“Siempre nos quedará París…” ¿el comienzo de un bello compromiso global o el preludio del dramón de nuestra era?

En noviembre de 2015 parecía que una nueva era basada en la responsabilidad compartida y la sostenibilidad como objetivo común llegaba para quedarse. El Acuerdo de París fue firmado por 195 países sentando las bases para un nuevo modelo de desarrollo en el que el medio ambiente y la lucha por frenar el cambio climático y sus efectos negativos se entendía como pilar fundamental del crecimiento económico presente y futuro. Por primera vez se acordó, con carácter vinculante, que se debía mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2ºC y que, para ello, cada país debería presentar un plan en el que detallara las medidas nacionales que pretende impulsar para conseguirlo. No obstante, tan variados son los frentes de esta batalla global como numerosos sus detractores e intereses de los agentes político-económicos.

En el plano de las relaciones internacionales, la búsqueda del quid pro quo entre los países desarrollados, emergentes y en vías de desarrollo se mantiene como uno de los escollos más complejos de salvar. Se entiende que, tras más de un siglo de explotación de recursos naturales en beneficio del avance de las principales economías, los países emergentes y en vías de desarrollo reivindiquen que llegó su hora y enarquen las cejas ante posibles limitaciones a elegir el tipo de crecimiento que quieren perseguir. El utilitarismo político que muchas veces envuelve las negociaciones jugó un papel determinante durante la vigésimo primera reunión de las partes, COP 21, para llegar al acuerdo global. India fue tal vez uno de los casos más sonados. India no ratificaría el acuerdo hasta octubre de 2016 tras una laboriosa negociación entre bambalinas. Esta economía de más de 1200 millones de personas ha establecido como objetivo para 2030 que el 40% de su energía eléctrica proceda de energías renovables. Viabilidad a parte, el ambicioso plan indio carece del suficiente capital para implantar paneles solares o la infraestructura necesaria por lo que la inversión extranjera es clave en este proceso que ha comenzado ya a desenvolverse: en 2017 India abarató el precio de la energía solar permitiendo acceso a capitales y empresas extranjeras. Saquen sus conclusiones.

Los objetivos mediante los cuales cada país pretende cumplir con el Acuerdo deberán actualizarse periódicamente. Sin embargo y continuando en el plano de la geopolítica, las asimetrías globales juegan un papel crucial. La desertización gradual, la disminución de precipitaciones y la falta de medios, inversión o intereses “en la sombra”, resultan en inseguridad alimentaria y movimientos migratorios que intentan ser contenidos por los gobiernos por medio de acuerdos que muchas veces se resuelven a golpe de talonario. El poder de las empresas energéticas, los intereses económicos y los acuerdos comerciales se mantienen impertérritos y la inversión en I+D+i aqueja de una raquítica financiación. Con esta mera ojeada superficial, el escepticismo y desánimo deslucen el ambiente de optimismo con el que se llegó a París, especialmente tras el anuncio del Presidente Trump de sacar a Estados Unidos del Acuerdo y teniendo en cuenta que es cada país quien establece sus propios objetivos de reducción de emisiones de manera voluntaria y en ningún caso están sujetos a sanciones. Mon dieu!

¿Y cuál es el papel de la Unión Europea en todo esto? La Unión Europea dice ser líder mundial en la lucha contra el cambio climático y pionera en avanzar en desarrollo sostenible. Cierto es que la UE fue fundamental para llegar al acuerdo participando en el grupo de países que llevó la voz cantante en las negociaciones, la Coalición de Gran Ambición. El Acuerdo de París firmado en diciembre de 2015 no entraría en vigor hasta noviembre de 2016 ya que requería la ratificación de al menos 55 países que representaran el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero. En un intento de escenificar el liderazgo europeo, fue la ratificación por parte de la UE lo que impulsó la entrada en vigor del Acuerdo a nivel global, pues se cumplían ya ambos umbrales. ¿Y qué se comprometió a hacer Europa? Como parte del Acuerdo, la UE ha presentado un plan para reducir sus emisiones en un 40%, mejorar su eficiencia energética en 27% y alcanzar un 27% de energías renovables en el mix energético a nivel europeo en 2030. Visto así, ¡viva la UE!

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Esos objetivos europeos los fijaron los Jefes de Estado y de Gobierno en un Consejo Europeo en 2014, un año antes de que se firmara el Acuerdo de París y sin contar con el aumento de competitividad de las tecnologías verdes y las energías renovables en los mercados que hacen más fácil y asequible llevar a cabo políticas climáticas más ambiciosas. En otras palabras: nuestros objetivos europeos están anticuados. Además, el marco de clima y energía 2030 se está debatiendo en este momento entre el Parlamento Europeo y el Consejo de la UE, donde los gobiernos de los Estados Miembros quieren unos objetivos aún más bajos.

La UE avanza de manera lenta pero firme desarrollando herramientas como los paquetes estrella de medidas para la Economía Circular y para la Energía Limpia presentados en 2016 y parece dispuesta a aprovechar el hueco que ha dejado Estados Unidos, preparando el terreno para la “economía verde”. El sector financiero europeo ha comenzado a moverse en este sentido, la emisión de los bonos verdes es ya una realidad y la fiscalidad empresarial sujeta a valores de sostenibilidad, hubieran sido una utopía hace apenas unos años. La taxonomía de las inversiones definirá el modelo de economía, europea y global, que permitirá (o no) cumplir los objetivos del Acuerdo de París. Sin embargo, por ahora no es suficiente y la Europa líder está quedándose atrás en materia de ambición climática y, sobre todo, de inversión en tecnologías limpias e innovación frente a China.

Es importante apuntar, y por ello lo mencionamos y subrayamos, que no todo se limita a las grandes políticas y a los grandes acuerdos. Muy al contrario, son las iniciativas, movimientos y proyectos como el Pacto de los Alcaldes los que están canalizando las necesidades y apostando por la consecución de los objetivos. Si bien la comunicación es un arma de doble filo que permite a detractores juzgar el Cambio Climático de invención masónica, también ha implementado la concienciación ciudadana permitiendo que sean individuos, gobiernos locales y regionales y empresas quienes, ante acciones insuficientes a nivel político, tomen la batuta. El famoso Think Global, Act Local está en boga y apuesta por un legado que no incluya más toneladas de plástico que peces en el mar. La cuestión persiste en si todavía estamos a tiempo.

Pese al revés que supone la intención definitiva de Donald Trump de sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, el resto de los países reafirmó su compromiso y sigue adelante para hacerlo una realidad. Canadá, China y la Unión Europea se han propuesto mantener la agenda política al más alto nivel con la celebración de reuniones ministeriales para fomentar la adopción de energías renovables y el avance en innovación en tecnologías limpias.

Queda mucho por hacer para que la Unión Europea pueda desempeñar el papel que le toca jugar y el camino es largo. Mientras tanto, seguiremos disfrutando de los documentales de Planet Earth de la BBC que, más pronto que tarde, pueden terminar siendo un documento gráfico de “lo que fue” en el mundo de Mad Max al que parecemos estar abocados (sí, como veis no nos faltan referencias al cine, pero hay suficiente metraje catastrófico para ello 😉).