Los liberales europeos en 7 claves

1.- Los liberales tienen 8 primeros ministros en el Consejo Europeo

Los tiempos han cambiado rápido y el Consejo Europeo ya no es monopolio exclusivo de socialistas y conservadores. Ahora mismo, de los 28 líderes europeos, hay 8 liberales (Alianza de Liberales y Demócratas Europeos, ALDE), 8 socialistas (Partido Socialista Europeo, PES), 7 conservadores (Partido Popular Europeo, EPP), 2 de los conservadores y reformistas (ECR, el grupo de los tories británicos y el PiS polaco), 1 de la Izquierda Unitaria (GUE/NGL) y 2 no adscritos.

Entre los 8 países en manos de los liberales se encuentran Holanda, Bélgica, Dinamarca o Finlandia; lo que los sitúa en una significativa posición de relevancia. Sin embargo, como sabemos, viene otro ciclo electoral que puede cambiar las tornas en Holanda, Italia, Francia o Alemania y dejar de nuevo irreconocible este panorama.

2.- La oportunidad que se abre

En un contexto complejo y fragmentado, los grandes partidos europeos viven sus peores horas. Ni los conservadores ni los socialdemócratas gozan de las mayorías de antaño y se ven obligados a pactar en prácticamente todos los casos. Los liberales, como tercer partido histórico, tienen consolidada una posición de centro que les permite formar parte con cierta facilidad de las coaliciones que se van formando. Con una sensibilidad cercana a la derecha en lo económico y a la izquierda en lo social, los liberales viven un momento de oro para poder condicionar los gobiernos de sus respectivos países.

Sin embargo, y pese al buen momento de quiebra del bipartidismo, el ‘mundo nuevo’ que alumbran la corriente eurófoba y nacionalista choca directamente con la cosmovisión liberal. La presencia de los eurófobos y xenófobos en los gobiernos nacionales bloquea la ideas más globalistas que los liberales podrían poner encima de la mesa.

3.- El fin de la Gran Coalición

La Gran Coalición en el Parlamento Europeo se ha acabado y así lo demostró la votación para elegir a Antonio Tajani como nuevo presidente. ALDE terminó votando a favor de Tajani tras retirar Guy Verhofstadt, su líder, su candidatura a la presidencia. Los liberales, parece, toman la senda de socios preferentes para los conservadores, aunque conviene no perder de vista que su posición centrista puede salvar muchas votaciones a izquierda y derecha y ser clave para encontrar acuerdos.

4.- La polémica con el Movimiento 5 Estrellas

El Movimiento 5 Estrellas italiano anunció su intención de formar parte del grupo liberal en el Parlamento Europeo. El grupo en el que se encontraban hasta ahora, compartido con el UKIP de Nigel Farage, se disuelve tras el Brexit y el M5S queda desubicado. Pese a la actitud positiva que mostró Verhofstadt en un principio, los italianos de Beppe Grillo no llegaron a ser admitidos. La mera posibilidad de sumar a los grillini disparó las alarmas: los liberales siempre han sido europeístas y los de Grillo son partidarios de un referéndum sobre la pertenencia al euro.

5.- La brecha norte/sur

Es la misma brecha que acusa el resto de partidos, instituciones, políticas o grupos de representación en Europa. Los liberales del norte no son iguales que los del sur, donde son minoritarios y en gran parte desnaturalizados, y los intereses difieren. No es ninguna sorpresa. Esto es Europa.

6.- Los representantes españoles

Dentro de ALDE, en el grupo parlamentario, se encuentran Ciudadanos, el Partit Demòcrata Català, el PNV y lo que queda de UPyD. Ríanse de la casa de Gran Hermano. Aunque ALDE ha optado de manera clara por señalar a Ciudadanos como su representante en España, la representación de partidos tan opuestos (si atendemos al eje nacionalista, no económico) es muy problemática.

7.- Los liberales alemanes, el retorno

El FDP alemán se quedó fuera del Bundestag en las últimas elecciones, un sonado fracaso teniendo en cuenta que fue el socio de gobierno de Angela Merkel. Su ausencia obligó a Merkel a recurrir a la Große Koalition con los socialdemócratas. Las encuestas, sin embargo, muestran que los liberales podrían volver tras las próximas elecciones, condicionando de nuevo las posibles alianzas que haya que forjar tras conocer los resultados.

La fragmentación de la Concordia

Con Europa ‘sitiada’ al este y al oeste por un criminal de guerra sin escrúpulos y por la nueva administración de un sociópata narcisista y fascista, respectivamente, y con la delicada situación interna con el virus del brexit, todas las miradas están puestas en sendas elecciones francesas y alemanas. Por fortuna, el efecto Schulz y el buen hacer de la Canciller parecen augurar la victoria de uno de los dos grandes partidos germanos, o incluso de ambos, con la reedición de la coalición de gobierno, la lidere quien sea que la lidere. Por el contrario, el escenario que se dibuja en otro de los ventrículos del corazón del proyecto europeo, Francia, da cada vez más pánico.

