Hacia una industria de Defensa europea. Ya era hora.

Europa se pone las pilas en materia de Defensa (Finally!). Esta semana la Comisión Europea anunció el lanzamiento del European Defence Action Plan, bajo la idea motriz de potenciar la industria europea de Defensa.  Con el objetivo de generar incentivos a la investigación, desarrollar programas conjuntos de armamento y equipamiento, y promover la eficiencia en el gasto, el Plan prevé actuaciones en tres líneas estratégicas:

En primer lugar, con la creación de un Fondo de Defensa Europeo. Ya anunciado en el discurso sobre el Estado de la Unión de Juncker de septiembre de 2016, este fondo funcionará a través de dos vías (o “ventanas”):

  • Por un lado, actuará como financiador de proyectos conjuntos de investigación tecnológica en áreas como la electrónica, los metamateriales, el desarrollo de software encriptados o la robótica. La financiación de esta “ventana de investigación” correría a cargo del presupuesto comunitario, en una contribución que ya se contempla en los presupuestos de 2017, y que se espera alcance los 90 millones en 2020. Por algo se empieza.
  • Por otro, funcionará como catalizador del gasto conjunto en capacidades de defensa consensuadas por los Estados miembros, actuando como herramienta financiera para facilitar un gasto público más eficiente. Esta “ventana de capacidad” del Fondo se financiaría con cargo a las contribuciones de los Estados, y se estima que podría movilizar hasta 5 billones de euros al año. Además, la Comisión prevé que estas transferencias de fondos no computen a efectos de reducción de déficit. Dato, como poco, llamativo en la era de la ortodoxia presupuestaria.

En segundo lugar, la Comisión prevé apuntalar la labor del Banco Europeo de Inversiones en el apoyo a la innovación de las PYMES y proveedores del sector de la defensa. Asimismo, se lanzarán medidas de formación profesional para garantizar la existencia de un capital humano capaz de generar innovación en la industria.

Por último, el Plan pretende potenciar las condiciones para el desarrollo de un Mercado único para la Defensa a través de la implementación práctica de las ya existentes directivas de Adquisiciones y Transferencias.

En esta partida por la suficiencia tecnológica en materia de Defensa hay mucho en juego. Para empezar, la eficiencia en el gasto de unos Estados muy presionados para mantener sus cuentas públicas equilibradas. Se estima que la falta de cooperación en defensa cuesta cada año a los países miembros entre 25.000 y 100.000 millones de euros por la ineficiencia de sus inversiones en el sector. Esos son unos cuantos puntos de déficit sobre el PIB que podrían destinarse a otras partidas. Por otra parte, según cálculos de la Comisión, el lanzamiento de una política de industria de defensa común podría generar 1,4 millones de empleos de alta cualificación; una idea en la que españoles, griegos o portugueses estén probablemente interesados. Y qué decir de las numerosas aplicaciones civiles de la investigación militar: sin la investigación tecnológica en Defensa no podrías calentar tu tazón de leche en 30 segundos, ni comprar sin salir de casa. Y tu móvil no sabría decirte si en la Castellana hay Pikachus.

Pero volvamos a cuestiones más estratégicas y aburridas. Este paquete de medidas ambiciona dotar a la Política Exterior y de Seguridad de la UE de capacidades reales de actuación allí donde sea necesario. Por impopular que pueda resultar la opinión, la fuerza armada es un instrumento legítimo de toda política exterior; y, a veces, su uso es necesario. ¿Cómo estaría ahora la situación en el Sahel si Francia no hubiera intervenido en Mali para parar los pies a grupos yihadistas? En otro ámbito de la Defensa, en lo que va de año el CNI ha tenido que parar 19.000 ciberataques a redes, empresas y administraciones españolas; unos ataques que cada vez están más sincronizados para potenciar sus efectos nocivos. Ante esta situación de inseguridad creciente, la necesidad de unir fuerzas con nuestros socios europeos es más que perentoria. Y la creación de una verdadera industria de defensa comunitaria que sirva como base para la respuesta a estas necesidades, también.

Miremos por último a nuestro entorno. Un vecindario en llamas, un socio estratégico cuyo nuevo presidente flirtea con la idea de replegarse en sí mismo y desentenderse de la defensa europea, y unos nuevos poderes regionales en ascenso que sí apuestan por sus industrias. En estas circunstancias, ¿estamos realmente dispuestos a perder las habilidades tecnológicas necesarias para continuar “en la brecha”? ¿Estamos dispuestos a ir a remolque de terceros países que, comprensible y legítimamente, serán en el mejor de los casos reacios a compartir su tecnología?

Estas y otras preguntas serán respondidas por el próximo Consejo Europeo del 15 y 16 de diciembre. De momento, sobre la mesa hay una reciente votación del Parlamento a favor de una Unión Europea de la Defensa, un 66% de ciudadanos que desean una mayor integración en materia de seguridad y defensa; y ahora,  un paquete concreto de medidas por parte de la Comisión.

Parece que el enano político comienza a aspirar a algo más que a ponerse de puntillas para mirar por encima de la mesa cuando empiezan los problemas.

¿Tú qué opinas?

Contrapost sobre la PAC: ¿a favor o en contra?

Recientemente, nuestros compañeros Álvaro de la Cruz y Vicente Rodrigo mantenían una interesante discusión en Twitter tras una pregunta que lanzaba al aire Javi García Toni: ¿En serio lo que más gasto requiere de Europa son las ayudas agrícolas?

La PAC, Política Agraria Común, existe desde el Tratado de Roma (1957) y fue impulsada principalmente por Francia. A medida que la UE ha ido ganando competencias, la PAC ha pasado de representar el 70% del presupuesto comunitario al 38% actual.

Hoy, nuestros compañeros han querido profundizar para explicarse mejor y hacer gala de una de las razones de ser de nuestro colectivo: somos diversos y tenemos diferentes maneras de ver qué es para nosotros #MejorEuropa. ¿Tú con cuál te quedas?

