Brexit… ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

El pasado lunes debatimos con Manuel Otero y Daniel Lacalle sobre cómo estamos afrontando uno de los acontecimientos que nos han dejado más en shock en el ámbito europeo en los últimos años. Si tuviéramos que calificar de alguna manera la relación entre la Unión Europea y el Reino Unido, sin duda podríamos decir que ha sido una relación de amor y odio en la que ha prevalecido uno u otro dependiendo de los intereses británicos.

Es difícil establecer un punto de partida en esta relación ‘sui generis’, incluso podríamos remontarnos al proceso de adhesión del Reino Unido a la Unión. 2004 podría ser un momento idóneo para comenzar esta crónica: la gran ampliación. El por entonces primer ministro británico Tony Blair fue uno de los grandes defensores de la incorporación de 10 países a la UE pero el miedo a una posible inmigración masiva ya estaba sobre la mesa. Tal era el temor, que los estados miembros impusieron restricciones temporales a la inmigración procedente de los nuevos estados. Y, aunque los efectos de esta gran ampliación se notaron más en países como Francia, la inmigración nunca dejó de ser un tema delicado en Reino Unido. En los siguientes años, el incremento del número de inmigrantes legales de los nuevos países de la UE va a acalorar aún más el debate. Poco a poco, en el debate público británico se diluye la opinión de que los inmigrantes favorecerán el crecimiento económico y se afianza la idea de que el Reino Unido es incapaz de controlar sus fronteras.

El siguiente punto de inflexión es el año 2006, momento en que Nigel Farage emerge como líder de UKIP. Este partido, que aboga por la separación del Reino Unido de la Unión Europea, ya tenía representación en el Parlamento Europeo en 1999, pero no sería hasta 2014 cuando alcanzaría una representación significativa a nivel nacional, con el 29% de los votos.

En 2006 también se convierte en líder de la oposición David Cameron que llegaría a primer ministro en las elecciones de 2010. David Cameron nunca se mostró a favor de una mayor implicación de Reino Unido en la UE, de hecho, en 2009 ya había prometido que no se volverían a traspasar poderes a Bruselas sin el consentimiento del pueblo británico. De esta manera, el nuevo Gobierno liderado por los conservadores se aleja paulatinamente de la UE y se retira de las cumbres europeas utilizando el argumento de que una mayor integración de la UE solo atañe a los países de la eurozona.

De la diplomacía fría al enfrentamiento latente

Es entonces cuando llegan los días difíciles y el choque se hace explícito en una cumbre para abordar la crisis del euro: Cameron decide bloquear el acuerdo intergubernamental sellado por los líderes de la eurozona sobre la regulación fiscal.

Pero la hostilidad no acaba ahí: el ‘premier’ británico establece unas nuevas bases para las relaciones entre la UE y el Reino Unido cuando promete la convocatoria de un referéndum en caso de ganar las elecciones. El 8 de mayo, los conservadores consiguen formar Gobierno y la maquinaria del referéndum se pone en marcha.

En 2016, con la sombra del euroescepticismo extendiéndose por toda Europa los líderes de la UE llegan a un acuerdo sobre “los términos revisados de la adhesión del Reino Unido” que en realidad concede al gobierno británico gran parte de las exigencias presentadas por el primer ministro. Pero, sobre todo, otorga a Londres un “mecanismo de alerta” para limitar los derechos de los trabajadores inmigrantes.

Llegado el día del referéndum, muy pocos en Londres y en la UE esperaban el resultado con el que amanecimos al día siguiente. Es cierto que las últimas encuestas arrojaban incertidumbre sobre el resultado. Pero, a pesar de ello, nadie en Reino Unido ni en el continente tenía un plan B. Esta falta de planificación, la dimisión de David Cameron, el anuncio de la primera ministra de Escocia de que si Reino Unido se salía de la UE repetiría el referéndum de independencia para poder seguir perteneciendo a la Unión, anunciaban un terremoto político.

La reacción de la UE con los resultados en la mano fue contundente, se debía activar el artículo 50 del TUE lo antes posible y la salida se traduciría en que Reino Unido pasa a ser un tercer país sin ningún privilegio, ni comercial ni de ningún tipo. Sin embargo, la reacción del gobierno británico no fue tan tajante. Los negociadores británicos pretenden un acuerdo con la UE que incluya lo que la mayoría de su población desea: reducir la entrada de inmigrantes comunitarios pero seguir disfrutando del mercado único, pese a las escasas posibilidades de que Bruselas acepte un acuerdo tan favorable para el Reino Unido, ya que actuaría de acicate para otros países en los que la sombra del euroescepticismo ya está presente.

Qué viene ahora

En los últimos días se ha producido la última, aunque pequeña, alegría para los contrarios al Brexit: el Tribunal Supremo ha dictaminado que el Gobierno de Theresa May deberá escuchar al Parlamento en este asunto. Con todo, las opciones de May son ganadoras, con un clima de opinión favorable y un capital político de ímpetu fruto de su reciente nombramiento. Además, en caso de que el Parlamento se opusiera a activar el artículo 50 del TUE, Theresa May podría salir fortalecida y decantar la balanza hacia una salida “dura” de la UE; la primera ministra estaría en disposición de buscar una salida electoral en la que, a día de hoy, no hay rivales que le hagan frente.

Por ahora, no parece haber consenso en cuanto a los efectos económicos del Brexit, posibles efectos positivos, ni en la magnitud ni los potenciales afectados. En lo que sí parece que la mayoría coincide es en que se traducirá en menos crecimiento tanto en las islas como en el continente.

Sin duda, este será uno de los retos más importantes a los que se enfrente la Unión Europea en un año que, esperemos, no dé más sorpresas.