Los bosques de Europa

Comienza agosto de 2017 y, un año más, en media Europa sufrimos los devastadores efectos de los incendios forestales. Primero fue Portugal, más tarde Francia y España, también arden estos días Italia, Croacia y Grecia ante la acostumbrada audiencia europea a que se hable en miles de hectáreas cada vez que un fuego surge en nuestros bosques.

En muchos casos -la mayoría-, la actividad humana es la causante de estos fuegos, ya sea de manera deliberada o accidental. La cuestión es que, independientemente del origen del fuego, hay una serie de elementos en el cuidado de las áreas forestales que eliminarían en un altísimo porcentaje la posibilidad de que se iniciaran o, en su caso, que se propagasen de manera tan brutal. Entre otros, labores de poda, desbroce, limpieza de residuos y elementos inflamables o plásticos y vidrios que puedan hacer lupa, etcétera; por desgracia esto en muchos sitios no se lleva a cabo. Por otro lado, hay una práctica tremendamente efectiva que está encontrándose con verdaderos muros en las corporaciones locales y otras administraciones públicas, así como entre grupos de la sociedad civil: los cortafuegos. Un cortafuegos, independientemente de la especificidad de cada técnica, consiste en establecer corredores estratégicos en diferentes partes del bosque, eliminando la vegetación durante unos metros e incluso cavando zanjas, de modo que cuando el fuego llega a dicho corredor, no puede continuar y “únicamente” quema lo ya devorado. Pues resulta que hay grupos políticos y lobbies de falsos ecologistas que se oponen a la tala de unas cuantas hileras de árboles por el sacrilegio de matar unos centenares de ellos, a sabiendas de que esta es una de las poquísimas medidas que pueden salvar a otros cientos, pero de miles.

La gestión de los bosques es todavía una cuestión totalmente nacional en la Unión Europea y, en casos como el de España, dependiendo de la naturaleza del área forestal, puede ser competencia nacional, autonómica o incluso local. Esto lleva a tener cientos de diferentes normativas y prácticas en la conservación de los bosques a lo largo y ancho de la UE y que en muchos territorios encontremos verdaderas chapuzas de gestión forestal y de labor anti incendios, como puede ser el reciente y mortal incendio del centro de Portugal. Prácticas como la plantación de Eucalipto (altamente combustible) en lugar de flora autóctona y más segura, el abandono durante los meses de invierno del bosque, la absoluta inexistencia de cortafuegos y ausencia de efectivos profesionales (en Portugal, de los 30.000 bomberos del país, solamente 3.000 son profesionales; el resto son voluntarios, en muchos casos menores de edad).

La supuesta concienciación ecológica de los europeos está en tela de juicio cada verano, cuando vemos con pasividad cómo ecosistemas enteros quedan anulados para las próximas décadas, cuando evitar estos fuegos o reducirlos al 10 por cien tan sólo requeriría de una estandarización legal comunitaria de las mejores prácticas y el destinar un pequeño porcentaje de, por ejemplo, la Política Agraria Común a la formación y establecimiento de un cuerpo de evaluación y mantenimiento forestal europeo (si quieren, con banderita de cada Estado o Comunidad Autónoma, no quisiera yo que ningún político de cuarta se quedara sin poder ponerse la medallita).

De nada servirán los Acuerdos de París si continuamos calcinando los pulmones de nuestro verde continente al ritmo que lo hacemos y, salvo que hagamos de esta amenaza -que mata mucho más que el terrorismo- una prioridad de nuestra política, nunca podremos frenarla.

Aquí podéis encontrar un artículo recopilatorio de las medidas comunitarias existentes en esta materia hasta el momento; encomiables esfuerzos, largamente insuficientes.

La fragmentación de la Concordia

Con Europa ‘sitiada’ al este y al oeste por un criminal de guerra sin escrúpulos y por la nueva administración de un sociópata narcisista y fascista, respectivamente, y con la delicada situación interna con el virus del brexit, todas las miradas están puestas en sendas elecciones francesas y alemanas. Por fortuna, el efecto Schulz y el buen hacer de la Canciller parecen augurar la victoria de uno de los dos grandes partidos germanos, o incluso de ambos, con la reedición de la coalición de gobierno, la lidere quien sea que la lidere. Por el contrario, el escenario que se dibuja en otro de los ventrículos del corazón del proyecto europeo, Francia, da cada vez más pánico.