Álvaro de la Cruz: “Una PAC caduca, injusta y antiecológica”

A nadie se le escapa el origen bondadoso de la Política Agrícola Común europea que buscaba evitar, tras la guerra, que los ciudadanos de Europa volvieran a pasar hambre. Décadas después, la PAC se ha convertido en un gigante que tiene muy graves consecuencias sobre consumidores y medio ambiente. Representando casi un 40% del presupuesto comunitario, este mecanismo no consigue ni llegar a los pequeños productores, ni promover eficazmente una agricultura sostenible. Además, se siguen manteniendo las prácticas fraudulentas de cientos de agricultores y ganaderos para aumentar ilícitamente las cuantías de sus subvenciones.

Así, la PAC ha terminado por impulsar un mercado que sobreprotege a intermediarios y grandes latifundistas (seamos sinceros, ¿necesita ayudas el Duque de Alba?) y los europeos acabamos encontrándonos una cesta de la compra mucho más cara, viendo cómo el proteccionismo extremo del mercado interior –contrario a las posturas que defendemos e impulsamos en la OMC-, infla los precios de los competitivos productos importados y subvenciona los comunitarios con los impuestos de todos. Al final, ni soberanía alimentaria europea, ya que no podemos elegir qué comprar y a qué precio, ni comercio justo, pues hacemos imposible competir a los productores de países en vías de desarrollo (muchos de los cuales apuestan ya por sistemas ecológicos y de reparto justo de los beneficios).

Para más inri, la PAC destina la gran mayoría de sus fondos a países del Mediterráneo, de tal modo que, no sólo se dificulta el desarrollo del negocio agroalimentario en los países del norte, sino que además incide en una agricultura intensiva totalmente perniciosa para ecosistemas como los de España. Sobra decir hasta qué punto los recursos hídricos españoles son escasos (sobre todo cuando el calor aprieta), como para incentivar el cultivo intensivo de frutas y hortalizas como la sandía, el melón, la fresa o el melocotón; todos ellos productos que requieren cientos de litros de agua (huella hídrica). Por no añadir los terribles efectos sobre el sustrato que tiene no dejar reposar los terrenos, el constante uso de abonos químicos, pesticidas, etc. Salvar paraísos de la biodiversidad como Doñana se nos pone complicado cuando millones de euros siguen cayendo a diestro y siniestro desde Bruselas para un sector que representa un 4% del empleo y un 2,5% del PIB. ¡Muerte a esta PAC!

Vicente Rodrigo: “Abandonar la PAC supondría ponernos en manos de nuevos ‘Putin’”.

La crisis del gas con Rusia ha sido uno de los capítulos más desconcertantes de nuestra reciente historia. Vale, los españoles apenas la sufrimos, pero como europeos nos mantuvo en vilo varios días. Europa es un continente pequeño y con escasos recursos naturales, y Putin dejó claro que puede ejercer gran poder sobre Europa. Pues bien, no depender de terceros para la producción de los alimentos básicos también es geoestrategia.

Tendemos a denostar el campo pensando en nuestros agricultores como grandes latifundistas medievales que se enriquecen a costa de las subvenciones de la UE. Es más, pensamos que el campo no es rentable, que no es el futuro, y que deberíamos invertir en otras áreas más ‘punteras’. Trabajando en Bruselas conocí a muchos agricultores que iban a enterarse de qué iba a pasar con la PAC; pequeños empresarios asociados, que apenas se defendían en inglés, preocupados por si la Comisión entendería que no podrían hacer sostenible el cultivo de nuestra tierra sin esta política europea. Y que esta es la política que les ayuda a mantener la dignidad para no ser el eslabón más débil de la cadena alimentaria. Hay precios, como el de algunos cereales, que llevan estancados 20 años; podríamos olvidarnos de cultivarlo e importarlo de otro país, pensaréis muchos. Pero ¿qué pasará en la próxima crisis alimentaria? Los precios serán incontrolables y nos habremos creado nuevos ‘Putin’ para el suministro de lo más básico.

Los expertos nos avisan de que el aumento descontrolado de la población plantea serios problemas para satisfacer la demanda mundial de alimentos en 2050. Por eso la PAC no sólo sirve para proteger la producción de nuestro consumo, sino también permitir que, por ejemplo, el aceite de oliva español sea líder en los principales mercados mundiales.

La PAC también permite investigación e innovación para hacer de la explotación de la tierra una práctica más sostenible. Con el cambio climático, se están deteriorando nuestros suelos y estamos perdiendo biodiversidad. Y para los que se quejan de los aranceles, con la cantidad de Tratados de Libre Comercio que existen, no creo que se pueda considerar que la UE no es un socio comercial injusto.

Incierto es el futuro de la PAC dentro de una Unión cada vez más alejada de los pensamientos de sus ciudadanos pero que, paradójicamente, nunca ha estado más cerca de su día a día. Se trata, sin duda, de tener en nuestros platos los mejores productos, con la mayor calidad y variedad, al mejor precio posible y con el menor impacto ecológico. Para conseguirlo hay diferentes caminos, entre ellos, los que nuestros compañeros han expuesto; ¿y tú cuál tomarías? ¡Mójate!

Una Europa sin sex-appeal

Sé que va a doler escuchar esto, pero era necesario decirlo: los europeos somos cada vez menos atractivos. Hasta hace muy poco éramos el objeto de deseo en todo el mundo, se nos miraba con lujuria y prácticamente cualquiera se moría de ganas de poder tener una cita con nosotros. Teníamos tantísimo sex appeal que nos permitimos mantener a nuestros pretendientes esperando durante años antes de siquiera aceptar una cena juntos.

Pero se acabó la vida del tronista. Nuestro más fiel pretendiente nos ha dejado: el presidente Erdogan ha afirmado que, en lugar de continuar esperando para acceder a la Unión Europea, Turquía debería unirse a la Organización de Cooperación de Shanghai. Esto supone un alejamiento de la posición tradicional del país de ‘aspirante eterno’ unos 60 años después de haber solicitado formalmente la adhesión y 11 años después de que se formalizaran las negociaciones. Sí, es verdad, nos hemos hecho de rogar y quizás ahora lo estamos pagando.

