Todos mueven ficha en los Balcanes

La región de los Balcanes sigue dando que hablar (y estos últimos días, por esta sentencia). Después de las guerras que asolaron la zona en los 90s -y cuyas heridas aún no han cicatrizado completamente-, podemos apreciar una recuperación significativa en algunos de los Estados de la ex-Yugoslavia, mientras otros aún no han conseguido despegar del todo y sufren, aún, el lastre de la corrupción y de fantasmas del pasado.  Como señala Borja Lasheras, el “efecto CNN” ha desaparecido, pero estos países siguen albergando numerosos desafíos. Entretanto, estas debilidades están siendo aprovechadas por distintos actores que buscan incrementar su influencia en la región. Y por otro lado, ¿qué hace la UE?

Es cierto que algunas de las repúblicas de la ex-Yugoslavia han prosperado. Así, podemos incluir a Eslovenia y Croacia dentro de la lista de ejemplos que han conseguido con más éxito modernizar sus instituciones y economías, formando parte ya de la UE, la primera, desde 2004, y la segunda, desde 2013, el último Estado en incorporarse al proyecto europeo. Todo ello, no sin los grandes esfuerzos que ha conllevado, ya no sólo superar los daños humanos y materiales de la guerra (especialmente en Croacia), sino desarrollar unas instituciones democráticas, así como modernizar el modelo económico de “socialismo autogestionario” de la Yugoslavia de Josip Broz, ‘Tito‘.

Pero otras repúblicas, por desgracia, se han quedado algo más rezagadas. Es el caso de Bosnia, la más castigada en su momento por el conflicto, que hoy sufre un desempleo de casi un 40%, mientras las divisiones étnicas siguen latentes (aquí un ejemplo). El desempleo juvenil, por ejemplo, es de más del 50% en Bosnia, obligando a buena parte de los jóvenes, sobre todo los universitarios y los más cualificados, a emigrar. Por su parte, la ex-República de Macedonia y Albania tampoco se libran de las divisiones étnicas, que aunque se han explotado proporcionado beneficios electorales a algunos de sus dirigentes, esto ha llegado al punto de generar roces entre ambos países.

Justamente, son estas divisiones étnicas uno de los aspectos que aún no han conseguido cerrarse del todo, generándose un caldo de cultivo óptimo para el ultranacionalismo y la extrema derecha. Y es, en este río revuelto, donde todos los pescadores quieren echar sus redes. Como señala ECFR, mientras la UE ha disminuido su atención, otros actores, como Turquía, Rusia o incluso China han empezado a mover ficha. Vamos a comentar cómo.

Por motivos geográficos y culturales, Turquía siempre ha tenido los Balcanes como una región primordial en su esfera de influencia. En países como Bosnia, existe una numerosa población de origen turco, mientras los lazos culturales (por motivos religiosos e históricos) siguen estando muy presentes. En la actualidad, se prevé que esta Turquía en la que Erdogan va a tener bien apuntalados (aún más) sus poderes, vea reforzado su margen de maniobra en la zona.

Rusia, por otro lado, siempre ha tenido una relación estrecha con los Balcanes. Tras la desaparición de la antigua Yugoslavia, Rusia ha intentado ejercer influencia, y muy especialmente, en los Estados de tradición ortodoxa, como Serbia o Grecia. Esto le ha servido al gigante eslavo para reforzar sus intereses energéticos (en Grecia, en relación al gas) y político-estratégicos (en Serbia y Montenegro). En este último país, su entrada en la OTAN ha sido un jarro de agua fría a los intereses del Kremlin, mientras la Alianza se anotaba un tanto geoestratégico al interpretar este movimiento, además, como un alejamiento de Montenegro de la esfera de influencia rusa.

Y, aunque no comparta lazos culturales ni geográficos, China también buscar reforzar su presencia en la zona, aunque sus intereses tengan un carácter más económico que político. Así, dentro del ambicioso proyecto Belt and Road Initiative (que implica crear una “Ruta de la Seda moderna”,y del que nos hablaba Óscar Fernández aquí), China ha invertido 600 millones de dólares en un ferrocarril entre Belgrado y Budapest, que en teoría debería ser parte de una futura línea rápida marítima y terrestre que una a China con Europa.

Mientras todos juegan sus cartas, ¿qué hace la UE? El pasado julio, Federica Mogherini recalcó que los Balcanes eran “una proridad” para la Unión, existiendo desde 1999 el Proceso de Estabilización y Asociación, que contempla acciones en varios campos: relaciones contractuales bilaterales, asistencia financiera, diálogo político, relaciones comerciales y cooperación regional. Además, se han abierto negociaciones con todos los países de la zona para una potencial adhesión, siendo ya varios de ellos (Serbia, Albania, Macedonia y Montenegro) candidatos oficiales. No obstante, las propias dinámicas políticas, así como los intereses nacionales de algunos Estados Miembros (Grecia y sus roces con Macedonia, por ejemplo) pueden demorar este proceso.

Pero a pesar de estos avances, ¿debería ser la UE más activa, en ámbitos como la promoción de las libertades públicas, la lucha contra la corrupción o las reformas institucionales?.

El terreno político y la narrativa son también importantes, sobre todo frente al auge de movimientos ultranacionalistas (también existentes en el seno de la UE) que en el caso balcánico ahondan en las divisiones étnicas y mantienen un discurso particularmente radical.

Por otro lado, la política exterior es un campo para reafirmar nuestros valores y demostrar que, efectivamente, los ponemos en práctica y no nos rendimos al cinismo. En definitiva, ¿europeizar (más) los Balcanes para no balcanizar Europa?