El momentum de Marine Le Pen y su FN, otro movimiento fascista -hagamos el favor de empezar a llamar a las cosas por su nombre y no con eufemismos-, y la pésima elección de candidatos por parte de los grandes partidos galos, nos empiezan a poner en alerta ante la posible enésima hecatombe política de los últimos dos años.

Una vez más, la falta de visión estratégica, de capacidad de entendimiento y de velar por el interés general más que por el de las siglas, han llevado a socialistas a elegir de candidato a un hombre escorado y altamente radical en sus posturas; y a los conservadores a poner al frente de la maquinaria republicana a un hombre gris, retrógrado y parece ser que corrupto. Ante las múltiples muestras que las sociedades occidentales vienen dando de imprevisibilidad y apetito por las fórmulas populistas y extremistas, los grandes partidos franceses tenían la posibilidad pero sobre todo la obligación moral, republicana y europea, de optar por un plan de Concordia para que, pasara lo que pasara, Francia siguiera siendo gobernada por personas e ideas que creen firmemente en el libre mercado, la socialdemocracia, los derechos y libertades universales y en el proyecto común europeo.

Con candidatos y postulados moderados, firmes en la defensa de los valores democráticos de la República, y con el regio propósito de servir a su patria por encima de cualquier otra cosa, el vendaval político protagonizado por el Front National sería hoy mucho menor, y nos aseguraríamos de tener siempre en segunda vuelta a un partido y candidato capaces de movilizar al electorado del otro gran bloque, ante la más que probable llegada a la contienda final por parte de Marine Le Pen. Ahora, sin embargo, vemos cómo un cara a cara entre el Frente Nacional y el Partido Socialista podría saldarse con la victoria de los primeros; difícil por no decir imposible será que convenza Hamon a los votantes de Les Républicains y lo mismo le ocurriría a Fillon para que le voten los socialistas tras los últimos escándalos.

No tenemos claro hasta qué punto la efervescente subida en las encuestas de Macron se traducirá en votos reales -los liberales en Francia llevan estancados décadas-, ni hasta qué punto su electorado sería transferible a un viejo carca o a un izquierdista radical, pero sí tenemos claro que gran parte del futuro de Europa está hipotecado a que los franceses sean más responsables e inteligentes a la hora de votar de lo que sus grandes partidos han hecho para merecerlo. Esperemos que en estas próximas semanas republicanos y socialistas pongan fin a esta fragmentada Concordia y se den cuenta de que tienen que hacer absolutamente todo para que Marine Le Pen no llegue al Elíseo; el fin justifica los medios, está en juego Europa.

Contrapost sobre la PAC: ¿a favor o en contra?

Recientemente, nuestros compañeros Álvaro de la Cruz y Vicente Rodrigo mantenían una interesante discusión en Twitter tras una pregunta que lanzaba al aire Javi García Toni: ¿En serio lo que más gasto requiere de Europa son las ayudas agrícolas?

La PAC, Política Agraria Común, existe desde el Tratado de Roma (1957) y fue impulsada principalmente por Francia. A medida que la UE ha ido ganando competencias, la PAC ha pasado de representar el 70% del presupuesto comunitario al 38% actual.

Hoy, nuestros compañeros han querido profundizar para explicarse mejor y hacer gala de una de las razones de ser de nuestro colectivo: somos diversos y tenemos diferentes maneras de ver qué es para nosotros #MejorEuropa. ¿Tú con cuál te quedas?