De hecho, hemos visto recientemente cómo las tornas han cambiado. La crisis humanitaria que vive Europa debido a los refugiados que llegan de zonas de conflicto nos hizo girar la cabeza hacia Turquía en busca de ayuda. Por primera vez en más de medio siglo era la Unión la que necesitaba a Turquía y esta vez Erdogan era quien tenía la sartén por el mango. Las salidas de tono del presidente turco hacia la UE ya son conocidas, incluso llegando a amenazar con no cumplir el acuerdo en materia de refugiados. “Nosotros iremos por nuestro camino y ustedes por el suyo”, dijo Erdogan. Definitivamente, lo nuestro se había acabado. ¿Y los europeos nos íbamos a quedar de brazos cruzados? ¡Claro que no! ¿Qué se hace cuando se pierde a ese eterno pretendiente? Exacto, el despecho de Europa se ha desatado y el Parlamento Europeo quiere congelar el proceso de adhesión turco. De salir adelante la propuesta, está por ver si notaríamos algún cambio significativo.

Pero el problema de fondo no es que alguien ya no nos quiera. De hecho, ya en 2015 Islandia decidió retirar su candidatura de adhesión a la Unión Europea, paso que Turquía aún no se ha atrevido a dar. Lo que sí debería preocuparnos es que el modelo de sociedad que representamos ya no es aquél al que todos aspiran; ya no es aquél al que todos quieren parecerse. Los estragos de la crisis financiera, que ha reducido nuestro peso económico, y sus repercusiones políticas y sociales han disminuido nuestro escaparate al mundo. Y no sólo eso, sino que además existe una insultante falta de respuesta y de alternativa por parte de los partidos e instituciones que han protagonizado nuestro esplendor.

Así, la sociedad contemporánea ha ido echándose en los brazos de otro. Estamos viendo cómo, ante nuestros ojos, todos esos pretendientes nos dan la espalda y lo peor es que no es porque no quieran, en palabras de Erdogan, seguir su propio camino, sino que quieren caminar junto a otros. Así, vemos cómo dentro de Europa cada vez más ciudadanos se refugian en aquéllos que apelan a sus identidades más primarias, al populismo, la demagogia o incluso la intolerancia más reaccionaria. Fuera de Europa, el fenómeno sigue creciendo y Turquía, siendo uno de nuestros vecinos, parece que cada vez está más lejos sumido en una deriva autoritaria. Algunos ya han identificado a este fenómeno como la decadencia de occidente. Por ello, debemos despertar y tomar medidas valientes que nos acerquen a esa #MejorEuropa al lado de la cual merezca la pena volver a caminar.

No me presento para ser presidente del mundo

Si Estados Unidos fuera Europa, el Partido Demócrata estaría dividido en dos partidos: el centrista con tintes socialdemócratas de Clinton y el izquierdista de Sanders; del mismo modo que el Partido Republicano se habría dividido en el nacional-popular de Trump y el conservador de Paul Ryan. Así, a brocha gorda, Bernie y Trump formarían parte de ese espectro antiglobalizador, con algunos postulados de fondo parecidos pero situados en los ‘extremos’, dejando a la parte Clinton y Ryan como representantes del bipartidismo y del establishment. Por eso el Partido Republicano de Donald J. Trump ya no respondería solo a su electorado conservador clásico —formado y de alto poder adquisitivo— sino a ese nuevo colectivo, fundamentalmente blanco pero no solo, que contempla desolado cómo se desmorona su mundo; y por eso el Partido Demócrata empieza un largo viaje para volver a encontrarse tras el inesperado batacazo.

Mirad el vídeo de arriba y lo veréis. Son solo 59 segundos, nada más. 59 segundos convertidos en uno de los vídeos-píldora que tan bien han funcionado en la campaña de Donald Trump, sea en Facebook o en YouTube. Vídeos muy cortos, mensajes muy simples y palabras comprensibles para todo el mundo. El vídeo que encabeza este post, Breaking Apart Special Interests, es uno de los que más me ha llamado la atención y también, por qué no decirlo, uno de los que más me ha gustado. Estos formatos funcionan. No solo para los millennials sino para cualquiera de sus votantes. Dadle a play y veréis que Bernie Sanders podría haber dicho exactamente lo mismo, palabra por palabra (salvo lo de México, claro) y que este lenguaje resulta tremendamente familiar para oídos españoles y europeos. La revuelta global contra las élites y, sobre todo, contra la globalización lo deja negro sobre blanco allende los mares: no hace falta explicar cuáles son los ‘intereses especiales’ que se deben romper porque ya todo el mundo lo sabe. Es una categoría lo suficientemente amplia como para que cualquiera lo rellene con lo que quiera.

El vídeo señala a los enemigos de manera clara: las grandes corporaciones, los medios o los grandes donantes que estaban financiando la campaña de Hillary Clinton; todos parte del mismo establishment político. Se encuentran, dice Trump, en los mismos restaurantes, tienen los mismos amigos y conexiones. Todos ellos se enriquecen de la misma ideología ‘globalista’ que empobrece a su sufrida audiencia, que asiste impotente a la fuga de sus puestos de trabajo y su bienestar ‘en particular, y al final, a México’. ‘No me presento para ser presidente del mundo’, termina Trump su vídeo-píldora, ‘me presento para ser presidente de Estados Unidos y cambiar las cosas’. Gracias al cielo, podríamos añadir a continuación.

El repliegue al Estado-nación, el auge del nacionalismo, los partidos eurófobos, el conflicto pueblo-élite, la enmienda a la globalización… como queráis llamarlo, que ya sabéis que hay muchas maneras. Todo está ahí, en esos 59 segundos. Todo ahí donde, además, quizá también se adivine por qué ese mensaje está funcionando tan bien.

Brexit… ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

El pasado lunes debatimos con Manuel Otero y Daniel Lacalle sobre cómo estamos afrontando uno de los acontecimientos que nos han dejado más en shock en el ámbito europeo en los últimos años. Si tuviéramos que calificar de alguna manera la relación entre la Unión Europea y el Reino Unido, sin duda podríamos decir que ha sido una relación de amor y odio en la que ha prevalecido uno u otro dependiendo de los intereses británicos.

Es difícil establecer un punto de partida en esta relación ‘sui generis’, incluso podríamos remontarnos al proceso de adhesión del Reino Unido a la Unión. 2004 podría ser un momento idóneo para comenzar esta crónica: la gran ampliación. El por entonces primer ministro británico Tony Blair fue uno de los grandes defensores de la incorporación de 10 países a la UE pero el miedo a una posible inmigración masiva ya estaba sobre la mesa. Tal era el temor, que los estados miembros impusieron restricciones temporales a la inmigración procedente de los nuevos estados. Y, aunque los efectos de esta gran ampliación se notaron más en países como Francia, la inmigración nunca dejó de ser un tema delicado en Reino Unido. En los siguientes años, el incremento del número de inmigrantes legales de los nuevos países de la UE va a acalorar aún más el debate. Poco a poco, en el debate público británico se diluye la opinión de que los inmigrantes favorecerán el crecimiento económico y se afianza la idea de que el Reino Unido es incapaz de controlar sus fronteras.

