La fragmentación de la Concordia

Con Europa ‘sitiada’ al este y al oeste por un criminal de guerra sin escrúpulos y por la nueva administración de un sociópata narcisista y fascista, respectivamente, y con la delicada situación interna con el virus del brexit, todas las miradas están puestas en sendas elecciones francesas y alemanas. Por fortuna, el efecto Schulz y el buen hacer de la Canciller parecen augurar la victoria de uno de los dos grandes partidos germanos, o incluso de ambos, con la reedición de la coalición de gobierno, la lidere quien sea que la lidere. Por el contrario, el escenario que se dibuja en otro de los ventrículos del corazón del proyecto europeo, Francia, da cada vez más pánico.

El momentum de Marine Le Pen y su FN, otro movimiento fascista -hagamos el favor de empezar a llamar a las cosas por su nombre y no con eufemismos-, y la pésima elección de candidatos por parte de los grandes partidos galos, nos empiezan a poner en alerta ante la posible enésima hecatombe política de los últimos dos años.

Una vez más, la falta de visión estratégica, de capacidad de entendimiento y de velar por el interés general más que por el de las siglas, han llevado a socialistas a elegir de candidato a un hombre escorado y altamente radical en sus posturas; y a los conservadores a poner al frente de la maquinaria republicana a un hombre gris, retrógrado y parece ser que corrupto. Ante las múltiples muestras que las sociedades occidentales vienen dando de imprevisibilidad y apetito por las fórmulas populistas y extremistas, los grandes partidos franceses tenían la posibilidad pero sobre todo la obligación moral, republicana y europea, de optar por un plan de Concordia para que, pasara lo que pasara, Francia siguiera siendo gobernada por personas e ideas que creen firmemente en el libre mercado, la socialdemocracia, los derechos y libertades universales y en el proyecto común europeo.

Con candidatos y postulados moderados, firmes en la defensa de los valores democráticos de la República, y con el regio propósito de servir a su patria por encima de cualquier otra cosa, el vendaval político protagonizado por el Front National sería hoy mucho menor, y nos aseguraríamos de tener siempre en segunda vuelta a un partido y candidato capaces de movilizar al electorado del otro gran bloque, ante la más que probable llegada a la contienda final por parte de Marine Le Pen. Ahora, sin embargo, vemos cómo un cara a cara entre el Frente Nacional y el Partido Socialista podría saldarse con la victoria de los primeros; difícil por no decir imposible será que convenza Hamon a los votantes de Les Républicains y lo mismo le ocurriría a Fillon para que le voten los socialistas tras los últimos escándalos.

No tenemos claro hasta qué punto la efervescente subida en las encuestas de Macron se traducirá en votos reales -los liberales en Francia llevan estancados décadas-, ni hasta qué punto su electorado sería transferible a un viejo carca o a un izquierdista radical, pero sí tenemos claro que gran parte del futuro de Europa está hipotecado a que los franceses sean más responsables e inteligentes a la hora de votar de lo que sus grandes partidos han hecho para merecerlo. Esperemos que en estas próximas semanas republicanos y socialistas pongan fin a esta fragmentada Concordia y se den cuenta de que tienen que hacer absolutamente todo para que Marine Le Pen no llegue al Elíseo; el fin justifica los medios, está en juego Europa.