El Camino de Europa

Cuando llegas a Santiago de Compostela, mirada gacha tras días de esfuerzo, contando los últimos metros que te separan de la Plaza del Obradoiro, una leyenda en la calzada, repetida en varios idiomas, pasa fugazmente bajo tus pies: «Europa se hizo peregrinando a Compostela». Cierta o no tal afirmación, lo que no hay duda es que el Camino conecta de una forma casi natural con la idea de una Europa transnacional, solidaria y con vocación universal, desde mucho antes de que Europa tuviese atisbos de serlo. Se dice que el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, otro de esos personajes que pretendió unir el continente, bautizó a la ruta jacobea como la «Calle Mayor de Europa». Ya en nuestros días, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia definía al legendario camino como un «encuentro entre personas y pueblos (…) símbolo de fraternidad y vertebrador de una conciencia europea».

El que fue escogido como el primer Itinerario Cultural Europeo en 1987, más que una bella metáfora de lo que aspira a ser Europa, es un ejemplo de cómo llegar a serlo. Lo que vertebra hoy día al Camino y lo hace atractivo más allá de nuestras fronteras no es su indudable simbolismo religioso, sino un carácter universal y abierto que no renuncia a una marcada identidad y personalidad propia. El Camino no esconde su carácter gallego, leonés o asturiano, su dimensión religiosa, sus localismos o las particularidades de sus pueblos y gentes, pero mucho menos los convierte en excluyentes. Muy al contrario, el relato, la historia que «vende» el Camino, es una historia de superación, de fraternidad, de encuentro y de reflexión, en las que lo particular es sólo un imprescindible envoltorio, es los personajes y escenarios que dan forma al fondo de una narración y permiten que cualquiera se sensibilice con lo que allí se cuenta. El Camino consigue esto con tal éxito que logra transformar los sacrificios del recorrido en superación y los obstáculos del trayecto en una atractiva aventura para gentes procedentes de las tierras más remotas.

Esta vieja Europa, llena de historia, de filosofía, de cultura, de arte, de genios, mitos y leyendas, esta Europa tan rica en fondo y en forma, quizá por miedo a agitar la confrontación, decidió en algún momento abandonar ese envoltorio que pone rostro y da forma a su discurso. Probablemente con la noble intención de marcar distancias con los fantasmas del nacionalismo, seguramente para hacer universal, también en lo formal, a lo que pretendía serlo en el fondo, Europa dejó el espacio de los símbolos, de la narrativa y de la piel a otros. Esta Unión a la que tantas veces se le achaca ser fría y distante, a la que una parte importante del ciudadano medio ve como aburrida, lejana e inaccesible burocracia, le hacen falta más rostros, más símbolos, más líderes, más historia.

Si en los billetes nacionales antes teníamos a nuestros héroes patrios, monumentos y símbolos más arraigados al imaginario colectivo nacional, ahora en el Euro tenemos formas geométricas indefinibles, puentes y ventanas que simbolizan mucho pero que difícilmente representan a nadie. Esa identidad genérica que se repite en la iconografía institucional y hasta cierta medida en la bandera europea, encuentra una genial excepción en el Himno Europeo, que acertadamente coge una de las piezas más brillantes y emotivas de la música clásica universal, la «Oda a la Alegría» de Beethoven, para convertirla en un verdadero símbolo de todos los europeos. Esa simbología, lejos de ser accesoria, es fundamental para crear un relato europeo propio e identificable que pueda algún día dar origen a un demos europeo.

Un discurso y narrativa clara e identificable, como el que hay detrás del «Liberté, égalité, fraternité» de la República Francesa o del «American Dream» de los Estados Unidos. Relatos fundacionales, en su día basados en un nuevo paradigma, con rasgos identitarios propios, apuntalados por figuras históricas y simbología clara, pero a su vez con un carácter universalizador, atemporal y atractivo para cualquiera. Un relato que Europa no necesita inventar, pues radica en su misma razón de ser. Las batallas que hoy libra la Unión, desde el terrorismo yihadista hasta los nacionalismos, en cualquiera de sus formas, son todas la lucha de dos paradigmas, de dos relatos enfrentados: sociedades abiertas contra cerradas, pluralidad contra uniformidad, cosmopolitismo contra quienes ven la diferencia como una amenaza.

La Unión personifica uno de estos paradigmas: el de la superación del Estado-nación clásico y de sus barreras físicas y mentales, el del cosmopolitismo y del multiculturalismo, el de las sociedades hacia las que la revolución digital y la globalización nos dirigen: el de los nuevos tiempos. Como en el ejemplo de la ruta jacobea, Europa debe ser la demostración de que se pueden articular diferentes caminos, a diferentes ritmos, con gentes y pueblos distintos, mientras que el destino sea el mismo. Ese es precisamente su valor, ese es su paradigma y su fondo. Ahora Europa debe dar forma y poner rostro a ese relato, sin miedo a acometer, no sólo la batalla de la razón, sino también la del corazón. Porque hoy son otros los que van ganando esa disputa, una contienda que de librarse mañana quizá ya sea demasiado tarde.