El momentum de Marine Le Pen y su FN, otro movimiento fascista -hagamos el favor de empezar a llamar a las cosas por su nombre y no con eufemismos-, y la pésima elección de candidatos por parte de los grandes partidos galos, nos empiezan a poner en alerta ante la posible enésima hecatombe política de los últimos dos años.

Una vez más, la falta de visión estratégica, de capacidad de entendimiento y de velar por el interés general más que por el de las siglas, han llevado a socialistas a elegir de candidato a un hombre escorado y altamente radical en sus posturas; y a los conservadores a poner al frente de la maquinaria republicana a un hombre gris, retrógrado y parece ser que corrupto. Ante las múltiples muestras que las sociedades occidentales vienen dando de imprevisibilidad y apetito por las fórmulas populistas y extremistas, los grandes partidos franceses tenían la posibilidad pero sobre todo la obligación moral, republicana y europea, de optar por un plan de Concordia para que, pasara lo que pasara, Francia siguiera siendo gobernada por personas e ideas que creen firmemente en el libre mercado, la socialdemocracia, los derechos y libertades universales y en el proyecto común europeo.

Con candidatos y postulados moderados, firmes en la defensa de los valores democráticos de la República, y con el regio propósito de servir a su patria por encima de cualquier otra cosa, el vendaval político protagonizado por el Front National sería hoy mucho menor, y nos aseguraríamos de tener siempre en segunda vuelta a un partido y candidato capaces de movilizar al electorado del otro gran bloque, ante la más que probable llegada a la contienda final por parte de Marine Le Pen. Ahora, sin embargo, vemos cómo un cara a cara entre el Frente Nacional y el Partido Socialista podría saldarse con la victoria de los primeros; difícil por no decir imposible será que convenza Hamon a los votantes de Les Républicains y lo mismo le ocurriría a Fillon para que le voten los socialistas tras los últimos escándalos.

No tenemos claro hasta qué punto la efervescente subida en las encuestas de Macron se traducirá en votos reales -los liberales en Francia llevan estancados décadas-, ni hasta qué punto su electorado sería transferible a un viejo carca o a un izquierdista radical, pero sí tenemos claro que gran parte del futuro de Europa está hipotecado a que los franceses sean más responsables e inteligentes a la hora de votar de lo que sus grandes partidos han hecho para merecerlo. Esperemos que en estas próximas semanas republicanos y socialistas pongan fin a esta fragmentada Concordia y se den cuenta de que tienen que hacer absolutamente todo para que Marine Le Pen no llegue al Elíseo; el fin justifica los medios, está en juego Europa.

“Debemos enorgullecernos de nuestros logros”

“Tengamos el valor de enorgullecernos de nuestros logros, y el valor de refutar la retórica a los demagogos”. No es un arrebato de dignidad de una clase política mermada en credibilidad y confianza, sino el grito poco disimulado de una Europa cada vez más sola en la defensa de los valores fundamentales de la democracia liberal. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, una de las principales autoridades del proyecto comunitario, ha puesto encima de la mesa con su carta “Unidos, resistiremos, divididos, perderemos” una cruda realidad que gritan cada mañana las portadas de lo que no hace tanto llamábamos ‘Occidente’. Y es que un nuevo orden geopolítico se está fraguando al calor de discursos populistas y nacionalistas, exacerbados por una crisis económica que ha encontrado en los procesos de globalización su chivo expiatorio.

Tusk en su carta no solo identifica las principales causas de los movimientos que se dirigen en contra de la integración europea, el libre comercio o la libre circulación de ciudadanos, sino que señala directamente a tres potencias como amenazas del proyecto europeo: Rusia, China y la nueva administración estadounidense de otro Donald, en este caso Trump. En el caso ruso, los ecos heridos de lo que fue una gran potencia mundial al mando de la Unión Soviética han sido espoleados por una política nacionalista promovida desde Moscú por Vladimir Putin y reflejada a la perfección con su papel en la crisis ucraniana y la anexión de Crimea. Respecto a China el presidente del Consejo advierte de su supremacía comercial vía marítima. Una actividad que, junto a la compra de deuda pública, condiciona gran parte de la competitividad e independencia económica de un viejo continente anestesiado por los efectos de la crisis y un estado de bienestar difícil de mantener.

Sin embargo, el hecho que más debería plantearnos la gravedad de la situación es su crítica sin ambages de una administración estadounidense que en tan solo dos semanas ha paralizado o suprimido importantes tratados comerciales, ha dado la orden de ampliar el muro que lo separa de México y ha señalado sin miramientos diferentes nacionalidades de mayoría musulmana prohibiéndoles entrar en terreno estadounidense con el pretexto de luchar contra el terrorismo internacional.