El siguiente punto de inflexión es el año 2006, momento en que Nigel Farage emerge como líder de UKIP. Este partido, que aboga por la separación del Reino Unido de la Unión Europea, ya tenía representación en el Parlamento Europeo en 1999, pero no sería hasta 2014 cuando alcanzaría una representación significativa a nivel nacional, con el 29% de los votos.

En 2006 también se convierte en líder de la oposición David Cameron que llegaría a primer ministro en las elecciones de 2010. David Cameron nunca se mostró a favor de una mayor implicación de Reino Unido en la UE, de hecho, en 2009 ya había prometido que no se volverían a traspasar poderes a Bruselas sin el consentimiento del pueblo británico. De esta manera, el nuevo Gobierno liderado por los conservadores se aleja paulatinamente de la UE y se retira de las cumbres europeas utilizando el argumento de que una mayor integración de la UE solo atañe a los países de la eurozona.

De la diplomacía fría al enfrentamiento latente

Es entonces cuando llegan los días difíciles y el choque se hace explícito en una cumbre para abordar la crisis del euro: Cameron decide bloquear el acuerdo intergubernamental sellado por los líderes de la eurozona sobre la regulación fiscal.

Pero la hostilidad no acaba ahí: el ‘premier’ británico establece unas nuevas bases para las relaciones entre la UE y el Reino Unido cuando promete la convocatoria de un referéndum en caso de ganar las elecciones. El 8 de mayo, los conservadores consiguen formar Gobierno y la maquinaria del referéndum se pone en marcha.

En 2016, con la sombra del euroescepticismo extendiéndose por toda Europa los líderes de la UE llegan a un acuerdo sobre “los términos revisados de la adhesión del Reino Unido” que en realidad concede al gobierno británico gran parte de las exigencias presentadas por el primer ministro. Pero, sobre todo, otorga a Londres un “mecanismo de alerta” para limitar los derechos de los trabajadores inmigrantes.

Llegado el día del referéndum, muy pocos en Londres y en la UE esperaban el resultado con el que amanecimos al día siguiente. Es cierto que las últimas encuestas arrojaban incertidumbre sobre el resultado. Pero, a pesar de ello, nadie en Reino Unido ni en el continente tenía un plan B. Esta falta de planificación, la dimisión de David Cameron, el anuncio de la primera ministra de Escocia de que si Reino Unido se salía de la UE repetiría el referéndum de independencia para poder seguir perteneciendo a la Unión, anunciaban un terremoto político.

La reacción de la UE con los resultados en la mano fue contundente, se debía activar el artículo 50 del TUE lo antes posible y la salida se traduciría en que Reino Unido pasa a ser un tercer país sin ningún privilegio, ni comercial ni de ningún tipo. Sin embargo, la reacción del gobierno británico no fue tan tajante. Los negociadores británicos pretenden un acuerdo con la UE que incluya lo que la mayoría de su población desea: reducir la entrada de inmigrantes comunitarios pero seguir disfrutando del mercado único, pese a las escasas posibilidades de que Bruselas acepte un acuerdo tan favorable para el Reino Unido, ya que actuaría de acicate para otros países en los que la sombra del euroescepticismo ya está presente.

Qué viene ahora

En los últimos días se ha producido la última, aunque pequeña, alegría para los contrarios al Brexit: el Tribunal Supremo ha dictaminado que el Gobierno de Theresa May deberá escuchar al Parlamento en este asunto. Con todo, las opciones de May son ganadoras, con un clima de opinión favorable y un capital político de ímpetu fruto de su reciente nombramiento. Además, en caso de que el Parlamento se opusiera a activar el artículo 50 del TUE, Theresa May podría salir fortalecida y decantar la balanza hacia una salida “dura” de la UE; la primera ministra estaría en disposición de buscar una salida electoral en la que, a día de hoy, no hay rivales que le hagan frente.

Por ahora, no parece haber consenso en cuanto a los efectos económicos del Brexit, posibles efectos positivos, ni en la magnitud ni los potenciales afectados. En lo que sí parece que la mayoría coincide es en que se traducirá en menos crecimiento tanto en las islas como en el continente.

Sin duda, este será uno de los retos más importantes a los que se enfrente la Unión Europea en un año que, esperemos, no dé más sorpresas.

Gana Trump, ¿implicaciones para Europa?

El escrutinio electoral de las presidenciales de Estados Unidos nos deja otra agónica madrugada que nos recuerda a la noche del 24 de junio con el resultado del referéndum para la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Tras la flamante victoria de Donald Trump, nos vemos en la necesidad de esbozar, a grandes rasgos y a modo de urgencia, las principales consecuencias para Europa:

  • Más alas al populismo: la primera potencia del planeta se rinde al mensaje xenófobo, a la retórica simplista y frentista. El propio eslogan de campaña republicano, “Make America Great Again”, evoca un pasado en que la inmigración aún no había ‘acabado’ con el sueño americano. El triunfo de Trump da alas en Europa a Le Pen y a Geert Wilders, pero también a Orban, a Kaczynski, y a las fuerzas populistas en Austria, Alemania o Finlandia, por sólo citar a algunos.
  • El fin de las élites: se consolida una brecha que supera el debate izquierda – derecha. Auge del voto anti-establishment, el castigo ‘a los de arriba’.
  • El isolacionismo gana al intergubernamentalismo: la victoria de Trump augura una importante erosión del colaboracionismo y la cooperación, especialmente en política exterior. Más que nunca, nos miramos el ombligo y cada país fija su propia lista de prioridades.
  • La inmigración se sitúa en el centro del debate político: en Europa venimos años observando cómo el miedo a perder nuestros estándares sociales está cambiando la dirección del voto en numerosos países, incluso en el Parlamento Europeo. Ya no miramos con ilusión o esperanza nuestro futuro, y eso muchos lo han materializado en el discurso del miedo, agitado cada vez con más énfasis por más partidos políticos en Europa. La inmigración y la gestión de las fronteras son ya el punto más caliente del debate, demostrando que es un mensaje capaz de movilizar hasta el punto de invalidar todas las encuestas y prospectivas.
  • Carpetazo al TTIP: si las opciones para el Acuerdo de Libre Comercio Transatlántico eran complicadas antes de la era Trump, su andadura se complica más que nunca ante el discurso estadounidense más proteccionista que recordamos.
  • Putin y el rearme en defensa: se difuminan los bloques, se instaura una retórica más belicista. Ahora que Estados Unidos ya no es ‘la policía del mundo’, cobran importancia los avances que puedan venir hacia una unión en defensa.
  • Europa, la esperanza del mundo libre: Estados Unidos deja de ser la democracia que nos inspira. Berlín y París, pero también Londres, tienen la responsabilidad de erigirse en adalides de la defensa de los derechos y las libertades civiles, del Estado de derecho, del ‘soft power’; para situarse en el centro, y no en una isla, en un mundo multipolar y tendente al autoritarismo.