Álvaro de la Cruz: “Una PAC caduca, injusta y antiecológica”

A nadie se le escapa el origen bondadoso de la Política Agrícola Común europea que buscaba evitar, tras la guerra, que los ciudadanos de Europa volvieran a pasar hambre. Décadas después, la PAC se ha convertido en un gigante que tiene muy graves consecuencias sobre consumidores y medio ambiente. Representando casi un 40% del presupuesto comunitario, este mecanismo no consigue ni llegar a los pequeños productores, ni promover eficazmente una agricultura sostenible. Además, se siguen manteniendo las prácticas fraudulentas de cientos de agricultores y ganaderos para aumentar ilícitamente las cuantías de sus subvenciones.

Así, la PAC ha terminado por impulsar un mercado que sobreprotege a intermediarios y grandes latifundistas (seamos sinceros, ¿necesita ayudas el Duque de Alba?) y los europeos acabamos encontrándonos una cesta de la compra mucho más cara, viendo cómo el proteccionismo extremo del mercado interior –contrario a las posturas que defendemos e impulsamos en la OMC-, infla los precios de los competitivos productos importados y subvenciona los comunitarios con los impuestos de todos. Al final, ni soberanía alimentaria europea, ya que no podemos elegir qué comprar y a qué precio, ni comercio justo, pues hacemos imposible competir a los productores de países en vías de desarrollo (muchos de los cuales apuestan ya por sistemas ecológicos y de reparto justo de los beneficios).

Para más inri, la PAC destina la gran mayoría de sus fondos a países del Mediterráneo, de tal modo que, no sólo se dificulta el desarrollo del negocio agroalimentario en los países del norte, sino que además incide en una agricultura intensiva totalmente perniciosa para ecosistemas como los de España. Sobra decir hasta qué punto los recursos hídricos españoles son escasos (sobre todo cuando el calor aprieta), como para incentivar el cultivo intensivo de frutas y hortalizas como la sandía, el melón, la fresa o el melocotón; todos ellos productos que requieren cientos de litros de agua (huella hídrica). Por no añadir los terribles efectos sobre el sustrato que tiene no dejar reposar los terrenos, el constante uso de abonos químicos, pesticidas, etc. Salvar paraísos de la biodiversidad como Doñana se nos pone complicado cuando millones de euros siguen cayendo a diestro y siniestro desde Bruselas para un sector que representa un 4% del empleo y un 2,5% del PIB. ¡Muerte a esta PAC!

Vicente Rodrigo: “Abandonar la PAC supondría ponernos en manos de nuevos ‘Putin’”.

La crisis del gas con Rusia ha sido uno de los capítulos más desconcertantes de nuestra reciente historia. Vale, los españoles apenas la sufrimos, pero como europeos nos mantuvo en vilo varios días. Europa es un continente pequeño y con escasos recursos naturales, y Putin dejó claro que puede ejercer gran poder sobre Europa. Pues bien, no depender de terceros para la producción de los alimentos básicos también es geoestrategia.

Tendemos a denostar el campo pensando en nuestros agricultores como grandes latifundistas medievales que se enriquecen a costa de las subvenciones de la UE. Es más, pensamos que el campo no es rentable, que no es el futuro, y que deberíamos invertir en otras áreas más ‘punteras’. Trabajando en Bruselas conocí a muchos agricultores que iban a enterarse de qué iba a pasar con la PAC; pequeños empresarios asociados, que apenas se defendían en inglés, preocupados por si la Comisión entendería que no podrían hacer sostenible el cultivo de nuestra tierra sin esta política europea. Y que esta es la política que les ayuda a mantener la dignidad para no ser el eslabón más débil de la cadena alimentaria. Hay precios, como el de algunos cereales, que llevan estancados 20 años; podríamos olvidarnos de cultivarlo e importarlo de otro país, pensaréis muchos. Pero ¿qué pasará en la próxima crisis alimentaria? Los precios serán incontrolables y nos habremos creado nuevos ‘Putin’ para el suministro de lo más básico.

Los expertos nos avisan de que el aumento descontrolado de la población plantea serios problemas para satisfacer la demanda mundial de alimentos en 2050. Por eso la PAC no sólo sirve para proteger la producción de nuestro consumo, sino también permitir que, por ejemplo, el aceite de oliva español sea líder en los principales mercados mundiales.