Europa debe despertar, y la carta de Tusk lo dice claramente a quien quiera oírlo. Debemos estar orgullosos del camino recorrido y de las reglas que nos han hecho llegar hasta aquí. A día de hoy la Unión Europea es el único proyecto supranacional que continúa apostando por una democracia representativa que defienda los derechos y libertades individuales y colectivas a los que nos hicieron renunciar los totalitarismos nacionalistas del siglo XX, para muchos desgraciadamente olvidados. No debemos escuchar los cantos de sirena que nos hablan de la opulencia perdida en aras de la soberanía compartida. Europa se hizo grande tirando las fronteras abajo y abriendo el comercio a la libre competencia. Somos el ejemplo aún vivo de lo que se consigue cuando las naciones se ponen de acuerdo en luchar por un futuro mejor en común. La Unión Europea está llamada a defender en la escena internacional las convicciones que apuntalan nuestra historia de éxito, y no podemos quedarnos callados aunque eso signifique molestar al que en su día fue nuestro principal socio y valedor, el otrora “líder del mundo libre”.

Con Trump en la Casa Blanca, Europa debe armarse de algo más que de paciencia

Ha pasado: Donald Trump es presidente de Estados Unidos. Y no está perdiendo el tiempo: en sus primeras 72 horas de gobierno, y como primeras acciones en política exterior, Trump ya ha dado orden de retirar al país del TPP y ha anunciado que renegociará el NAFTA que le une a Canadá y México. Para más inri, en su discurso de investidura, el nuevo presidente de Estados Unidos afirmaba, literalmente: “defendimos las fronteras de otras naciones, mientras nos negamos a defender las nuestras” y “intentaremos ser amigos y mostrar buena voluntad con las naciones del mundo, pero lo haremos en el entendido de que todas las naciones tienen derecho a poner sus intereses primero”. Como para quedarse calvo intentado deducir el significado de ambas frases.

Estados Unidos se repliega sobre sí mismo. Y teniendo en cuenta las recientes declaraciones de Trump sobre la obsolescencia de la OTAN creo que no resulta descabellado pensar que, más tarde o más temprano, la nueva administración estadounidense tomará medidas de idéntico repliegue en el ámbito de la seguridad y la defensa. Por lo menos en el teatro europeo.

Ante la eventualidad de que esto pudiera terminar ocurriendo, la Unión Europea debe prepararse. Y para ello debemos apostar (de una vez) por una mayor integración en campos tan importantes como los de la seguridad y defensa. Con una integración de nuestros recursos, contaríamos con una capacidad de actuar mucho más rápido, de anticipar amenazas, de ser más efectivos y capaces de operar de manera independiente allí donde nuestro liderazgo es requerido. Sin duda, esta partida se juega en buena medida en el nivel del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia (ELSJ). Pero no podemos desdeñar el potencial de contar con una Política de Seguridad y Defensa Común plenamente operativa.

En el ámbito de la seguridad, tenemos un largo camino por delante para lograr dotarnos de unas eficientes capacidades de inteligencia europea. Bien sea a través de una potenciación de los limitados recursos del EU INTCEN (la “Euro CIA”), o bien a través de una mayor cooperación entre servicios de inteligencia nacionales; tal y como ya se hace desde hace años a nivel policial en el seno de Europol. Cuanto más fluya la información entre las capitales europeas, más se estrechará el campo de actuación de las redes terroristas y del crimen organizado. Por otro lado, desde 2013 la UE cuenta con su propia Estrategia de Ciberseguridad, que en 2016 alcanzó su último desarrollo normativo. Ahora, es responsabilidad de los Estados lograr su aplicación efectiva.

En el ámbito de la defensa, contamos con un Eurocuerpo, que apenas hemos utilizado a fecha de hoy, y que podría ser la base sobre la que construir nuestras propias capacidades de defensa. Asimismo, en diciembre de 2016 se anunciaba el lanzamiento del European Defence Action Plan, con el objetivo de generar incentivos a la investigación, desarrollar programas conjuntos de armamento y equipamiento, y promover la eficiencia en el gasto, todo ello bajo la idea motriz de potenciar la industria militar europea. El éxito en la implementación de este plan supondría un auténtico salto adelante para la autonomía estratégica de la UE en materia de defensa.

La UE no puede limitarse a esperar y tratar de rechazar las amenazas cuando lleguen a nuestras puertas. Debemos ser capaces de adelantarnos a los acontecimientos, amoldarnos al entorno de seguridad y demostrar una mayor proactividad, desarticulando redes terroristas y de crimen organizado dentro y fuera de nuestras fronteras; y, de ser necesario, interviniendo en el exterior para negar a estos grupos una “base segura”, como ya se hizo en Afganistán y más recientemente en Mali. Y, sobre todo, la UE tiene que estar presente en la gestión de las principales crisis internacionales, poniendo sobre la mesa sus propias capacidades (civiles o militares, económicas o diplomáticas) como hicimos ante el desafío nuclear iraní.

