Un 2017 electoral entre tulipanes

Por Carlos Campillos Martínez y Miguel Macías Quesada

Holanda da el pistoletazo de salida a la carrera electoral que nos traerá este 2017. Sin embargo, es importante tener en cuenta que en cada país existen características específicas que hacen muy complicado poder comparar alegremente unos procesos electorales con otros. En este caso, Holanda no se ha librado de grandes comparaciones con Reino Unido. Pero aclaremos algunas cosas.

En primer lugar,  uno de los factores a tener en cuenta es que no podemos comparar Holanda con el Reino Unido de forma tan directa. Holanda es un país pequeño del continente, que participa en otro proceso supranacional a menor escala (el Benelux, junto a Bélgica y Luxemburgo) y que también parte de la Eurozona, mientras que el Reino Unido siempre ha tenido una posición más distante respecto a lo que ocurría en Europa, renunciando incluso a formar parte de algunos de los elementos de la integración europea y con una historia reciente muy ligada al Imperio Británico. Por tanto, Holanda está totalmente integrada en la UE  y su desconexión sería más problemática que la de los británicos. De la misma forma, el sentimiento eurófobo no es tan grande en Holanda como lo es en Reino Unido (apenas llega al 20%), si bien el apoyo general hacia el proyecto europeo es relativamente bajo (se encuentra estable en torno al 46%), el porcentaje de la población que se declara contraria a la UE no es tan alto como en el Reino Unido y, lo más importante, no cuenta con una plataforma de difusión tan relevante como tuvo el Brexit por parte de un sector de la prensa. Por último, las dificultades y la incertidumbre que estamos viendo en el proceso de desconexión del Reino Unido podrían hacer mucho menos atractiva la idea de un ‘divorcio’ del bloque en otro Estado Miembro.

Si, pese a todo, se produjera un voto favorable a abandonar la Unión Europea, sus efectos son  muy difíciles de predecir. Lo primero que deberíamos definir es ante qué tipo de Nexit: harsh (duro) contra soft (suave). La economía holandesa tiene gran dependencia del resto de Europa. Por ejemplo,  cuenta con el principal puerto del continente, considerado una de las principales puertas del comercio de la UE. A día de hoy sólo la actividad del puerto de Róterdam supone el 3% del PIB de todo el país. Sin duda las condiciones de un futurible Nexit dependerían mucho del éxito que los británicos consigan con su propia salida. Además, en el hipotético caso de que los holandeses decidieran salir de la Unión Europea, nos encontraríamos ante una paradoja: por un lado, Holanda es el segundo país de la UE con más lazos comerciales con Reino Unido y, por tanto, está en su interés que haya un Brexit ventajoso que respete estos lazos comerciales; por otro lado, un Brexit con condiciones ventajosas para el Reino Unido haría más atractiva la idea de un Nexit a la carta.

Precisamente Holanda es una potencia exportadora mundial y, por tanto, su economía está ligada en gran parte al sector comercial. Los principales países importadores de bienes holandeses son miembros de la UE: Alemania, Bélgica y Luxemburgo, Reino Unido, Francia e Italia. Como ya hemos visto en el caso del Brexit, simplemente el resultado a favor de la salida de Holanda de la UE en un posible referéndum crearía una situación de incertidumbre que perjudicaría gravemente a la economía holandesa.

Sin embargo, no todo el beneficio es económico. Muchas veces olvidamos que nuestra pertenencia a la UE es también algo tan simbólico y tan humano como la libertad para viajar, establecerse, trabajar o estudiar en cualquier Estado Miembro. En el caso de Holanda, alrededor de medio millón de holandeses residen en otro país de la UE, especialmente en Bélgica, Dinamarca y Alemania. Además, una alta proporción de jóvenes holandeses residen en Reino Unido, principalmente por motivos de formación académica o de empleo. La incertidumbre en torno al Brexit puede hacer que se pongan más en valor esta libertad que nos da la integración europea.

¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí?

Las pasadas elecciones de 2012 giraron en torno a la gran recesión y a las políticas de austeridad. Fue en ese momento donde el apoyo a la UE en Holanda, a la que se culpaba de la irregular marcha del país, comenzó a resentirse de forma más clara. En estos cinco últimos años el gobierno de coalición entre liberales y laboristas ha llevado a cabo importantes reformas económicas y estructurales que han devuelto a Holanda a un crecimiento sostenido. Es más, recientemente la Comisión Europea recordó que Alemania y Holanda tienen importantes superávit fiscales, animándoles a relajar las reformas y permitir un mayor gasto e inversión para compensar los déficits de otros Estados Miembros.