La PAC también permite investigación e innovación para hacer de la explotación de la tierra una práctica más sostenible. Con el cambio climático, se están deteriorando nuestros suelos y estamos perdiendo biodiversidad. Y para los que se quejan de los aranceles, con la cantidad de Tratados de Libre Comercio que existen, no creo que se pueda considerar que la UE no es un socio comercial injusto.

Incierto es el futuro de la PAC dentro de una Unión cada vez más alejada de los pensamientos de sus ciudadanos pero que, paradójicamente, nunca ha estado más cerca de su día a día. Se trata, sin duda, de tener en nuestros platos los mejores productos, con la mayor calidad y variedad, al mejor precio posible y con el menor impacto ecológico. Para conseguirlo hay diferentes caminos, entre ellos, los que nuestros compañeros han expuesto; ¿y tú cuál tomarías? ¡Mójate!

Europa 2024

Terminaron los Juegos Olímpicos de Río 2016 con la Unión Europea como indiscutible primera potencia olímpica mundial (incluso si se marcha el Reino Unido). Con más de 300 medallas, más de 100 oros y más medallas que Estados Unidos, China y Rusia juntos, la supremacía del viejo continente en el ámbito deportivo es insultante. Es otra demostración fáctica -esta vez en `soft power´- de que juntos los europeos somos imbatibles.

Algunos datos estadísticos interesantes para comprender la gesta olímpica comunitaria: con 500 millones de habitantes (7% de la población mundial) la Unión Europea (UE) consigue casi un tercio de las medallas; esto es, una medalla por cada millón y medio de habitantes de la Unión. Además, de los 28 Estados miembro, todos menos Malta, Chipre, Luxemburgo y Letonia han conseguido medalla. Entre ellos, algunos países relativamente pequeños demográficamente hablando (Países Bajos, Hungría) obtienen unos resultados increíbles.

Con 500 millones de habitantes (7% de la población mundial) la Unión Europea (UE) consigue casi un tercio de las medallas

Teniendo en cuenta el gran resultado que obtenemos los europeos con 28 federaciones para cada disciplina y 28 comités olímpicos funcionando en paralelo, quizá sea este el momento de avanzar sobre la idea de una Dirección General Olímpica en el seno de la UE. Esta debería empezar por desarrollar programas de becas, ya sean complementarios a los nacionales, o independientes dirigidos a la élite del deporte comunitario. El principal problema en gran cantidad de Estados miembro es la falta de sponsors y soporte económico para muchas disciplinas, principalmente las minoritarias y, en particular, el atletismo.

Además, la Unión podría brindar apoyo logístico ycoordinación de entrenamientos y preparación de los atletas comunitarios. Se trataría en segundo término de desarrollar instalaciones de alto rendimiento comunitarias establecidas en las ubicaciones geográficas más idóneas y que pudieran ser utilizadas por los deportistas de los 28. De este modo, no solo el coste de inversión sería menor al necesitarse solo un centro de alto rendimiento y no uno por país, sino que el hecho de entrenar junto a otros atletas de élite mejoraría la competencia, daría la posibilidad de incorporar técnicas y entrenamientos coordinados y mejoraría sin duda los resultados de nuestras delegaciones.

Contar con una entidad deportiva comunitaria supondría un revulsivo para nuestro deporte y nos fortalecería como sociedad y ciudadanía europea

Las posibilidades que nos brindaría contar con una entidad deportiva comunitaria son numerosas y, sin duda, debería avanzarse paulatinamente en función de las capacidades y resultados. De lo que no cabe duda es que supondría un revulsivo para nuestro deporte y que nos fortalecería como sociedad y ciudadanía europea. Ahora se abre una oportunidad magnífica: tras unos juegos latinoamericanos (los primeros de la historia) y unos juegos asiáticos (Tokio 2020), con toda probabilidad Europa albergará los Juegos de 2024. Entre las cuatro candidatas: Budapest, Roma y París. Ya saben, ocho años para empezar a trabajar conjuntamente por unos históricos Juegos Olímpicos de Europa 2024.