La próxima salida del Reino Unido privará a la UE de su principal potencia militar; pero también abre una ventana de oportunidad. Una oportunidad para avanzar en la integración y dejar atrás, también en este ámbito, las reticencias de los defensores de su sacrosanta soberanía nacional, tan de moda últimamente. Para ello será precisa, sin duda, mucha pedagogía y aún más voluntad política.

Pero no podemos negar que el actual contexto internacional nos está invitando a ello.

¿Nos atreveremos?

Notas sobre la elección de Antonio Tajani

Antonio Tajani es el nuevo presidente del Parlamento Europeo. Le da el relevo a Martin Schulz, socialista, y la presidencia queda en manos del Grupo Popular. A continuación ofrecemos algunas de las claves de análisis para entender qué ha pasado y qué significa.

  • La nueva carrera por elegir al presidente del Parlamento ha sido realmente algo parecido a unas elecciones. Por primera vez desde hace años la Gran Coalición entre socialistas y conservadores se ha roto y hemos visto una auténtica contienda de fuerzas diferentes con candidatos diferentes (aunque realmente quedó poco claro que tuvieran visiones diferentes sobre cómo afrontar el cargo).
  • Vimos un debate real de candidatos en el que pudieron confrontar sus ideas. No fue especialmente duro ni plural, pese a contar con todos los candidatos, pero demostró que la política en el sentido tradicional de la palabra ha llegado al Parlamento Europeo.
  • Tajani ha necesitado a los euroescépticos del European Conservatives and Reformists Group, ECR, para poder ser elegido presidente. Es el grupo de los conservadores británicos de Cameron y May, los ‘tories’. Es interesante ver qué papel tendrá este grupo una vez cerrado el reparto de cargos y, sobre todo, cómo afectará la sombra del Brexit a ese papel y a su colaboración con Grupo Popular, EPP, y los liberales, ALDE.
  • Tajani era el candidato que, en principio, parecía con menos papeletas para quedarse con el cargo. Nadie creía en su capacidad para atraer a otros grupos por su imagen de ultraconservador (que espantaba a la izquierda) y por su cercanía a Silvio Berlusconi, con el que comparte partido, Forza Italia (espantaba a los liberales).
  • Sin embargo, ALDE ha dado muestras de agotamiento y de división interna, primero con su intento de incorporar a Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, su posterior rechazo por parte de los propios diputados del grupo, enfrentándose así a su dirección, y ahora apoyando de la noche a la mañana a Tajani como Presidente. Veremos cómo esa división interna evoluciona si ALDE consigue más cuota de poder.
  • La elección de Tajani consolida al EPP como primera fuerza paneuropea pese a que actualmente tiene menos miembros en el Consejo Europeo. Pero, sobre todo, consolida la caída en picado de los socialistas, que continúan perdiendo asientos en el Consejo y puestos en las instituciones.
  • Además la elección de Tajani aleja la creencia de que la inestabilidad de Italia debilitaría su posición en las instituciones europeas, pues ha conseguido incrementar su ya fuerte presencia.
  • Por último, queda todavía por ver si la sintonía que vimos entre Schulz y Juncker seguirá protagonizando la era Tajani. Juncker y Schulz formaron un tándem basado en sólidos lazos de amistad que se demostró funcional y beneficioso. Con Tajani, pese a compartir grupo político, no sabemos qué pasará. ¿A favor? Tajani conoce muy bien la Comisión, su funcionamiento y sus entresijos. ¿En contra? Tajani conoce muy bien la Comisión, su funcionamiento y sus entresijos.
  • Se abre el debate sobre la posibilidad de que no se renueve al polaco Donald Tusk al frente del Consejo para volver a recuperar el equilibrio con los socialistas. Ahora mismo los conservadores tienen los tres puestos: presidencia del Parlamento, la Comisión y el Consejo. A los socialistas les queda Federica Mogherini al frente de la política exterior. Eso sí, los líderes socialistas lo tienen difícil con cada vez menos Estados en sus manos.

¿Qué opinas de Antonio Tajani? ¡Cuéntanoslo!

¿Avanza la Unión Europea hacia una ‘unión digital’?

La Europa digital aún no existe. Sin embargo, la era digital ya es una realidad y la percibimos cada vez más en nuestro día a día. Se suelen repetir con bastante frecuencia los éxitos conseguidos en la Unión Europea del pasado, sin pensar más bien en cómo mejorar la Europa que tenemos hoy para adaptarla al presente y al futuro. Se dice mucho eso de mercado único, de libre circulación de bienes, personas, servicios y capitales, o de ausencia de fronteras interiores en el espacio Schengen (aunque los Estados puedan cerrarlas temporalmente…). En definitiva, no se puede negar que, a lo largo del pasado siglo, se han producido avances en lo que se refiere a la integración europea. Pero insisto, en el siglo XX. Y ese siglo ya pertenece a los libros de historia.