Sin embargo, el discurso económico se ha visto oscurecido por el de la inmigración y la preocupación por la seguridad. Los partidos euroescépticos han sido los únicos que han sabido canalizar la preocupación que la inmigración provoca en algunos sectores de la sociedad europea, y han conseguido hacer creer que el problema son las libertades que los europeos hemos conseguido en los últimos 60 años. En Holanda, Wilders ha sabido secuestrar el discurso electoral y llevarlo al terreno donde mejor se defiende. Eso ha llevado al actual Primer Ministro, el liberal Mark Rutte a girar a la derecha en materia de inmigración para evitar una sangría de votos. Tanto ha sido el éxito de Wilders en imponer el framing de estas elecciones, que apenas hay voces ni a la derecha ni a la izquierda que se atrevan a hacer una defensa férrea de  la Unión Europea o de políticas de acogida para refugiados. Es cierto que muchas veces los procesos de decisión de la Unión Europea, lentos y complejos, no ayudan a generar en el ciudadano un entusiasmo por la integración, pero en muchas ocasiones el papel y la capacidad de acción de la UE se magnifican para tapar errores o incapacidades de los propios gobiernos nacionales.

Rutte, Wilders, Groen y otros partidos del montón

En Holanda, como muchos otros países de la UE están experimentando recientemente, la lealtad a un partido no está garantizada y la oferta electoral es muy amplia, con alrededor de 11 partidos con posibilidad de obtener representación. La volatilidad es tan alta que, por ejemplo, el Partido Laborista, que actualmente es socio menor de la coalición de gobierno, está peleando por el sexto o séptimo lugar en las encuestas. Además, el sistema electoral holandés es muy representativo y cambios menores y muy dispersos pueden tener un gran impacto en la distribución final de la representación. Esto hace difícil predecir  resultados de cara a las próximas elecciones.

Sin embargo, es importante destacar que el Partido de la Libertad (PVV) de Wilders es un partido ya institucionalizado, contando con representación parlamentaria desde hace más de una década. De hecho, el actual primer ministro Rutte formó gobierno en 2010 gracias a un acuerdo de coalición de su partido VVD con los cristianodemócratas de la CDA y a un ‘acuerdo de tolerancia mutua’ entre CDA, VVD y el PVV de Geert Wilders. Es decir, ya en 2010 se rompió el supuesto cordón sanitario a la extrema derecha. Hoy día, tras el acuerdo de VVD con los laboristas, el PVV ha instrumentalizado la crisis financiera europea y la preocupación por la inmigración para convertirse en el principal enemigo del gobierno holandés.

Parece que la mayoría de las encuestas muestran una cierta ventaja del PVV desde hace algunos meses. Sin embargo, como hemos visto en cada elección en los últimos dos años hay cierta dificultad para plasmar los datos demoscópicos en datos reales, especialmente teniendo en cuenta la gran indefinición que señalan las encuestas para la mayoría de los votantes holandeses. Los últimos datos de hecho ponen en cabeza al actual partido de gobierno VVD, por encima del PVV de Wilders por primera vez desde noviembre de 2016. Si finalmente éste último no obtuviese la anunciada primera plaza podría tener un efecto bálsamo en el resto de elecciones y poner un ligero freno al populismo que amenaza con barrer Europea elección tras elección.

Es cierto que en Reino Unido el referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea se celebró sin necesidad de que el UKIP de Nigel Farage ganara las elecciones. Sin embargo, una vez más, es muy difícil comparar este caso con el holandés. Mark Rutte es un primer ministro liberal cuyo partido está convencido de lo beneficioso de la pertenencia de Holanda a la Unión Europea y, por ahora, su giro a la derecha se ha centrado en el discurso migratorio, no en el euroescéptico. Además, el sistema proporcional holandés puede dar un respiro a Rutte si consigue el apoyo tanto activo como tácito de cuatro o cinco partidos. La posición del VVD en el centro-derecha del tablero le permite hablar con fuerzas tanto más a la izquierda como los laboristas y los liberales de D66 como a su derecha con los cristianodemócratas del CDA y con la Unión Cristiana (CU). Tampoco podemos descartar que incluso un partido en alza como los Verdes de GroenLinks, que está experimentando un crecimiento considerable en las encuestas, pudiera dar su apoyo tácito a Rutte a cambio de reformas importantes en materia medioambiental y energética, contribuyendo así a un nuevo cordón sanitario en torno al PVV de Wilders.

