UE y Venezuela: ¿un consenso de mínimos?

Venezuela atraviesa unos momentos especialmente difíciles. Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, ha asumido la presidencia interina del país, en sustitución de Nicolás Maduro (que no reconoce a esta Asamblea, democráticamente elegida) Ello ha lanzado un atisbo de esperanza para la población venezolana, pero con numerosas incógnitas. Las diplomacias del mundo han movido sus fichas, mientras los ciudadanos venezolanos tienen que lidiar con la inseguridad cotidiana, la inflación tan elevada como surrealista (de más de 1.000.000 %) que les imposibilita acceder a productos básicos, y con las continuas violaciones de derechos por parte de las autoridades.

A nivel internacional, apenas unos instantes después de la llegada a la presidencia interina de Guaidó, algunos gobiernos se lanzaban a reconocer al nuevo Presidente: a EEUU le siguieron Canadá y la mayor parte de ejecutivos sudamericanos (Argentina, Perú, Ecuador) incluida la Organización de Estados Americanos (OEA) Por su parte, Bolivia, Cuba y Nicaragua no dudaron en echar un cable a su aliado, Nicolás Maduro. México, siguiendo su tradicional doctrina de “no intervención en asuntos internos”, y Uruguay optaron por una postura equidistante, partidaria del diálogo. Mientras, China, Rusia, Turquía o Irán cerraron filas en torno al presidente bolivariano. Nada sorprendente.

En la Unión Europea, la situación fue más delicada. Desde el primer momento, la Alta Representante para la Acción Exterior (ARUAEPS), Federica Mogherini, trabajó en alcanzar una posición común. Se reconoce la Asamblea Nacional y se rechaza la validez de las elecciones del pasado mayo de 2018, pero son los Estados quienes reconocen o no a los gobiernos. Algunos Estados Miembros decidieron (España, Reino Unido, Alemania y Francia) plantear un ultimátum: si Maduro no convocara elecciones en 8 días, se reconocería a Juan Guaidó como presidente legítimo del país, amparándose en un artículo de la Constitución Venezolana como base legal. El Parlamento Europeo ya ha dado ese paso, el pasado 31 de enero, al constatar que (¡sorpresa!) Maduro había rechazado la idea de convocar elecciones.

Pero alcanzar una posición común sobre el reconocimiento a Guaidó no ha sido posible: muchos Estados anteponen sus intereses nacionales, lo que se ha traducido, generalmente, en peticiones de rebajar el tono de las amenazas o suavizar las sanciones, cuando se han aprobado. En esta ocasión, Austria y Grecia han estado entre los más “dudosos”. El primero, por los especiales vínculos con el Kremlin que mantienen los socios (FPO, ultraderecha) del Ejecutivo. El gobierno heleno, por su parte, consideraba que la posición de la UE era “seguidista” con la de los EEUU y que no estaba defendiendo realmente sus propios intereses. Italia tampoco reconocerá al presidente interino, “para evitar cometer el mismo error que en Libia” según su Gobierno. Pero algunos ven aquí otro alineamiento de Italia con Rusia, potencia con la que siempre ha tenido relaciones muy estrechas. Otros como Chipre y Eslovaquia también han sido reticentes a dar este paso.

Como alternativa, se ha decidido crear, a nivel UE, un Grupo Internacional de Contacto, entre los Estados Miembros y otros países de América Latina. Este Grupo se da un plazo de 90 días para alcanzar un acuerdo que desemboque en unas elecciones presidenciales en Venezuela.

Por su parte, Maduro parece no haber tomado muy en serio las “amenazas” de la UE. Desde EEUU, John Bolton ya ha amenazado, no sin tirar de cierta ironía, con la prisión de Guantánamo como destino para Maduro, y no descarta medida alguna en Venezuela. ¿Una intervención militar? Es algo que la UE o España descartan. “Es tiempo para la acción”, dice Mike Pence. Como si de un western se tratara, y a ver quién dispara más rápido. Mientras, Maduro y sus apoyos alertan sobre un supuesto “golpe de Estado”, y denuncian lo que consideran una “injerencia intolerable”.

Precisamente hoy, lunes 4 de febrero, vence el plazo de los “8 días”. Guaidó obtendrá un respaldo diplomático importante pero, ¿y después? Dejar de reconocer a un jefe de Estado (Maduro, en este caso) que mantiene el control efectivo de sus autoridades, para apoyar a otro, es algo muy excepcional en la actualidad. Maduro tiene el apoyo de los altos mandos del Ejército y la Policía, y no parece que vaya a ceder el poder tan fácilmente. Pero ello está ligado a la capacidad del Gobierno para mantener su lealtad. Esa capacidad se traduce, en gran medida, en que se mantenga el flujo de ingresos provenientes del petróleo, que exporta principalmente a su “enemigo diplomático”, EEUU. Y ese petróleo es, también, el medio de pago que tiene con China y Rusia, a cambio de generosas inversiones y apoyos internacionales. Guaidó ha prometido una amnistía para los militares, a cambio de ganarse su apoyo. ¿Una “Revolución de los Claveles” a la venezolana? No sabemos qué pasará, pero un cambio de poder tan “sencillo” parece poco probable. El riesgo de una guerra civil (el escenario más extremo) planea sobre todo este panorama.

Un panorama que ha sido también una oportunidad para la UE, para alzar su voz en el mundo y defender con firmeza sus intereses. Pero ya hemos visto que las preferencias nacionales siguen pensando a la hora de alcanzar posiciones comunes, que no vayan más allá de (positivos, eso sí) consensos de mínimos. ¿Real (o cínica) preocupación ante la injerencia en asuntos externos? ¿Cautela ante la incertidumbre? ¿O anteposición (una vez más) de los intereses exclusivamente nacionales? Mientras tanto, crecen las incógnitas (y los miedos) sobre el futuro de Venezuela, un país que, hoy por hoy, se encuentra en horas decisivas.