Europa como política exterior

Faltan unos días para la repetición de las elecciones y Europa vuelve a no estar en la agenda de los partidos políticos, sino de manera tangencial y en ocasiones hasta expiatoria. El 26J es una excelente oportunidad para que el próximo Gobierno contribuya a liderar la UE.

Robert Schuman tenía claramente identificados los errores en los que Europa no podía permitirse volver a caer: “El atavismo del nacionalismo político, el proteccionismo autárquico y el aislamiento cultural”.  De los tres, posiblemente el que acecha cada día con más fuerza el futuro de la Unión Europea sea el primero. No es ajeno a ningún análisis que los intereses nacionales se están sobreponiendo al concepto de interdependencia e intereses comunes que defendió a ultranza el luxemburgués. Sabemos que el equilibrio de poderes entre las instituciones comunitarias no ayuda a empujar en la dirección correcta, pero no podemos escudarnos en el poder del Consejo para justificar la imposición habitual de una visión cortoplacista y nacional sobre el interés comunitario.

Crisis de los refugiados: España pecó de seguidismo sin fijar una posición clara

La crisis de los refugiados o el Brexit ponen de manifiesto los viejos frenos que han detenido el avance de la integración europea desde la creación de la CECA. Los flujos de refugiados, provocados en parte por la pasividad comunitaria hacia el conflicto sirio, han destapado un abismo sobre la visión de Europa que ha quedado definida entre el buenismo inicial de Alemania hacia la acogida de refugiados y la reacción populista de gobiernos como el de Orbán en Hungría. Y es que la paulatina pérdida de la visión de Europa como conjunto dificulta llegar a una solución estratégicaEn un problema poliédrico como este toda respuesta unilateral y descoordinada de los 28 ejecutivos de la Unión está condenada al fracaso. Por exceso en el caso alemán o por defecto en el caso húngaro, ambos gobiernos actuaron movidos por el posicionamiento electoral en sus propios países. El caso español, aunque menos flagrante, también pecó de seguidismo de la corriente establecida en cada momento sin defender una posición clara que pudiera mermar las expectativas electorales del Gobierno y de la oposición. Únicamente la puesta en peligro de un baluarte fundamental de la Unión como es el espacio Schengen ha servido como catalizador para obligar al Consejo a diseñar un plan de acción común frente al problema, una solución incompleta que a día de hoy no sabemos si será suficiente.

Brexit

El Brexit y la respuesta ofrecida por Bruselas también sirven de ejemplo sobre la situación del proyecto europeo. Una mala concepción del singularismo británico, colocado intencionadamente en contraposición de las decisiones europeas por la maquinaria propagandista del out, ha puesto en peligro la permanencia de un país clave como Reino Unido. Bajo la base de lo que sectores europeístas consideran un chantaje, Cameron ha conseguido tan solo una serie de concesiones que realmente no solucionan el problema de fondo; únicamente salvan el compromiso electoral adquirido con sus ciudadanos con más impostura que talento.

La reiterada falta de voluntad política

En el fondo subyace una decisión postergada por la falta de voluntad política, la conocida como Europa de las dos velocidades. Esta es una cuestión que sobrevuela de forma constante el paisaje de la UE, y a la que el proyecto parece estar abocado a dar una respuesta clara que definirá el futuro de la Unión. Tradicionalmente vinculada a las diferencias entre la integración económica y la Eurozona, muchos pronostican que las dos velocidades estarán definidas claramente por los países que sigan apostando por avanzar en la cohesión política y sus derivados fiscal, energético, digital… Y los que quieren limitar la Unión a un espacio meramente comercial. La primera gran prueba en este sentido se dio ayer con el referéndum británico sobre la permanencia en la UE.

