Con Trump en la Casa Blanca, Europa debe armarse de algo más que de paciencia

Ha pasado: Donald Trump es presidente de Estados Unidos. Y no está perdiendo el tiempo: en sus primeras 72 horas de gobierno, y como primeras acciones en política exterior, Trump ya ha dado orden de retirar al país del TPP y ha anunciado que renegociará el NAFTA que le une a Canadá y México. Para más inri, en su discurso de investidura, el nuevo presidente de Estados Unidos afirmaba, literalmente: “defendimos las fronteras de otras naciones, mientras nos negamos a defender las nuestras” y “intentaremos ser amigos y mostrar buena voluntad con las naciones del mundo, pero lo haremos en el entendido de que todas las naciones tienen derecho a poner sus intereses primero”. Como para quedarse calvo intentado deducir el significado de ambas frases.

Estados Unidos se repliega sobre sí mismo. Y teniendo en cuenta las recientes declaraciones de Trump sobre la obsolescencia de la OTAN creo que no resulta descabellado pensar que, más tarde o más temprano, la nueva administración estadounidense tomará medidas de idéntico repliegue en el ámbito de la seguridad y la defensa. Por lo menos en el teatro europeo.

Ante la eventualidad de que esto pudiera terminar ocurriendo, la Unión Europea debe prepararse. Y para ello debemos apostar (de una vez) por una mayor integración en campos tan importantes como los de la seguridad y defensa. Con una integración de nuestros recursos, contaríamos con una capacidad de actuar mucho más rápido, de anticipar amenazas, de ser más efectivos y capaces de operar de manera independiente allí donde nuestro liderazgo es requerido. Sin duda, esta partida se juega en buena medida en el nivel del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia (ELSJ). Pero no podemos desdeñar el potencial de contar con una Política de Seguridad y Defensa Común plenamente operativa.

En el ámbito de la seguridad, tenemos un largo camino por delante para lograr dotarnos de unas eficientes capacidades de inteligencia europea. Bien sea a través de una potenciación de los limitados recursos del EU INTCEN (la “Euro CIA”), o bien a través de una mayor cooperación entre servicios de inteligencia nacionales; tal y como ya se hace desde hace años a nivel policial en el seno de Europol. Cuanto más fluya la información entre las capitales europeas, más se estrechará el campo de actuación de las redes terroristas y del crimen organizado. Por otro lado, desde 2013 la UE cuenta con su propia Estrategia de Ciberseguridad, que en 2016 alcanzó su último desarrollo normativo. Ahora, es responsabilidad de los Estados lograr su aplicación efectiva.

En el ámbito de la defensa, contamos con un Eurocuerpo, que apenas hemos utilizado a fecha de hoy, y que podría ser la base sobre la que construir nuestras propias capacidades de defensa. Asimismo, en diciembre de 2016 se anunciaba el lanzamiento del European Defence Action Plan, con el objetivo de generar incentivos a la investigación, desarrollar programas conjuntos de armamento y equipamiento, y promover la eficiencia en el gasto, todo ello bajo la idea motriz de potenciar la industria militar europea. El éxito en la implementación de este plan supondría un auténtico salto adelante para la autonomía estratégica de la UE en materia de defensa.

La UE no puede limitarse a esperar y tratar de rechazar las amenazas cuando lleguen a nuestras puertas. Debemos ser capaces de adelantarnos a los acontecimientos, amoldarnos al entorno de seguridad y demostrar una mayor proactividad, desarticulando redes terroristas y de crimen organizado dentro y fuera de nuestras fronteras; y, de ser necesario, interviniendo en el exterior para negar a estos grupos una “base segura”, como ya se hizo en Afganistán y más recientemente en Mali. Y, sobre todo, la UE tiene que estar presente en la gestión de las principales crisis internacionales, poniendo sobre la mesa sus propias capacidades (civiles o militares, económicas o diplomáticas) como hicimos ante el desafío nuclear iraní.

La próxima salida del Reino Unido privará a la UE de su principal potencia militar; pero también abre una ventana de oportunidad. Una oportunidad para avanzar en la integración y dejar atrás, también en este ámbito, las reticencias de los defensores de su sacrosanta soberanía nacional, tan de moda últimamente. Para ello será precisa, sin duda, mucha pedagogía y aún más voluntad política.

Pero no podemos negar que el actual contexto internacional nos está invitando a ello.

¿Nos atreveremos?