La sonrisa de Xi Jinping

Haced clic aquí y veréis que no os engaño. El Presidente chino Xi Jinping aparece en todas sus fotos con un rictus desconcertante, una cara de póker, una sonrisa de Mona Lisa sujeta a un millar de posibles interpretaciones. Da igual si está dando la mano a Donald Trump o haciéndose una selfie futbolera con Sergio Agüero y David Cameron. Ahí están Xi y su ambivalente rictus, y ahí está la ambivalente China que él representa. Esa China en la que Xi parece tener todo bien amarrado, en vísperas de un Congreso del Partido Comunista que previsiblemente reforzará su supremacía. Pero no lo olvidemos: China dista mucho de ser un monolito.

Me contaban este verano en Pequín —una asombrosa ciudad en permanente tensión consigo misma, rebosante de historia milenaria, souvenirs con el rostro de Mao y KFCs— que, si eres un politólogo chino y quieres ganarte el favor del Partido Comunista, más te vale prestar atención a la Belt and Road Initiative (BRI). Según Xi, se trata ni más ni menos que del “proyecto del siglo”, así que si no habéis oído hablar de ella es un poco como si todavía pensarais en pesetas. No os ofendáis los aludidos.

La BRI consiste en una especie de revival a lo grande de la archiconocida Ruta de la Seda. Esta versión 2.0 debe su nombre a que se desarrollaría a través de un “cinturón” terrestre euroasiático y una “carretera” marítima (¿?) que llegaría hasta el Mediterráneo. China pretende basarse en la BRI para robustecer sus vínculos comerciales e incrementar sus inversiones en infraestructuras estratégicas en el exterior. Pero no solo eso.

Echad una ojeada a este breve vídeo promocional sobre la BRI. Os prometo que vale la pena. Sí, se pueden hacer todos los chistes que queráis sobre su estética naíf, pero en el fondo lo que yo aprecio en él es un intento por parte de China de mejorar su “poder blando”. Su atractivo internacional, en otras palabras. La BRI tiene un componente político además de económico, lo cual es una obviedad tratándose de un proyecto de tan inmenso calado (casi 1 billón de dólares). En el comunicado que firmaron los numerosos líderes internacionales presentes en el Belt and Road Forum de hace unos meses, se habla incluso de promocionar la democracia, los derechos humanos, etcétera. Lo de Liu Xiaobo, ya tal.

¿Por qué os cuento todo esto en un blog sobre Europa? Ya supondréis que mi objetivo no es congraciarme con el Partido Comunista chino. El motivo primordial es que, en junio de este mismo año, un Estado europeo vetó una declaración conjunta de la UE en la ONU para condenar precisamente las violaciones de derechos humanos en China. Es la primera vez que esto ocurre, según Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

Por desgracia, en la UE no andamos faltos de países en plena deriva hacia el autoritarismo. El Primer Ministro húngaro, Viktor Orbán, quiere instaurar un Estado iliberal siguiendo el modelo de países como la propia China. Lo dijo sin ningún pudor, no vayáis a pensar que se anda por las ramas. La Hungría de Orbán y la Polonia de Kaczyński parecerían las más claras candidatas a romper filas con la UE en su defensa de los derechos humanos en Naciones Unidas. Pero, como algunos de vosotros ya sabréis, no fueron estos los países que usaron su veto, sino… Redoble de tambores… ¡Grecia!

Recordaréis que os decía que la BRI pasa por el Mediterráneo. Pues resulta que COSCO, una naviera china de propiedad estatal, se hizo el año pasado con el control del 51% del puerto griego del Pireo, al que China quiere convertir en su “cabeza de dragón” en Europa. El Gobierno de Tsipras, que todavía tiene un profundo agujero económico que tapar, se ha resignado a recibir con una alfombra roja a macro-inversores extranjeros, aunque ello conlleve implícitamente ciertos sacrificios políticos.

Por supuesto, ese no es relato oficial. Según el Ministerio de Exteriores griego, la postura de Grecia en la ONU nace de un convencimiento de que las críticas de la UE a China no son productivas. En ese caso, ¿debemos entender que la alternativa “productiva” que plantea Grecia es contribuir al crecimiento de China sin incomodar al Partido Comunista? Casi puedo ver cómo a Xi se le ensancha la sonrisa.

Pero sería muy simplista limitarse a señalar a Grecia, como si esto no fuera con nadie más. La crisis griega es una crisis europea, como lógicamente también son europeas sus consecuencias. Permitidme aquí una de esas aliteraciones solemnes a las que tanto recurren los speechwriters: la UE debe reformarse, reequilibrarse y reafirmarse en sus valores. Difícil de poner en práctica, lo sé, y seguramente los resultados de las elecciones alemanas no ayuden. Pero no queda otra. La UE representa un ambicioso modelo de integración basado en una serie de principios y reglas compartidas, que incluyen una defensa férrea de los derechos humanos, y en ello radican gran parte de sus éxitos históricos. Si la falta de cohesión interna se lleva por delante su identidad normativa, la Unión habrá perdido su principal activo a nivel global y —lo que es todavía más importante— su principal razón de ser.

Como bien explica aquí mi compañero Alex, la UE no debe sucumbir al proteccionismo facilón que propone Trump, y haría bien en seguir tendiendo puentes económicos con la reemergente China. Sin embargo, por mucho que Xi saliera este año de Davos (merecidamente) por la puerta grande, el compromiso de China con una globalización basada en la reciprocidad es en realidad limitado. Apostar por algún tipo de mecanismo de control de inversiones extranjeras, como han sugerido por ejemplo Macron y Juncker, sería coherente con el fomento de una cooperación económica regulada y transparente, y con ello no estaríamos incurriendo en un proteccionismo de nivel “Trump” en la escala de Richter. Por cierto, a la implementación de este mecanismo se opone también cierto Gobierno europeo que todos adivinaréis, junto con algunos otros que teóricamente se encuentran en sus antípodas ideológicas. (Lo de la vigencia del eje izquierda-derecha lo dejamos para otro artículo, que ya estoy abusando bastante de vuestro tiempo.)

Una de las muchas características admirables de China es que su visión de la política es significativamente más estratégica que la nuestra. La BRI es actualmente el mejor ejemplo de ello. En China se piensa a lo grande y a largo plazo, y las décadas en que ha mantenido un perfil bajo se están agotando. Xi ha comandado la transición hacia un nuevo capítulo, en el que se dice que aspira a ser una especie de Mao en el contexto de Deng. La respuesta más estratégica por parte de la UE sería dar a entender a Xi que no estamos dispuestos a comprar el paquete entero, y que nuestra vulnerabilidad puede ser legítimamente aprovechada a través de acuerdos que conlleven un beneficio mutuo, pero nunca explotada.

Aquí va mi propuesta final: tratemos al gigante chino simultáneamente como una amenaza y una oportunidad, como si del gato de Schrödinger estuviésemos hablando. Exploremos esas zonas grises —sin caer necesariamente en la equidistancia— tan poco transitadas hoy en día. Devolvamos a Xi exactamente la misma sonrisa ambigua que él muestra al mundo. Ni dragon slayers ni panda huggers, eso es lo que (no) somos.

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