Nuestra Europa da muestras de fatiga y tiene muchas razones para el hartazgo, pero está obligada a ser la luz del mundo libre toda vez que Estados Unidos ha sucumbido. La presidenciales francesas serán, sin duda, la gran batalla. Ganarla significa evitar por todos los medios una victoria de Marine Le Pen, un capítulo de nuestra historia donde tendremos que involucrarnos todos los europeos. Todo ello, sin perder de vista las elecciones en Alemania, que vendrán después. Al final, puede que la victoria de Trump sea el revulsivo que Europa necesita para volver a inspirar de nuevo, para ejercer un liderazgo que recupere a sus ciudadanos.

El mal llamado fin del roaming y la gestión de las expectativas

ACTUALIZACIÓN: Hoy 9 de Septiembre, pocos días después de la presentación de la propuesta original de la Comisión, la institución europea ha dado marcha atrás y ha asegurado que esa no es la propuesta definitiva que presentará sobre el fin del roaming en Europa. Aún queda por saber cómo se definirá la cláusula de “fair use policy” que incluirá la propuesta, pero es innegable que es una noticia muy positiva para los consumidores y la sociedad civil en todo el continente. La UE, a veces tan denostada por su falta de rendición de cuentas formal, acaba de demostrar que cuando existe un clamor en la ciudadanía europea, la Comisión a veces es capaz de escuchar y reaccionar a tiempo. El cambio en la propuesta no ha sido fortuito, ha sido gracias a la presión de eurodiputados, organizaciones de consumidores y artículos como éste que, aún desde la perspectiva pro-europea, criticaron abiertamente la propuesta de la Comisión. Por eso lo mantenemos intacto, para no olvidar la importancia de la retroalimentación de las políticas públicas por parte de la sociedad civil, sean estas nacionales o europeas.

Link a la noticia aquí

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A los europeístas nos encanta hablar de lo mal que comunican los medios masivos sobre la UE, el poco esfuerzo de entendimiento que ofrecen a veces, y cómo políticos nacionales lo aprovechan constantemente para echar las culpas “a Bruselas” y así deshacerse ellos de responsabilidades políticas. Pero, ¿qué pasa cuando es “Bruselas” la que comunica mal? Hoy os traigo el último ejemplo de un desastre de gestión mayúsculo de la Comisión: el fin del roaming.

Como habréis oído recientemente, la eliminación de los recargos por llamadas desde el extranjero solo valdrá durante 90 días al año. Pero desde el año pasado, cuando se empezó a decir que el roaming desaparecería, las redes de comunicación de las instituciones europeas han estado bombardeando con mensajes sobre la gran hazaña que implica haberle ganado la batalla a las empresas de telecomunicación, y predicar que el fin del roaming está cerca. Aquí algunos ejemplos:

Incluso nosotros desde la cuenta de @CCEuropa celebramos la gran noticia con esperanza:

Pero parece que la única persona en la Comisión que se atreve a plantarle cara a las empresas es Vestager, y ella ya estaba ocupada con Apple. La Comisión ha reculado, y lo que parecía ser el fin del roaming ahora tiene fecha de caducidad.

A partir de los 90 días las empresas no tendrán obligación de eliminar las tarifas de roaming. Desde la Comisión dicen que “la mayoría” de los europeos (parece ser el 98,2% según logró sacar nuestra compañera Itxaso) viajan de vacaciones menos de 90 días, por lo que la mayoría de europeos se beneficiaría. Es decir, ahora el criterio es el tiempo que esté uno de vacaciones. Nos olvidamos de facilitar las cosas a los estudiantes Erasmus, a los que se van a hacer prácticas a otro país o simplemente a los que se mudan entre fronteras europeas con total libertad, que para eso tenemos libertad de movimiento.

Pero hay otra frase del comunicado que rechina aún más que la idea de ver a Soria en el Banco Mundial: La aclaración de la Comisión de que se acordó una regulación sobre el roaming para “evitar abusos (por ejemplo, de un cliente estuviese viviendo permanentemente en un Estado miembro con un contrato de suscripción de otro Estado)”. Y tú creyéndote que esto lo hacían para evitar los abusos que las compañías te hacían a ti, insensato. ¡Esto lo han hecho para evitar los abusos que tu podrías haberle ocasionado a ellas!

Por mucho que busco no encuentro números sobre las enormes pérdidas que les deben estar produciendo a las compañías el gran número de ciudadanos que viven en otro país europeo manteniendo su antigua tarifa telefónica (yo mismo he vivido en varios países europeos, nunca he mantenido mi línea española y no he conocido a nadie que lo haya hecho). Da igual que la movilidad europea sea en realidad muy limitada (por ejemplo, solo 3% de la población activa del continente trabaja en un Estado que no es el suyo), a las compañías parece tenerles muy agobiadas. Creías que la Comisión te iba ayudar a que se evitaran abusos como el de activar y cobrar un servicio de manera automática, que la conexión sea más lenta de lo prometido, que las tarifas sean más caras de lo asegurado o que sea imposible darse de baja. O que gracias a la libre competencia España deje de ser de los países de la OCDE con la tarifa más alta. Pero no, esta regulación es para evitar los abusos que tú les haces a ellas.

