Tan mía como tuya

Por Javier García Toni

Artículo del libro Europa 3.0. 90 miradas desde España a la Unión Europea, editado por Ideas y Debate. Descarga gratuita haciendo clic aquí

Y tan suya como nuestra, no olvides. Si Europa no es de nadie pero es de todos, ¿por quénadie parece reclamarla para sí? El proyecto europeo se ha articulado siempre en torno a dos ejes que ahora, en 2014, ya no bastan para entenderlo de manera completa. Hasta que llegara la crisis, que coincide con la legislatura 2009-2014, la política europea se entendía de acuerdo a los ejes izquierda-derecha y más-menos integración. Hoy se suman otros dos, producto de la (cómo no) mencionada crisis económica y de la madurez de una sociedad cada vez más exigente y desencantada. Se trata del eje norte-sur y, sobre todo, del ciudadanos-élites.

En esta maraña política se asientan los argumentos, tan extendidos y transversales, que aseguran que Europa es una tomadura de pelo, que sólo sirve a los intereses de unos pocos y que ni es una unión ni es nada: sólo una sarta de imposiciones y obligaciones que, para colmo, no tienen recompensa. El europeísmo pasa por sus horas más bajas y la desconfianza hace mella en todos los rincones del continente, aunque con especial gravedad en la juventud. Ser europeísta, si leemos lo que cuentan los medios, parece casi una tierna ingenuidad. Europeístas, sin embargo, somos casi todos. Incluso parte de los que pretenden votar a los temidos partidos eurófobos. Frente a la ausencia de una narrativa ilusionante muchos miran a los que parece que se han quedado con el patrimonio de ‘lo nuevo’frente a ‘lo viejo’, pero con una Europa que funcionara las cosas serían muy diferentes.

Por eso, si quiere sobrevivir, el europeísmo tiene que ser crítico. El caso de España es especialmente evidente. El europeísmo naíf ha llegado a su fin, pese a ser el que todavía predomine en el debate público sobre asuntos europeos. Este tipo de europeísmo asume que todo lo que llega de Bruselas es bueno sin más, recurriendo a la tan arraigada máxima de Ortega que, por cortesía con el lector que la habrá leído varias veces en este volumen, no repetiré aquí.

La sociedad ya ha dado un paso adelante. Pongo como ejemplo a mi generación, los llamados ‘millennials’. Somos los que tenemos entre 18 y 35 años, todos los que hemos nacido (o crecido) en un país ya miembro de la Unión Europea. La bandera azul con estrellas amarillas ondea en todos sitios desde que tenemos uso de razón, viajamos sin pasaporte y conocemos el continente gracias a vuelos baratos, interraíles o erasmus; y por ello asumimos Europa como una realidad diaria. Se puede decir, sin miedo a equivocarnos, que somos la primera generación europeizada. Por eso mismo, al ser ya parte de nosotros, la mera pertenencia a la que sin duda es la más bella organización supranacional jamás creada ya no es suficiente, como sílo era para nuestros padres o abuelos. Ellos la veían como una garantía de progreso, democracia y libertad. Nosotros necesitamos además de nos dé soluciones, que nos sirva y que funcione.

Nuestros padres, hace ya unos años, decidieron que ya que tenían un país como España debían hacer algo para que funcionara. Hicieron la transición democrática y tomaron con votos el Congreso de los Diputados. La Carrera de San Jerónimo, en Madrid, fue por fin suya. Nosotros tenemos un reto renovado: si las decisiones más importantes y nuestra prosperidad futura pasa por Bruselas, tendremos que tomar Bruselas. Y la única manera de hacerlo es con la exigencia democrática de un proyecto de integración representativo e inclusivo que rinda cuentas y que los ciudadanos sientan como suyo. El reto de politizar las instituciones europeas es mayúsculo, pero nos han enseñado desde pequeños que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos.

La Unión Europea nunca seráun estado y muy difícilmente se podráinculcar en términos identitarios el concepto de ‘europeo’, pero síse puede llegar a crear una ciudadanía común y compartida, basada en unos derechos y deberes tan nuestros como los que ya tenemos en cada Estado. Hay quien dice que no, que es mejor dar marcha atrás. Han conseguido, de hecho, ponerse de moda con eslóganes simples y comprensibles, pero destructivos y tramposos. ¿Queremos hacer frente a los eurófobos? Investiguemos el porqué de sus argumentos y expliquemos mejor que Europa no tiene garantizada su existencia, que si la tenemos es porque queremos y porque nos gusta, porque nos sirve y porque el Estado se queda pequeño para competir en un mundo que difícilmente esperará a que resolvamos nuestras miserias.

Hay suficiente capital humano y democrático como para dar el siguiente paso, acabar con los ecos del despotismo ilustrado y tomar nuestra propia Bastilla bruselense, esta vez con votos y conciencia cívica haciendo nuestro un proyecto que nos necesita desesperadamente.