No podemos resignarnos al argumento de que hemos conseguido crear la organización de Estados con el mayor grado de integración del mundo. ¿Misión cumplida? En absoluto. ¿De qué serviría todo el progreso que hemos logrado hasta ahora en la Europa del siglo XXI, inmersa en una sociedad digital, donde se han superado las restricciones de tiempo y de espacio? ¿Acaso la ciberseguridad no se está imponiendo como una de las mayores amenazas de hoy? ¿No compramos cada vez más productos a través de internet?, ¿no existe cada vez mayor movilidad y las comunicaciones electrónicas ya no son estrictamente nacionales?

La transformación digital afecta a todos los sectores económicos. Por eso, quedarse atrás significa perder el tren del crecimiento y del progreso económico y social. Nos podemos preguntar cómo está reaccionando Europa a esta vorágine de la digitalización. Pensemos simplemente en un ejemplo. Si tuviéramos que enumerar en unos pocos segundos las mayores compañías tecnológicas del mundo, no se nos ocurren muchas europeas, ¿verdad? Obviamente, Europa tiene que reaccionar.

¿Qué se está haciendo desde Bruselas para avanzar? La Comisión Europea adoptó en 2015 una Estrategia para que la Unión Europea deje de ser sólo un mercado único, y pase a convertirse en un mercado único digital conectado. ¿Cómo conseguirlo? La Comisión estableció tres pilares: conseguir un mejor acceso a bienes y servicios digitales; diseñar un entorno en el que las redes y servicios digitales puedan prosperar; y asegurar que la digitalización de la economía y de la industria se conviertan en un motor de crecimiento.

Las palabras tienen que transformarse en hechos para convencer a los europeos de que la UE les resulta útil. El mercado único de las telecomunicaciones fue el primer paso. Los sobrecostes por itinerancia se iban a eliminar claramente en junio de 2017. Eso es lo que nos prometieron. Luego llegó una falsa propuesta en la que se añadían excepciones. Y finalmente un nuevo texto ambiguo en el que aún no quedan claras algunas disposiciones. En definitiva, el año que viene desaparece el roaming, aunque con ciertas restricciones para evitar abusos, como indica la Comisión Europea.

Se están comenzando a dar pasos hacia esa ‘unión digital’ a pesar de las dificultades por las divergencias tecnológicas entre los Estados miembros. A lo largo de 2016, la Comisión ha presentado ya algunas iniciativas con respecto a la digitalización de la industria europea, comercio electrónico, habilidades digitales en la enseñanza, un acuerdo público-privado sobre ciberseguridad, y una iniciativa sobre conectividad, donde se incluye el plan de acción 5G que acompaña las regulaciones sobre telecomunicaciones.

El problema es que el mercado europeo está fragmentado y los mercados nacionales aislados en muchos aspectos. Mientras sigamos así, no podremos obtener de la economía de los datos los beneficios que debiéramos. El Internet de las cosas, por ejemplo, es fundamental para el futuro de la competitividad de la Unión Europea. Cada vez hay más objetos conectados en la Red. Y los ciudadanos nos podemos beneficiar mucho de ello. Este ecosistema transforma modelos de negocio, apuesta por ciudades y hogares inteligentes, por los vehículos conectados, así como en muchos otros sectores (salud, medioambiente, agricultura, etc.).

Europa no se puede permitir quedarse como mero espectador ante el avance de la sociedad digital. Ni tampoco permanecer como consumidores de la tecnología que se crea y se desarrolla fuera. Europa tiene potencial para ponerse a la cabeza de esta revolución digital, pero para ello necesitamos más armonización normativa a nivel europeo, como, por ejemplo, en lo que respecta al espectro radioeléctrico, con el fin de que se pueda liberar la banda de 700 MHz y, por tanto, permitir la llegada del 5G para poder contar con servicios innovadores en Europa como todo lo referente al Internet de las cosas.

La Unión Europea va de camino, aunque lentamente, hacia este objetivo ambicioso de conseguir un mercado único digital conectado. No es nada fácil dadas las diferencias existentes entre Estados. Pero el interés de todos los países miembros es avanzar por el camino de la convergencia también en el ámbito digital. Un estudio del World Economic Forum afirma que el 65% de los actuales alumnos de educación primaria terminará trabajando en empleos que no existen hoy en día. Es evidente que nos jugamos mucho. Y lo que consigamos (o no) ahora, conllevará importantes consecuencias para las próximas generaciones. Está claro que Europa no puede perder este tren.

¿Qué hace un Tribunal como tú en un sitio como éste?

¿El Tribunal de la Unión Europea? ¿Pero eso para qué sirve? ¿El que dijo no sé qué de las cláusulas suelo y no sé qué de los desahucios? ¿Es el que está en Luxemburgo o en Estrasburgo? Es que siempre me hago un lío con estas cosas…

Anónimo, conversación en cualquier bar español.

