Ante el nacionalismo, europeísmo

Con un poco de suerte, pronto nos iremos todos de vacaciones con la resaca del 26J y el brexit, e intentaremos desconectar todo lo que podamos. A la vuelta, tendremos un nuevo curso político marcado en gran medida por el auge del fervor nacionalista en el debate público europeo y, en España más concretamente, por la moción de confianza a la que se someterá el Govern catalán. Además, Cataluña volverá en septiembre a centrar la atención nacional –y con el rabillo del ojo, la europea- con su Diada y el famoso “¡in, inde, independencia!”, el clamor popular escuchado en numerosas ocasiones durante los últimos tres años en sus calles, plazas o incluso teatros. Son miles, en algunos casos decenas o cientos de miles de ciudadanos los que se han venido reuniendo pacífica y voluntariamente para expresar un deseo, una máxima clara y sencilla: separarse de España. Las causas, justificadas o no, que han propiciado este sentir en una gran cantidad de catalanes, no son relevantes en este momento. Lo que es innegable es que Ortega tenía razón: España necesita vertebrarse. O, cuanto menos, mejorar la vertebración actual.

Nuestro sistema político y social ha gozado de una relativamente buena salud durante los más de 35 años de régimen constitucional, permitiendo al país un gran avance económico, cultural, de bienestar y de prestigio internacional en un corto período de tiempo. Si bien no cabe duda que, desde 2008, nuestro “milagro español” se ha quedado lejos, muy lejos, de la memoria de todos nosotros y ha sido sustituido por una tediosa, oscura y casi interminable crisis. Este es un factor importante con relación al auge de los nacionalismos periféricos, y no sólo consustancial a España sino también a otros países europeos, pero sabemos que no son una cuestión contemporánea novedosa.

En el caso catalán, ya en la década de 1930, Lluís Companys declaraba unilateralmente la independencia de Cataluña, siendo poco después depuesto, encarcelado y ejecutado por el Gobierno republicano de Madrid. Del mismo modo, una parte de la sociedad vasca no se ha sentido o siente española en décadas. Demostraciones menores y más recientes en Galicia o Canarias muestran que nos son dos casos aislados sino que, con circunstancias favorables, el fenómeno podría extenderse. La situación económica actual habilita y facilita el discurso que en muchos casos estaba latente o apagado. Muchos de ellos aparcaron sus sentimientos desintegradores mientras podían desarrollar una vida próspera y feliz. La cosa cambia cuando grandes espectros de una sociedad empiezan a sentir que su calidad de vida se deteriora sistemáticamente y sin síntoma de una pronta recuperación; se convierten rápidamente en caldo de cultivo para la retórica de quienes identifican de manera maniquea al supuesto causante del problema, al enemigo: el Estado al que pertenecen o la Unión Europea.

Sin embargo, no debemos confundirnos. La recuperación económica no acaba con los problemas territoriales, ya que la crisis no es la causa sino un catalizador. Este problema, en España, lleva sin solución eficaz y duradera desde la instauración dinástica de los Borbones, desde su incorporación de un modelo jacobino a imagen y semejanza de Francia, centralizando en Madrid, lo que terminó con siglos de Historia de fueros y costumbres locales. Desde entonces, varias guerras civiles y múltiples revueltas después, regiones norteñas de España han mostrado más o menos intensamente su voluntad de mayor autonomía o, incluso, de escisión.

En este sentido, la transferencia de competencias no parece la solución definitiva ya que, en el caso foral del País Vasco, no hay prácticamente cabida para entregar más potestades a la autonomía y el planteamiento de la independencia sigue presente. En el caso de Cataluña, probablemente una cesión competencial en materia tributaria relajaría la intensidad de las manifestaciones independentistas, pero no parece que esto fuera a ser el desencadenante de una oleada pro españolista sin precedentes. Sólo resolvería, si acaso, un agravio comparativo constitucional que permite a vascos y navarros algo que niega al resto. Frente a esta fórmula, los hay que abogan por una recentralización, para evitar al mismo tiempo desafíos y derroches. Esto no serviría para vertebrar nuestro país sino que nos devolvería a un punto de partida que ya hemos experimentado y que genera una insatisfacción y repulsa de mayor grado todavía en algunos lugares de nuestra geografía.

¿Qué puede hacer sobrevivir de manera cohesionada un Estado-nación en la Europa de hoy?