No vamos a entrar aquí en las razones por las que en España pagamos un exagerado precio en las tarifas. Lo que sí vamos a decir es que, obviamente, ese precio no tiene su origen principal en que los turistas usan el 3G desde sus teléfonos extranjeros cuando están en España. Lo que la Comisión nos había hecho creer es que con la eliminación absoluta del roaming se iban a dar los pasos para crear un mercado único de las telecomunicaciones en Europa. Había creado las expectativas de un mercado donde la libre competencia pudiera ajustar unos precios competitivos y de paso dar facilidades a la movilidad europea. Pero con este último acuerdo no hay mercado único, los europeos que se mueven entre fronteras pasan a ser “abusadores”, y el roaming seguirá existiendo, únicamente se regula para que las compañías puedan respirar un poco más tranquilas cuando vengan turistas europeos usando su propia tarifa. Que haya informes señalando las ventajas económicas de establecer un mercado único digital, en concreto un beneficio de €415.000 millones al año, mejor lo dejamos de lado.

Y lo peor de todo es que la Comisión, una vez más, es la cabeza de turco de toda esta historia. Son los Estados, que por medio del Consejo Europeo de nuevo cortaron las alas de la Comisión para que no se creen mercados competitivos e innovadores que puedan desafiar a sus empresas nacionales. Pero si Vestager demuestra algo, es que con iniciativa y determinación uno puede acabar superponiéndose a los intereses nacionales cortoplazistas (como hizo ella con los de Irlanda).

Entiendo que es un paso relevante y la cantidad de años y eternas negociaciones que ha habido detrás de este acuerdo, pero como de costumbre acaba siendo insuficiente y de alcance limitado comparado con lo que ellos mismos nos habían hecho creer. Hoy los europeístas tendremos que agachar la cabeza y darle la razón a los agoreros que predican que “la UE solo sirve para el beneficio de las empresas”. Más allá de los límites de la propuesta, es un claro ejemplo de cómo una mala gestión de las expectativas de nuestros colegas del equipo de comunicación de la Comisión en Bruselas ha conseguido desembocar en descontento de todas las partes involucradas. No, el roaming no ha llegado a su fin y tendremos que esperar un poco más a que el mercado único digital evite los abusos de aquellos que más se benefician de esta regulación.

Ante el nacionalismo, europeísmo

Con un poco de suerte, pronto nos iremos todos de vacaciones con la resaca del 26J y el brexit, e intentaremos desconectar todo lo que podamos. A la vuelta, tendremos un nuevo curso político marcado en gran medida por el auge del fervor nacionalista en el debate público europeo y, en España más concretamente, por la moción de confianza a la que se someterá el Govern catalán. Además, Cataluña volverá en septiembre a centrar la atención nacional –y con el rabillo del ojo, la europea- con su Diada y el famoso “¡in, inde, independencia!”, el clamor popular escuchado en numerosas ocasiones durante los últimos tres años en sus calles, plazas o incluso teatros. Son miles, en algunos casos decenas o cientos de miles de ciudadanos los que se han venido reuniendo pacífica y voluntariamente para expresar un deseo, una máxima clara y sencilla: separarse de España. Las causas, justificadas o no, que han propiciado este sentir en una gran cantidad de catalanes, no son relevantes en este momento. Lo que es innegable es que Ortega tenía razón: España necesita vertebrarse. O, cuanto menos, mejorar la vertebración actual.

Nuestro sistema político y social ha gozado de una relativamente buena salud durante los más de 35 años de régimen constitucional, permitiendo al país un gran avance económico, cultural, de bienestar y de prestigio internacional en un corto período de tiempo. Si bien no cabe duda que, desde 2008, nuestro “milagro español” se ha quedado lejos, muy lejos, de la memoria de todos nosotros y ha sido sustituido por una tediosa, oscura y casi interminable crisis. Este es un factor importante con relación al auge de los nacionalismos periféricos, y no sólo consustancial a España sino también a otros países europeos, pero sabemos que no son una cuestión contemporánea novedosa.

En el caso catalán, ya en la década de 1930, Lluís Companys declaraba unilateralmente la independencia de Cataluña, siendo poco después depuesto, encarcelado y ejecutado por el Gobierno republicano de Madrid. Del mismo modo, una parte de la sociedad vasca no se ha sentido o siente española en décadas. Demostraciones menores y más recientes en Galicia o Canarias muestran que nos son dos casos aislados sino que, con circunstancias favorables, el fenómeno podría extenderse. La situación económica actual habilita y facilita el discurso que en muchos casos estaba latente o apagado. Muchos de ellos aparcaron sus sentimientos desintegradores mientras podían desarrollar una vida próspera y feliz. La cosa cambia cuando grandes espectros de una sociedad empiezan a sentir que su calidad de vida se deteriora sistemáticamente y sin síntoma de una pronta recuperación; se convierten rápidamente en caldo de cultivo para la retórica de quienes identifican de manera maniquea al supuesto causante del problema, al enemigo: el Estado al que pertenecen o la Unión Europea.

Sin embargo, no debemos confundirnos. La recuperación económica no acaba con los problemas territoriales, ya que la crisis no es la causa sino un catalizador. Este problema, en España, lleva sin solución eficaz y duradera desde la instauración dinástica de los Borbones, desde su incorporación de un modelo jacobino a imagen y semejanza de Francia, centralizando en Madrid, lo que terminó con siglos de Historia de fueros y costumbres locales. Desde entonces, varias guerras civiles y múltiples revueltas después, regiones norteñas de España han mostrado más o menos intensamente su voluntad de mayor autonomía o, incluso, de escisión.

En este sentido, la transferencia de competencias no parece la solución definitiva ya que, en el caso foral del País Vasco, no hay prácticamente cabida para entregar más potestades a la autonomía y el planteamiento de la independencia sigue presente. En el caso de Cataluña, probablemente una cesión competencial en materia tributaria relajaría la intensidad de las manifestaciones independentistas, pero no parece que esto fuera a ser el desencadenante de una oleada pro españolista sin precedentes. Sólo resolvería, si acaso, un agravio comparativo constitucional que permite a vascos y navarros algo que niega al resto. Frente a esta fórmula, los hay que abogan por una recentralización, para evitar al mismo tiempo desafíos y derroches. Esto no serviría para vertebrar nuestro país sino que nos devolvería a un punto de partida que ya hemos experimentado y que genera una insatisfacción y repulsa de mayor grado todavía en algunos lugares de nuestra geografía.