Si las decisiones judiciales suenan, generalmente, lejanas para el común de los mortales, no digamos cuando se trata del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Lo que sucede es que rara vez estas sentencias traspasan la férrea burbuja del mundo jurídico para saltar a la primera plana de los medios de comunicación. Si a esto se le añade lo distante que se dibuja la Unión Europea para la inmensa mayoría de los ciudadanos –esa “Europa” a la que ciertos políticos y periodistas aluden como si España no formara parte de ella– la brecha es todavía mayor.

La excepción que confirma esta regla ha llegado con el solsticio de invierno y la (esperada) sentencia del Tribunal de Luxemburgo sobre las cláusulas suelo. La noticia de la decisión ha corrido como la pólvora y los medios españoles le han dedicado buena parte de sus titulares. No era para menos. No todos los días un tribunal supranacional tira de las orejas al sistema judicial español. Recordemos que el Tribunal Supremo, mediante sentencia de 9 de mayo de 2013, consideró que dichas cláusulas eran abusivas. Sin embargo, el tribunal patrio decidió limitar los efectos en el tiempo de la declaración de nulidad de las mismas, de tal forma que sólo produjera efectos a partir de la fecha en que se dictó la sentencia. Según los jueces de Kirchberg, esta restricción supone una protección de los consumidores “incompleta e insuficiente”. La consecuencia de este fallo judicial no es ninguna tontería. Los bancos españoles tendrán que devolver todo lo cobrado ilegalmente desde la firma de los contratos –hasta unos 4200 millones de euros, calcula el Banco de España–.

Esta decisión llega en horas bajas para la Unión Europea. Acosada por el auge del populismo, la xenofobia y el repliegue de fronteras nacionales, también está debilitada por sus propias deficiencias internas, desde una insuficiente respuesta a la crisis de los refugiados hasta una extrema exigencia (desigual dependiendo del Estado incumplidor) en todo lo relativo a la austeridad, por no hablar de una comunicación muy mejorable con el ciudadano de a pie. Mucho se habla de la Comisión Europea, el Parlamento o el Consejo Europeo, pero (excesivamente) poco de la institución judicial de esta organización. Si bien ésta puede ser considerada por muchos como la parte más gris de la Unión Europea, no es menos cierto que sus resoluciones pueden tener una trascendencia fundamental sobre nuestras vidas. Con sus luces y sus sombras –que, a veces, son demasiadas–, lo dictado por este Tribunal es de obligado cumplimiento para las autoridades españolas. Y, en el caso de las cláusulas suelo, supone un nivel de protección “extra” para todos aquellos afectados por las mismas. Protección que su propio país no le había otorgado.

Lo curioso es que en Luxemburgo hoy no sólo se ha fallado sobre la retroactividad de las cláusulas suelo. También se han tomado decisiones sobre temas tan fundamentales como la aplicación territorial del acuerdo de liberalización Unión Europea-Marruecos sobre el Sahara Occidental y la (falta de) legitimación del Frente Polisario –pronunciamiento que formaría parte de las “sombras” del Tribunal de las que antes hablábamos–, la necesidad de que el acuerdo Unión Europea-Singapur no sólo sea ratificado por aquélla sino también por todos los Estados miembros (recordemos el veto del Parlamento de Valonia al acuerdo con Canadá este otoño) o sobre los límites de la vigilancia masiva y el derecho fundamental a la privacidad de los ciudadanos europeos. Casi nada. Y estos son sólo algunos ejemplos. Pero no los encontraremos en los titulares.

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Hacia una industria de Defensa europea. Ya era hora.

Europa se pone las pilas en materia de Defensa (Finally!). Esta semana la Comisión Europea anunció el lanzamiento del European Defence Action Plan, bajo la idea motriz de potenciar la industria europea de Defensa.  Con el objetivo de generar incentivos a la investigación, desarrollar programas conjuntos de armamento y equipamiento, y promover la eficiencia en el gasto, el Plan prevé actuaciones en tres líneas estratégicas:

En primer lugar, con la creación de un Fondo de Defensa Europeo. Ya anunciado en el discurso sobre el Estado de la Unión de Juncker de septiembre de 2016, este fondo funcionará a través de dos vías (o “ventanas”):

  • Por un lado, actuará como financiador de proyectos conjuntos de investigación tecnológica en áreas como la electrónica, los metamateriales, el desarrollo de software encriptados o la robótica. La financiación de esta “ventana de investigación” correría a cargo del presupuesto comunitario, en una contribución que ya se contempla en los presupuestos de 2017, y que se espera alcance los 90 millones en 2020. Por algo se empieza.
  • Por otro, funcionará como catalizador del gasto conjunto en capacidades de defensa consensuadas por los Estados miembros, actuando como herramienta financiera para facilitar un gasto público más eficiente. Esta “ventana de capacidad” del Fondo se financiaría con cargo a las contribuciones de los Estados, y se estima que podría movilizar hasta 5 billones de euros al año. Además, la Comisión prevé que estas transferencias de fondos no computen a efectos de reducción de déficit. Dato, como poco, llamativo en la era de la ortodoxia presupuestaria.