Cabría, por una parte, inspirarse en ejemplos de nuestro entorno, ya que los casos de soberanismo regionalista no son algo endógeno de España, existen en muchos países de Europa y, generalmente, se han superado con éxito. Francia es el mejor escenario con quien compararse debido a que es un Estado-nación que surge más o menos a la par que el nuestro, tiene un territorio y población parecidos a lo largo de la Historia, hemos compartido forma de gobierno y tenemos múltiples paralelismos culturales y socioeconómicos. ¿Por qué sus regiones, con mayor grado de heterogeneidad cultural en muchos casos, no han alcanzado los niveles de rupturismo de sus homólogas españolas? Bretaña, Alsacia o Córcega no son regiones con menor trayectoria soberanista y contestataria que Cataluña o el País Vasco, más bien al contrario. ¿Qué tiene Francia entonces que no tenga España para que los bretones y los alsacianos tengan perfectamente claro su deseo de ser franceses, aún sin tener la autonomía de gestión de la que sí gozan los vascos y los catalanes?

Sería insoportablemente simplista y arrogante arrojar una respuesta sencilla a tal pregunta, pero sí podemos dar dos explicaciones trascendentales a la hora de distinguir los casos a uno y otro lado de los Pirineos: en primer lugar, cabe destacar la mayor madurez democrática de nuestros vecinos, que vienen disfrutando de un sistema de libertades y derechos durante mucho más tiempo que nosotros. Este es un elemento que hace a las sociedades más respetuosas y más cercanas a su país, a diferencia de aquellas que sufren la imposición, coerción y hasta el exilio. Por otro lado, los franceses comparten, desde hace más de dos siglos, un hito nacional colectivo que los unifica como pueblo: la Revolución. La toma de la Bastilla, además de sangre y dolor, trajo una República de todos, conseguida por todos. La soberanía popular adquirida acabó con discriminaciones por razón de estatus social, confesión u origen. La République no es de derechas o de izquierdas, no es de París o de Brest, no deja a nadie fuera. Y los españoles carecemos de un hito parecido que nos aúne de igual modo en torno a nuestra bandera, Jefe del Estado o instituciones.

No debemos pensar, ni de lejos, que la solución a nuestro problema pase por las barricadas, las armas y la guillotina. Es más, con caminos muy diferentes y tiempos para recorrerlos dispares, España y Francia han llegado a un destino común: el Estado de Derecho; con plena libertad para las personas. Hoy, además, es tarde para perseguir un hito unificador nacional; no se combate el nacionalismo periférico con nacionalismo centralista. Y, para más inri, en 2016 podemos afirmar que el paradigma del Estado-nación, tal y como sucedió con los reinos feudales o los imperios, ha caducado y ya no responde a las demandas y necesidades de un siglo XXI sumido en la globalización, la apertura y el multilateralismo. Nadie puede pretender triunfar en el tablero internacional de hoy como sujeto nacional individual.

Nosotros tenemos, además, la suerte y oportunidad histórica de pertenecer a la sociedad de naciones más exitosa de la Historia de la humanidad: la Unión Europea. A través de ella y con una mejor integración política, también se pueden vertebrar los Estados miembros de manera duradera y beneficiosa para todos. La máxima: ante más fronteras en el interior de un mismo Estado, menos en el continente; ante hacer distinciones entre leridanos y oscenses, ninguna entre andaluces y letones. La Unión hace la fuerza pero debemos demostrar hasta qué punto nos hace ser relevantes en el mundo. Hoy en día, estamos en condiciones muy poco favorables para triunfar como España por nuestra cuenta, menos aún para Cataluña por la suya. En cambio, como europeos, sí formamos parte de un proyecto ganador.

Más y #MejorEuropa harán de España un país más unido y con más futuro. Las liturgias separadoras más propias del medievo no podrán nunca superar el hecho irrefutable de que juntos, como españoles y europeos, ganamos todos. Apostemos por una Europa que dé protagonismo a las localidades y comarcas, ámbitos en los que se desarrollan la mayoría de necesidades cotidianas de los ciudadanos. Otorgándoles no sólo gestión, también recursos. Adelgacemos las administraciones intermedias y armonicemos las grandes carteras y estrategias en un mandato comunitario efectivo, democrático y transparente. Vertebremos España haciendo de Europa el marco que Ortega no pudo contemplar. De lo contrario, nos diluiremos en un mar de súper potencias en las que Cataluña, España o el Reino Unido son miserables gotas de agua.