“Debemos enorgullecernos de nuestros logros”

“Tengamos el valor de enorgullecernos de nuestros logros, y el valor de refutar la retórica a los demagogos”. No es un arrebato de dignidad de una clase política mermada en credibilidad y confianza, sino el grito poco disimulado de una Europa cada vez más sola en la defensa de los valores fundamentales de la democracia liberal. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, una de las principales autoridades del proyecto comunitario, ha puesto encima de la mesa con su carta “Unidos, resistiremos, divididos, perderemos” una cruda realidad que gritan cada mañana las portadas de lo que no hace tanto llamábamos ‘Occidente’. Y es que un nuevo orden geopolítico se está fraguando al calor de discursos populistas y nacionalistas, exacerbados por una crisis económica que ha encontrado en los procesos de globalización su chivo expiatorio.

Tusk en su carta no solo identifica las principales causas de los movimientos que se dirigen en contra de la integración europea, el libre comercio o la libre circulación de ciudadanos, sino que señala directamente a tres potencias como amenazas del proyecto europeo: Rusia, China y la nueva administración estadounidense de otro Donald, en este caso Trump. En el caso ruso, los ecos heridos de lo que fue una gran potencia mundial al mando de la Unión Soviética han sido espoleados por una política nacionalista promovida desde Moscú por Vladimir Putin y reflejada a la perfección con su papel en la crisis ucraniana y la anexión de Crimea. Respecto a China el presidente del Consejo advierte de su supremacía comercial vía marítima. Una actividad que, junto a la compra de deuda pública, condiciona gran parte de la competitividad e independencia económica de un viejo continente anestesiado por los efectos de la crisis y un estado de bienestar difícil de mantener.

Sin embargo, el hecho que más debería plantearnos la gravedad de la situación es su crítica sin ambages de una administración estadounidense que en tan solo dos semanas ha paralizado o suprimido importantes tratados comerciales, ha dado la orden de ampliar el muro que lo separa de México y ha señalado sin miramientos diferentes nacionalidades de mayoría musulmana prohibiéndoles entrar en terreno estadounidense con el pretexto de luchar contra el terrorismo internacional.

Europa debe despertar, y la carta de Tusk lo dice claramente a quien quiera oírlo. Debemos estar orgullosos del camino recorrido y de las reglas que nos han hecho llegar hasta aquí. A día de hoy la Unión Europea es el único proyecto supranacional que continúa apostando por una democracia representativa que defienda los derechos y libertades individuales y colectivas a los que nos hicieron renunciar los totalitarismos nacionalistas del siglo XX, para muchos desgraciadamente olvidados. No debemos escuchar los cantos de sirena que nos hablan de la opulencia perdida en aras de la soberanía compartida. Europa se hizo grande tirando las fronteras abajo y abriendo el comercio a la libre competencia. Somos el ejemplo aún vivo de lo que se consigue cuando las naciones se ponen de acuerdo en luchar por un futuro mejor en común. La Unión Europea está llamada a defender en la escena internacional las convicciones que apuntalan nuestra historia de éxito, y no podemos quedarnos callados aunque eso signifique molestar al que en su día fue nuestro principal socio y valedor, el otrora “líder del mundo libre”.