcado protagonismo por parte de Estados miembros con intereses asimétricos y con fallos en el control democrático ciudadano a nivel europeo no debe ni puede durar mucho tiempo. Nadie quiere dar su brazo a torcer y perder su parte del pastel, pero tarde o temprano, de algún modo, todos tendrán que hacerlo.

Con todo, siendo lo más objetivos posibles, aunque esta indefinición global se une el fracaso económico, político e intelectual de las políticas de austeridad (técnicamente “consolidación fiscal”), no hay que obviar que se están tomando decisiones clave para las instituciones y los ciudadanos, y ahí volvemos a entrar en una zona gris sobre la que conviene reflexionar, aunque los saltos cualitativos no sean enormes. El embrión de Unión Bancaria que, a pesar de sus limitaciones entrará en noviembre del presente año y el reenvío hecho por el Tribunal Constitucional Alemán al TJUE sobre el caso de las OMT son noticias a tener en cuenta. Sobre todo porque van añadiendo pequeños elementos federadores a la incompleta estructura económica y política de la Unión con la técnica del gota a gota.

Veremos si el siguiente momento federal, esto es, cuando el próximo 25 de mayo los ciudadanos tengan la posibilidad de elegir directamente al presidente de la Comisión Europea sea respetado por los jefes de Estado y Gobierno nacionales reunidos en el Consejo Europeo. Ejercer un veto interesando ondeando puerilmente la bandera del “Estado soy yo” sólo contribuiría a azuzar el creciente desencanto de la ciudadanía hacia las instituciones europeas.