¿Qué puede hacer sobrevivir de manera cohesionada un Estado-nación en la Europa de hoy?

Cabría, por una parte, inspirarse en ejemplos de nuestro entorno, ya que los casos de soberanismo regionalista no son algo endógeno de España, existen en muchos países de Europa y, generalmente, se han superado con éxito. Francia es el mejor escenario con quien compararse debido a que es un Estado-nación que surge más o menos a la par que el nuestro, tiene un territorio y población parecidos a lo largo de la Historia, hemos compartido forma de gobierno y tenemos múltiples paralelismos culturales y socioeconómicos. ¿Por qué sus regiones, con mayor grado de heterogeneidad cultural en muchos casos, no han alcanzado los niveles de rupturismo de sus homólogas españolas? Bretaña, Alsacia o Córcega no son regiones con menor trayectoria soberanista y contestataria que Cataluña o el País Vasco, más bien al contrario. ¿Qué tiene Francia entonces que no tenga España para que los bretones y los alsacianos tengan perfectamente claro su deseo de ser franceses, aún sin tener la autonomía de gestión de la que sí gozan los vascos y los catalanes?

Sería insoportablemente simplista y arrogante arrojar una respuesta sencilla a tal pregunta, pero sí podemos dar dos explicaciones trascendentales a la hora de distinguir los casos a uno y otro lado de los Pirineos: en primer lugar, cabe destacar la mayor madurez democrática de nuestros vecinos, que vienen disfrutando de un sistema de libertades y derechos durante mucho más tiempo que nosotros. Este es un elemento que hace a las sociedades más respetuosas y más cercanas a su país, a diferencia de aquellas que sufren la imposición, coerción y hasta el exilio. Por otro lado, los franceses comparten, desde hace más de dos siglos, un hito nacional colectivo que los unifica como pueblo: la Revolución. La toma de la Bastilla, además de sangre y dolor, trajo una República de todos, conseguida por todos. La soberanía popular adquirida acabó con discriminaciones por razón de estatus social, confesión u origen. La République no es de derechas o de izquierdas, no es de París o de Brest, no deja a nadie fuera. Y los españoles carecemos de un hito parecido que nos aúne de igual modo en torno a nuestra bandera, Jefe del Estado o instituciones.

No debemos pensar, ni de lejos, que la solución a nuestro problema pase por las barricadas, las armas y la guillotina. Es más, con caminos muy diferentes y tiempos para recorrerlos dispares, España y Francia han llegado a un destino común: el Estado de Derecho; con plena libertad para las personas. Hoy, además, es tarde para perseguir un hito unificador nacional; no se combate el nacionalismo periférico con nacionalismo centralista. Y, para más inri, en 2016 podemos afirmar que el paradigma del Estado-nación, tal y como sucedió con los reinos feudales o los imperios, ha caducado y ya no responde a las demandas y necesidades de un siglo XXI sumido en la globalización, la apertura y el multilateralismo. Nadie puede pretender triunfar en el tablero internacional de hoy como sujeto nacional individual.

Nosotros tenemos, además, la suerte y oportunidad histórica de pertenecer a la sociedad de naciones más exitosa de la Historia de la humanidad: la Unión Europea. A través de ella y con una mejor integración política, también se pueden vertebrar los Estados miembros de manera duradera y beneficiosa para todos. La máxima: ante más fronteras en el interior de un mismo Estado, menos en el continente; ante hacer distinciones entre leridanos y oscenses, ninguna entre andaluces y letones. La Unión hace la fuerza pero debemos demostrar hasta qué punto nos hace ser relevantes en el mundo. Hoy en día, estamos en condiciones muy poco favorables para triunfar como España por nuestra cuenta, menos aún para Cataluña por la suya. En cambio, como europeos, sí formamos parte de un proyecto ganador.

Más y #MejorEuropa harán de España un país más unido y con más futuro. Las liturgias separadoras más propias del medievo no podrán nunca superar el hecho irrefutable de que juntos, como españoles y europeos, ganamos todos. Apostemos por una Europa que dé protagonismo a las localidades y comarcas, ámbitos en los que se desarrollan la mayoría de necesidades cotidianas de los ciudadanos. Otorgándoles no sólo gestión, también recursos. Adelgacemos las administraciones intermedias y armonicemos las grandes carteras y estrategias en un mandato comunitario efectivo, democrático y transparente. Vertebremos España haciendo de Europa el marco que Ortega no pudo contemplar. De lo contrario, nos diluiremos en un mar de súper potencias en las que Cataluña, España o el Reino Unido son miserables gotas de agua.

El lado bueno del Brexit

En un día tan gris como el 23 de junio, el día en que por primera vez un Estado Miembro de la Unión Europea, el Reino Unido, ha decidido irse, el mundo se ha quedado en shock. Las consecuencias a medio y largo plazo son un enigma, un agujero negro del que nadie sabe lo que pasa cuando se cae dentro, y el Reino Unido ha caído.

En los pocos días que han pasado desde que se conoció la victoria del Leave, hemos visto a los mercados hundirse; la libra en caída libre y en sus peores niveles de los últimos 30 años; el Primer Ministro David Cameron anunciando que dimitirá en tres meses; Escocia planteándose un segundo referéndum sobre su independencia; el Comisario británico Hill fuera de la Comisión Europea… Una lista que se está haciendo más larga cada hora que pasa. Por ello, es difícil imaginar todo lo que todavía ocurrirá entre ahora y el día en que el Reino Unido  salga definitivamente de la UE. Pero saldrá. El pueblo británico ha expresado su voz en un referéndum democrático, y tanto el Reino Unido como la Unión Europea lo tienen que respetar. Y por ello, la Unión Europea tiene que evitar quedarse en un bucle pesimista sobre  el Brexit y buscar el lado bueno de la situación en la que se encuentra. Ese silver lining. Parece imposible, suena imposible, pero en cualquier situación tan difícil y desesperada como esta uno tiene que encontrar el lado positivo.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea es algo que nadie en el continente quería. Ningún socio europeo quería que un Estado miembro tan importante como ese se fuese. Un Estado miembro que ha sido un impulsor clave en muchos de los grandes proyectos de nuestra Europa, entre ellos el Mercado Único. Pero al mismo tiempo es necesario que seamos sinceros. El Reino Unido nunca ha tenido ese vínculo emocional con la UE de muchos Estados miembros, especialmente los Estados fundadores. Ellos fundaron la UE desde las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, mientras que el Reino Unido se sumó a la UE mucho más tarde y más bien por razones prácticas e intereses económicos. Desde su entrada, el Reino Unido siempre ha estado mucho más interesado en los avances y beneficios económicos de la UE y su expansión hacia el Este -en vez de su profundización-, algo que venía del hecho de que el Reino Unido no quería que Europa se convirtiese en una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa.

