¿Qué hace un Tribunal como tú en un sitio como éste?

¿El Tribunal de la Unión Europea? ¿Pero eso para qué sirve? ¿El que dijo no sé qué de las cláusulas suelo y no sé qué de los desahucios? ¿Es el que está en Luxemburgo o en Estrasburgo? Es que siempre me hago un lío con estas cosas…

Anónimo, conversación en cualquier bar español.

Si las decisiones judiciales suenan, generalmente, lejanas para el común de los mortales, no digamos cuando se trata del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Lo que sucede es que rara vez estas sentencias traspasan la férrea burbuja del mundo jurídico para saltar a la primera plana de los medios de comunicación. Si a esto se le añade lo distante que se dibuja la Unión Europea para la inmensa mayoría de los ciudadanos –esa “Europa” a la que ciertos políticos y periodistas aluden como si España no formara parte de ella– la brecha es todavía mayor.

La excepción que confirma esta regla ha llegado con el solsticio de invierno y la (esperada) sentencia del Tribunal de Luxemburgo sobre las cláusulas suelo. La noticia de la decisión ha corrido como la pólvora y los medios españoles le han dedicado buena parte de sus titulares. No era para menos. No todos los días un tribunal supranacional tira de las orejas al sistema judicial español. Recordemos que el Tribunal Supremo, mediante sentencia de 9 de mayo de 2013, consideró que dichas cláusulas eran abusivas. Sin embargo, el tribunal patrio decidió limitar los efectos en el tiempo de la declaración de nulidad de las mismas, de tal forma que sólo produjera efectos a partir de la fecha en que se dictó la sentencia. Según los jueces de Kirchberg, esta restricción supone una protección de los consumidores “incompleta e insuficiente”. La consecuencia de este fallo judicial no es ninguna tontería. Los bancos españoles tendrán que devolver todo lo cobrado ilegalmente desde la firma de los contratos –hasta unos 4200 millones de euros, calcula el Banco de España–.

Esta decisión llega en horas bajas para la Unión Europea. Acosada por el auge del populismo, la xenofobia y el repliegue de fronteras nacionales, también está debilitada por sus propias deficiencias internas, desde una insuficiente respuesta a la crisis de los refugiados hasta una extrema exigencia (desigual dependiendo del Estado incumplidor) en todo lo relativo a la austeridad, por no hablar de una comunicación muy mejorable con el ciudadano de a pie. Mucho se habla de la Comisión Europea, el Parlamento o el Consejo Europeo, pero (excesivamente) poco de la institución judicial de esta organización. Si bien ésta puede ser considerada por muchos como la parte más gris de la Unión Europea, no es menos cierto que sus resoluciones pueden tener una trascendencia fundamental sobre nuestras vidas. Con sus luces y sus sombras –que, a veces, son demasiadas–, lo dictado por este Tribunal es de obligado cumplimiento para las autoridades españolas. Y, en el caso de las cláusulas suelo, supone un nivel de protección “extra” para todos aquellos afectados por las mismas. Protección que su propio país no le había otorgado.

Lo curioso es que en Luxemburgo hoy no sólo se ha fallado sobre la retroactividad de las cláusulas suelo. También se han tomado decisiones sobre temas tan fundamentales como la aplicación territorial del acuerdo de liberalización Unión Europea-Marruecos sobre el Sahara Occidental y la (falta de) legitimación del Frente Polisario –pronunciamiento que formaría parte de las “sombras” del Tribunal de las que antes hablábamos–, la necesidad de que el acuerdo Unión Europea-Singapur no sólo sea ratificado por aquélla sino también por todos los Estados miembros (recordemos el veto del Parlamento de Valonia al acuerdo con Canadá este otoño) o sobre los límites de la vigilancia masiva y el derecho fundamental a la privacidad de los ciudadanos europeos. Casi nada. Y estos son sólo algunos ejemplos. Pero no los encontraremos en los titulares.

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