El papel de España

El Gobierno que salga de las urnas el próximo 26J tiene ante sí una importante tarea en la construcción del proyecto europeo que debe asumir con responsabilidad y lealtad institucional. Sin dejar de lado su labor de hacer escuchar en las instituciones comunitarias la voz de los españoles, deberá esforzarse también en buscar y defender la convergencia de los intereses nacionales con los europeos. Sabedores de que esa diferencia artificial entre unos y otros no tiene sentido en un mundo global, el nuevo Ejecutivo debe asumir como propios los retos europeos. España es un país profundamente convencido de los beneficios del proyecto Schuman, tal y como pone de manifiesto el hecho de que los discursos antieuropeos no tengan cabida entre el electorado español hasta el momento, a diferencia de países como Francia, Holanda, Dinamarca o Austria. Sin embargo, en los últimos tiempos tampoco parece tener cabida la narrativa europeísta por crítica que esta quiera ser. Hemos vivido dos años de intensa actividad electoral donde los asuntos europeos apenas han aparecido en campaña, si no como un chivo expiatorio al que culpar de los males locales o bien como un ente paternal que nos fuerza a hacer los deberes. Construir una narrativa europea y poner a la UE en la agenda social, mediática y política es una tarea que debemos demandar a los partidos. Son varios los debates europeos que se deben poner encima de la mesa, tan prioritarios o más que la reforma del sistema de pensiones, la financiación de la sanidad o el independentismo en Cataluña.

Tras un año y medio marcado por las sucesivas citas electorales que han llevado a los asuntos domésticos a una posición de primacía, el futuro Gobierno debe tomar un papel activo en la verdadera política exterior, la europea

Tras un año y medio marcado por las sucesivas citas electorales que han llevado a los asuntos domésticos a una posición de primacía en detrimento de la política exterior, el futuro Gobierno debe tomar un papel activo en la verdadera política exterior, la europea. Además, frente al auge de los nacionalismos en algunos estados miembros, se abre una ventana de oportunidad para que aquellos países verdaderamente europeístas como España tomen las riendas. Para ello, quien salga de las urnas el 26J debe tomar posiciones proactivas en los grandes debates a los que se enfrenta Europa: conflictos internacionales, migraciones o tratados comerciales como el TTIP. Este gobierno debe saber usar las cartas con las que actualmente cuenta España: su posición geográfica –clave, entre otras cosas, para la seguridad energética de la UE-, sus relaciones con el Magreb y el vecindario sur y, aunque disminuidos, los lazos históricos con América Latina.

Europa como política doméstica

Por último el nuevo Ejecutivo debe mantener una posición valiente y liderar un debate que se debe vivir hacia adentro. España cumple 30 años de pertenencia en la Unión y aunque continúa siendo uno de los países con mayores tasas de europeísmo, estas han ido disminuyendo paulatinamente desde que estallara la crisis económica en 2008. Sin embargo, es necesario impulsar una narrativa interna que equilibre el foco negativo con el que Europa es percibida hoy. Para ello, una de las primeras medidas debe ser equiparar a Europa en el organigrama institucional del nuevo Gobierno. No es descabellado pedir que exista un Ministerio de Asuntos Europeos e incluso una Comisión exclusiva en el Congreso; como tampoco lo es pedir que la Unión Europea ocupe un lugar destacado en los currículos escolares de las 17 comunidades autónomas. En otras palabras, España debe aumentar su influencia en la Unión y comenzar a liderar proyectos de envergadura, hacer partícipe a la población de la importancia que la UE ha tenido y tiene en su día a día, y convencer interna y externamente de que aún hay mucho proyecto por construir juntos.

Una de las primeras medidas debe ser equiparar a Europa en el organigrama institucional del nuevo Gobierno, crear un Ministerio de Asuntos Europeos

Dicen que Europa siempre ha avanzado a base de crisis. Nos encontramos de nuevo en una enorme que va a poner contra las cuerdas este principio. De las crisis se sale si hay voluntad. El timing y la agenda pública no son óptimos para lanzar este objetivo, pero alguien tiene que enarbolar una bandera que parece quedarse huérfana con Francia y Alemania más preocupados por sus importantes citas electorales en 2017. Es una excelente oportunidad para que el próximo Gobierno contribuya a liderar, definir y consolidar una Europa de la que podamos seguir orgullosos.

Publicado originalmente en bez.