La última vez que el Reino Unido mostró su rechazo a esa profundización se pudo ver claramente en la carta que David Cameron, el primer ministro británico, mandó a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, antes de que se empezara a renegociar la pertenencia del Reino Unido a la UE. A raíz de esa visión poco compartida con el resto de los socios europeos, en algunas ocasiones a Europa le ha costado avanzar en esa unión cada vez más estrecha. Especialmente en los últimos años, donde las fricciones entre el Reino Unido y otros países europeos han sido evidentes como, por ejemplo, durante las negociaciones del Pacto Fiscal Europeo. Por ello, con la salida de este país existe la probabilidad, aunque pequeña, de que Europa se  encuentre con menos obstáculos para esa integración.

Otro silver lining, aunque muy paradójico, es la situación en la que se encuentra Escocia. A pocas horas de la victoria del Leave, la ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, anunció que un segundo referéndum sobre la independencia de Escocia estaría encima de la mesa. Los escoceses votaron mayoritariamente a favor de quedarse en la UE con un 62% de apoyos y, por ello, consideran que es democráticamente inaceptable vivir fuera de la UE al no haber votado por ello. La posibilidad de que Escocia se independizase del Reino Unido, una unión de varios siglos, demuestra que el proyecto europeo es algo por lo que muchos están dispuestos a luchar. Aunque sería demoledor que Escocia se independizase del Reino Unido para poder quedarse en la Unión Europea, ello demuestra que muchos harían lo que sea para quedarse dentro. El hecho de que alguien esté dispuesto a luchar tan fuertemente por ti significa que realmente vales algo. Y Europa lo vale sin duda.

Sin embargo, si podemos destacar algún aspecto significativamente positivo del Brexit para la Unión Europea es la situación por la que se le fuerza a pasar, una reflexión sobre el proyecto europeo y su identidad, algo que Europa debería de haber hecho desde hace mucho tiempo. La Europa en la que actualmente vivimos está de alguna manera desconectada de los pueblos europeos, sus problemas y sus luchas. En la Europa actual prosperan los nacionalistas, los populistas y los eurófobos que quieren acabar con el proyecto. En muchas partes de Europa prosperan los xenófobos que quieren que cada uno vuelva a su país y que se construyan muros. En esta Europa, muchos europeos ya no se sienten atraídos por sus beneficios, sean económicos, culturales o sociales. Tampoco se sienten representados por las instituciones europeas y sus representantes, ni por las políticas económicas tomadas a raíz de la crisis económica.

Por todo ello, Europa debería de reflexionar sobre cómo acercar este proyecto a los europeos, cómo crear una unión en la que todos los pueblos se sientan representados, en la que todos tengan una oportunidad para prosperar y en la que los ciudadanos tengan un verdadero sentimiento de pertenencia. Europa debería de encontrar una solución para ver cómo puede prosperar esta integración en los momentos actuales cuando muchos piensan que el problema y la culpa la tiene el club de los 28, perdón, 27.

Europa debe decidir si quiere más integración, o una integración de varias velocidades o si quiere tomar otro camino. Pero lo que Europa debe hacer es reflexionar y encontrar ese camino por el que todos los europeos quieran caminar juntos.

Breves apuntes sobre la victoria del Brexit

Reino Unido es el primer país que activa el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea para abandonarla. La campaña del Brexit ha ganado frente a los que pensaban que el voto en contra se moderaría ante un cambio que generará gran incertidumbre en un momento de inquietud por nuestros estándares sociales.

También parece confirmarse el choque generacional. Los 16 millones de electores que se encuentran entre los 18 y 34 años declaraban un apoyo claro a la permanencia en las instituciones comunitarias. Así lo confirman los primeros datos de YouGov: los jóvenes de 18 a 24 votaron por quedarse en la Unión en un 75% y los electores entre 25 y 49 hicieron lo propio en un 56% . Entre los mayores del 65, este porcentaje se reducía a apenas un 39%.

Se abre un procedimiento inédito en la historia de la UE que marcará para siempre la historia de la integración comunitaria. Reino Unido deberá notificar oficialmente su intención de abandonar la Unión Europea al Consejo Europeo. Es este órgano, que reúne a los jefes de estado y de gobierno de los países miembros, es el que deberá proporcionar las directrices de un “acuerdo para la retirada”. Los Tratados y toda legislación y norma aplicable a los estados dejará de tener vigor en Reino Unido desde la firma de este acuerdo o como máximo 2 años después de la notificación oficial al Consejo.

Más allá de los procedimientos jurídicos, el Brexit sienta un precedente inédito en uno de los que se consideraban temas tabú en Bruselas. No cabe duda de que líderes como Le Pen en Francia y Wilders en Holanda capitanearán una campaña eurófoba para plantear, con más fuerza si cabe, su repulsa a la integración en común y, quién sabe, atreverse a plantear nuevos referéndums que culminen en un sinfín de campañas que separen a los europeos. Nuevamente, nos volvemos introspectivos en un momento en que el mundo no espera.

Estamos ante una nueva dinámica geopolítica en el continente: la Unión Europea versus la Europa de las naciones. Esta dicotomía, cuyo trasfondo veníamos observando en los últimos años, conlleva el resurgir de la idea del Estado-nación.

Los acontecimientos que se produzcan en las próximas semanas serán de gran trascendencia para el futuro de una Unión Europea en horas bajas.

Vicente Rodrigo, @vrodrigo. Publicado también en Madrid es noticia

Para leer más: Implicaciones del Brexit para España, de Salvador Llaudes.