En segundo lugar, la Comisión prevé apuntalar la labor del Banco Europeo de Inversiones en el apoyo a la innovación de las PYMES y proveedores del sector de la defensa. Asimismo, se lanzarán medidas de formación profesional para garantizar la existencia de un capital humano capaz de generar innovación en la industria.

Por último, el Plan pretende potenciar las condiciones para el desarrollo de un Mercado único para la Defensa a través de la implementación práctica de las ya existentes directivas de Adquisiciones y Transferencias.

En esta partida por la suficiencia tecnológica en materia de Defensa hay mucho en juego. Para empezar, la eficiencia en el gasto de unos Estados muy presionados para mantener sus cuentas públicas equilibradas. Se estima que la falta de cooperación en defensa cuesta cada año a los países miembros entre 25.000 y 100.000 millones de euros por la ineficiencia de sus inversiones en el sector. Esos son unos cuantos puntos de déficit sobre el PIB que podrían destinarse a otras partidas. Por otra parte, según cálculos de la Comisión, el lanzamiento de una política de industria de defensa común podría generar 1,4 millones de empleos de alta cualificación; una idea en la que españoles, griegos o portugueses estén probablemente interesados. Y qué decir de las numerosas aplicaciones civiles de la investigación militar: sin la investigación tecnológica en Defensa no podrías calentar tu tazón de leche en 30 segundos, ni comprar sin salir de casa. Y tu móvil no sabría decirte si en la Castellana hay Pikachus.

Pero volvamos a cuestiones más estratégicas y aburridas. Este paquete de medidas ambiciona dotar a la Política Exterior y de Seguridad de la UE de capacidades reales de actuación allí donde sea necesario. Por impopular que pueda resultar la opinión, la fuerza armada es un instrumento legítimo de toda política exterior; y, a veces, su uso es necesario. ¿Cómo estaría ahora la situación en el Sahel si Francia no hubiera intervenido en Mali para parar los pies a grupos yihadistas? En otro ámbito de la Defensa, en lo que va de año el CNI ha tenido que parar 19.000 ciberataques a redes, empresas y administraciones españolas; unos ataques que cada vez están más sincronizados para potenciar sus efectos nocivos. Ante esta situación de inseguridad creciente, la necesidad de unir fuerzas con nuestros socios europeos es más que perentoria. Y la creación de una verdadera industria de defensa comunitaria que sirva como base para la respuesta a estas necesidades, también.

Miremos por último a nuestro entorno. Un vecindario en llamas, un socio estratégico cuyo nuevo presidente flirtea con la idea de replegarse en sí mismo y desentenderse de la defensa europea, y unos nuevos poderes regionales en ascenso que sí apuestan por sus industrias. En estas circunstancias, ¿estamos realmente dispuestos a perder las habilidades tecnológicas necesarias para continuar “en la brecha”? ¿Estamos dispuestos a ir a remolque de terceros países que, comprensible y legítimamente, serán en el mejor de los casos reacios a compartir su tecnología?

Estas y otras preguntas serán respondidas por el próximo Consejo Europeo del 15 y 16 de diciembre. De momento, sobre la mesa hay una reciente votación del Parlamento a favor de una Unión Europea de la Defensa, un 66% de ciudadanos que desean una mayor integración en materia de seguridad y defensa; y ahora,  un paquete concreto de medidas por parte de la Comisión.

Parece que el enano político comienza a aspirar a algo más que a ponerse de puntillas para mirar por encima de la mesa cuando empiezan los problemas.

¿Tú qué opinas?

Contrapost sobre la PAC: ¿a favor o en contra?

Recientemente, nuestros compañeros Álvaro de la Cruz y Vicente Rodrigo mantenían una interesante discusión en Twitter tras una pregunta que lanzaba al aire Javi García Toni: ¿En serio lo que más gasto requiere de Europa son las ayudas agrícolas?

La PAC, Política Agraria Común, existe desde el Tratado de Roma (1957) y fue impulsada principalmente por Francia. A medida que la UE ha ido ganando competencias, la PAC ha pasado de representar el 70% del presupuesto comunitario al 38% actual.

Hoy, nuestros compañeros han querido profundizar para explicarse mejor y hacer gala de una de las razones de ser de nuestro colectivo: somos diversos y tenemos diferentes maneras de ver qué es para nosotros #MejorEuropa. ¿Tú con cuál te quedas?