¿Y qué ocurre con la ultraderecha?

Es muy difícil que, aunque el PVV de Wilders sea el partido más votado, pueda formar gobierno. Y, aunque lo hiciera, es muy complicado que sus socios de gobierno aceptaran celebrar un referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea. Aun así, el hecho de que Wilders pueda hacerse con el mayor número de votos y escaños en las próximas elecciones tendría un efecto negativo para el proyecto comunitario. A pesar de que una gran coalición de pequeños partidos pusiese fin a las aspiraciones de WIlders, su enorme presencia parlamentaria sería suficiente para condicionar no sólo el debate público, sino también las resoluciones parlamentarias, que requerirían un acuerdo muy amplio del resto de partidos para neutralizar su fuerza. Es decir, nos encontraríamos ante un gobierno muy débil, con un apoyo parlamentario muy frágil y con un debate público liderado por el PVV. Esto puede tener un efecto muy negativo en los compromisos de Holanda con la UE y eso sería preocupante, especialmente en un contexto en el que se comenzará a negociar la salida del Reino Unido de la UE y se fijarán las líneas generales del futuro de la Unión.

El caso de Le Pen en Francia es muy diferente, pues sus probabilidades de hacerse con la Presidencia de la República son reales. Pese a que las encuestas señalan que se respetaría el ‘pacto republicano’ para dejar al FN fuera de la carrera tanto si es Fillon como si es Macron quien pasa a la segunda vuelta, no podemos descartar todavía la idea de despertarnos un día con Marine Le Pen de camino al Elíseo. De producirse esto, Le Pen no dependería tanto de pactos con otras fuerzas políticas para llevar a cabo su idea de sacar a Francia de la Unión Europea. De celebrarse un referéndum y salir victoriosa la opción a favor de la salida, Europa se encontraría sin duda en una posición muy delicada con dos de sus principales miembros en proceso de salida. Sin embargo, lo que esto suponga para el futuro de la UE sólo podremos analizarlo en su momento.

¿Entonces Holanda se irá de la UE o no?

Según el último Eurobarómetro de noviembre de 2016, el 35% de los encuestados afirma que la pertenencia a la Unión Europea le genera sentimientos positivos, creciendo desde la anterior oleada en la primavera de 2016. Además, el porcentaje de los ciudadanos que afirma que la UE le despierta sentimientos negativos ha caído hasta un 24%. Por tanto, no está tan claro que exista realmente una desafección ante la Unión Europea. Muchos se preguntarán, ¿entonces cómo podemos explicar el auge de los partidos euroescépticos?

Precisamente ahí está la clave. No nos encontramos ante un auge del euroescepticismo, sino ante un auge del apoyo a partidos que se declaran euroescépticos. Estos partidos han sido los únicos que han introducido el debate sobre la inmigración en la esfera pública. Y lo han hecho en un momento en el que, para el 26% de los encuestados, la inmigración es el principal reto al que se enfrenta su país y en el que la inmigración y el terrorismo son los principales retos para la UE según un 45% y un 32% de los encuestados respectivamente.

Parece probable que los electores estén otorgando su apoyo a estos partidos no porque compartan su discurso euroescéptico o xenófobo, sino porque estos partidos han sido los únicos que han sabido escuchar y canalizar esas preocupaciones sobre la inmigración y la seguridad, mientras que los partidos tradicionales han considerado que hablar de inmigración era políticamente incorrecto. La clave para desactivar esta ola de apoyo a los partidos euroescépticos puede estar en introducir la inmigración en el debate europeo por parte tanto de gobiernos nacionales como de las instituciones europeas, proponiendo ideas y medidas que pongan el valor los beneficios, económicos y sociales, de la inmigración y que den respuestas a las preocupaciones de los ciudadanos desde la tolerancia. En definitiva, cuando existe un problema, no podemos esperar solucionarlo sin hablar de ello, porque vendrán otros que querrán solucionarlo de otra forma mucho más drástica. En nuestras manos está cambiar eso.