La solución es más Europa. . . y más democracia

Por Álvaro Imbernón

Artículo del libro Europa 3.0. 90 miradas desde España a la Unión Europea, editado por Ideas y Debate. Descarga gratuita haciendo clic aquí

Vivimos tiempos de cambios de paradigmas. A pesar del fuerte avance que supuso la Revolución Industrial, el Reino Unido necesitó 155 años para duplicar su PIB per cápita. Posteriormente, EEUU, Japón y Alemania requirieron entre 30 y 60 años para lograrlo. China e India lo están haciendo en una décima parte del tiempo e involucrando a una población más de 200 veces superior a la del Reino Unido del siglo XIX. Actualmente la UE en su conjunto, con sólo el 7% de la población mundial, es la mayor economía del mundo, supone la quinta parte del gasto militar global y acapara en torno a la mitad del gasto social y asistencia exterior. Durante los próximos años la UE tendrá que afrontar deudas nacionales abultadas con una población envejecida y un potencial de crecimiento limitado mientras el peso político y económico prosigue su traslado desde el Atlántico hacia el Pacífico. Así, en 2050 ningún país europeo se situará entre las 8 principales economías del planeta. Actuando por separado, los Estados miembros de la UE pierden las sinergias necesarias para afrontar los desafíos de la nueva realidad global.

EEEU y Europa ya no son capaces de imponer medidas de alcance global. Ello no sólo se debe al auge de los emergentes sino también a la erosión de la soberanía del Estado-nación y la falta de un régimen eficaz de gobernanza económica a nivel global. El proceso de globalización ha hecho que el mundo económico en general y financiero en particular se haya internacionalizado, escapando al poder y a la fiscalización de los reguladores nacionales. Los Estados son incapaces de dominar las dinámicas propias de un mercado global con herramientas ideadas para un mundo estatal.

En paralelo, la crisis ha alumbrado un creciente cuestionamiento de las instituciones democráticas occidentales ya que la capacidad de influencia en temas económicos de los ciudadanos a través del voto es muy limitada. Si queremos realmente alcanzar una mayor gobernanza económica es imprescindible cambiar de paradigma y asumir que nos encontramos en una situación postnacional a la que difícilmente se le puede dotar de legitimidad democrática como en el pasado. Así lo afirma Dani Rodrik en La paradoja de la globalización con el “trilema político de la economía mundial”: entre soberanía nacional, democracia e integración económica sólo podemos escoger dos elementos pero nunca los tres.

Sin embargo, los europeos nos encontramos en una situación distinta. No sería difícil encontrar un sistema institucional europeo que asegurara mínimamente la representación ciudadana en unas instituciones capaces de actuar a un nivel relevante. O lo que es lo mismo, la capacidad de influir en la economía a través del voto de los europeos se preservaría cediendo soberanía a instituciones europeas comunes. Ello no sólo sería deseable desde un punto de vista democrático sino también de eficiencia económica ya que la crisis que padecemos nos ha demostrado que la arquitectura institucional del euro no estaba preparada para afrontar una recesión prolongada. Tanto la dinámica de la crisis del euro como la creciente irrelevancia a nivel global de los Estados miembros de la UE nos empujará hacia una mayor integración.

Lo que no es de recibo es una renuncia a la soberanía propia de los Estados-nación en favor de instituciones europeas cuyos representantes no pueden ser premiados o castigados por los ciudadanos con su voto y que son difícilmente fiscalizables por una prensa paneuropea irrelevante y una sociedad civil inmadura. Especialmente cuando una parte muy sustancial de la población europea considera que las decisiones relevantes son tomadas por un selecto grupo de países en el Consejo sin que los representantes del conjunto de la Unión sean tenidos en cuenta.

El apoyo ciudadano al proyecto europeo se ha reducido de forma muy sustancial, especialmente en los Estados periféricos, los votantes de izquierda y los jóvenes. En septiembre de 2012, el Eurobarómetro reveló que por primera vez más ciudadanos europeos consideraban a la UE como antidemocrática que democrática. Desde las primeras elecciones directas al Parlamento Europeo en 1979 la participación ha disminuido en 20 puntos, hasta alcanzar un magro 43% en 2009. Hace cinco años la abstención superó el 70% en República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Polonia y Rumanía y sólo el 29% de los electores jóvenes (18 a 24 años) europeos votaron.

En este contexto la “presidencialización” de la campaña es una buena noticia. Este tipo de innovaciones vienen a paliar el déficit democrático de la UE aumentando la rendición de cuentas de la Comisión y reforzando la legitimidad del Parlamento. En cualquier caso, todavía hay un largo camino por recorrer para desarrollar una dinámica gobierno-oposición similar a las de las democracias nacionales. Propuestas no faltan: armonización de la legislación electoral, elección directa del Presidente de la Comisión, potenciar los partidos políticos transnacionales, reducción de la Comisión distinguiendo entre comisarios senior y junior, referéndums a escala europea, crear la figura de shadow commissioner en la oposición, etc. Eso sí, la ciudadanía está cada día está más alejada de un europeísmo naif o permisivo y progresivamente apoyará un europeísmo más crítico enfocado en el logro de una mayor eficiencia y legitimidad. Sólo tendremos una democracia europea vibrante si los ciudadanos nos la ganamos. Exijámosla.