Álvaro de la Cruz: “Una PAC caduca, injusta y antiecológica”

A nadie se le escapa el origen bondadoso de la Política Agrícola Común europea que buscaba evitar, tras la guerra, que los ciudadanos de Europa volvieran a pasar hambre. Décadas después, la PAC se ha convertido en un gigante que tiene muy graves consecuencias sobre consumidores y medio ambiente. Representando casi un 40% del presupuesto comunitario, este mecanismo no consigue ni llegar a los pequeños productores, ni promover eficazmente una agricultura sostenible. Además, se siguen manteniendo las prácticas fraudulentas de cientos de agricultores y ganaderos para aumentar ilícitamente las cuantías de sus subvenciones.

Así, la PAC ha terminado por impulsar un mercado que sobreprotege a intermediarios y grandes latifundistas (seamos sinceros, ¿necesita ayudas el Duque de Alba?) y los europeos acabamos encontrándonos una cesta de la compra mucho más cara, viendo cómo el proteccionismo extremo del mercado interior –contrario a las posturas que defendemos e impulsamos en la OMC-, infla los precios de los competitivos productos importados y subvenciona los comunitarios con los impuestos de todos. Al final, ni soberanía alimentaria europea, ya que no podemos elegir qué comprar y a qué precio, ni comercio justo, pues hacemos imposible competir a los productores de países en vías de desarrollo (muchos de los cuales apuestan ya por sistemas ecológicos y de reparto justo de los beneficios).

Para más inri, la PAC destina la gran mayoría de sus fondos a países del Mediterráneo, de tal modo que, no sólo se dificulta el desarrollo del negocio agroalimentario en los países del norte, sino que además incide en una agricultura intensiva totalmente perniciosa para ecosistemas como los de España. Sobra decir hasta qué punto los recursos hídricos españoles son escasos (sobre todo cuando el calor aprieta), como para incentivar el cultivo intensivo de frutas y hortalizas como la sandía, el melón, la fresa o el melocotón; todos ellos productos que requieren cientos de litros de agua (huella hídrica). Por no añadir los terribles efectos sobre el sustrato que tiene no dejar reposar los terrenos, el constante uso de abonos químicos, pesticidas, etc. Salvar paraísos de la biodiversidad como Doñana se nos pone complicado cuando millones de euros siguen cayendo a diestro y siniestro desde Bruselas para un sector que representa un 4% del empleo y un 2,5% del PIB. ¡Muerte a esta PAC!

Vicente Rodrigo: “Abandonar la PAC supondría ponernos en manos de nuevos ‘Putin’”.

La crisis del gas con Rusia ha sido uno de los capítulos más desconcertantes de nuestra reciente historia. Vale, los españoles apenas la sufrimos, pero como europeos nos mantuvo en vilo varios días. Europa es un continente pequeño y con escasos recursos naturales, y Putin dejó claro que puede ejercer gran poder sobre Europa. Pues bien, no depender de terceros para la producción de los alimentos básicos también es geoestrategia.

Tendemos a denostar el campo pensando en nuestros agricultores como grandes latifundistas medievales que se enriquecen a costa de las subvenciones de la UE. Es más, pensamos que el campo no es rentable, que no es el futuro, y que deberíamos invertir en otras áreas más ‘punteras’. Trabajando en Bruselas conocí a muchos agricultores que iban a enterarse de qué iba a pasar con la PAC; pequeños empresarios asociados, que apenas se defendían en inglés, preocupados por si la Comisión entendería que no podrían hacer sostenible el cultivo de nuestra tierra sin esta política europea. Y que esta es la política que les ayuda a mantener la dignidad para no ser el eslabón más débil de la cadena alimentaria. Hay precios, como el de algunos cereales, que llevan estancados 20 años; podríamos olvidarnos de cultivarlo e importarlo de otro país, pensaréis muchos. Pero ¿qué pasará en la próxima crisis alimentaria? Los precios serán incontrolables y nos habremos creado nuevos ‘Putin’ para el suministro de lo más básico.

Los expertos nos avisan de que el aumento descontrolado de la población plantea serios problemas para satisfacer la demanda mundial de alimentos en 2050. Por eso la PAC no sólo sirve para proteger la producción de nuestro consumo, sino también permitir que, por ejemplo, el aceite de oliva español sea líder en los principales mercados mundiales.

La PAC también permite investigación e innovación para hacer de la explotación de la tierra una práctica más sostenible. Con el cambio climático, se están deteriorando nuestros suelos y estamos perdiendo biodiversidad. Y para los que se quejan de los aranceles, con la cantidad de Tratados de Libre Comercio que existen, no creo que se pueda considerar que la UE no es un socio comercial injusto.

Incierto es el futuro de la PAC dentro de una Unión cada vez más alejada de los pensamientos de sus ciudadanos pero que, paradójicamente, nunca ha estado más cerca de su día a día. Se trata, sin duda, de tener en nuestros platos los mejores productos, con la mayor calidad y variedad, al mejor precio posible y con el menor impacto ecológico. Para conseguirlo hay diferentes caminos, entre ellos, los que nuestros compañeros han expuesto; ¿y tú cuál tomarías? ¡Mójate!