Publicado originalmente en bez.

Ante el nacionalismo, europeísmo

Con un poco de suerte, pronto nos iremos todos de vacaciones con la resaca del 26J y el brexit, e intentaremos desconectar todo lo que podamos. A la vuelta, tendremos un nuevo curso político marcado en gran medida por el auge del fervor nacionalista en el debate público europeo y, en España más concretamente, por la moción de confianza a la que se someterá el Govern catalán. Además, Cataluña volverá en septiembre a centrar la atención nacional –y con el rabillo del ojo, la europea- con su Diada y el famoso “¡in, inde, independencia!”, el clamor popular escuchado en numerosas ocasiones durante los últimos tres años en sus calles, plazas o incluso teatros. Son miles, en algunos casos decenas o cientos de miles de ciudadanos los que se han venido reuniendo pacífica y voluntariamente para expresar un deseo, una máxima clara y sencilla: separarse de España. Las causas, justificadas o no, que han propiciado este sentir en una gran cantidad de catalanes, no son relevantes en este momento. Lo que es innegable es que Ortega tenía razón: España necesita vertebrarse. O, cuanto menos, mejorar la vertebración actual.

Nuestro sistema político y social ha gozado de una relativamente buena salud durante los más de 35 años de régimen constitucional, permitiendo al país un gran avance económico, cultural, de bienestar y de prestigio internacional en un corto período de tiempo. Si bien no cabe duda que, desde 2008, nuestro “milagro español” se ha quedado lejos, muy lejos, de la memoria de todos nosotros y ha sido sustituido por una tediosa, oscura y casi interminable crisis. Este es un factor importante con relación al auge de los nacionalismos periféricos, y no sólo consustancial a España sino también a otros países europeos, pero sabemos que no son una cuestión contemporánea novedosa.

En el caso catalán, ya en la década de 1930, Lluís Companys declaraba unilateralmente la independencia de Cataluña, siendo poco después depuesto, encarcelado y ejecutado por el Gobierno republicano de Madrid. Del mismo modo, una parte de la sociedad vasca no se ha sentido o siente española en décadas. Demostraciones menores y más recientes en Galicia o Canarias muestran que nos son dos casos aislados sino que, con circunstancias favorables, el fenómeno podría extenderse. La situación económica actual habilita y facilita el discurso que en muchos casos estaba latente o apagado. Muchos de ellos aparcaron sus sentimientos desintegradores mientras podían desarrollar una vida próspera y feliz. La cosa cambia cuando grandes espectros de una sociedad empiezan a sentir que su calidad de vida se deteriora sistemáticamente y sin síntoma de una pronta recuperación; se convierten rápidamente en caldo de cultivo para la retórica de quienes identifican de manera maniquea al supuesto causante del problema, al enemigo: el Estado al que pertenecen o la Unión Europea.

Sin embargo, no debemos confundirnos. La recuperación económica no acaba con los problemas territoriales, ya que la crisis no es la causa sino un catalizador. Este problema, en España, lleva sin solución eficaz y duradera desde la instauración dinástica de los Borbones, desde su incorporación de un modelo jacobino a imagen y semejanza de Francia, centralizando en Madrid, lo que terminó con siglos de Historia de fueros y costumbres locales. Desde entonces, varias guerras civiles y múltiples revueltas después, regiones norteñas de España han mostrado más o menos intensamente su voluntad de mayor autonomía o, incluso, de escisión.

En este sentido, la transferencia de competencias no parece la solución definitiva ya que, en el caso foral del País Vasco, no hay prácticamente cabida para entregar más potestades a la autonomía y el planteamiento de la independencia sigue presente. En el caso de Cataluña, probablemente una cesión competencial en materia tributaria relajaría la intensidad de las manifestaciones independentistas, pero no parece que esto fuera a ser el desencadenante de una oleada pro españolista sin precedentes. Sólo resolvería, si acaso, un agravio comparativo constitucional que permite a vascos y navarros algo que niega al resto. Frente a esta fórmula, los hay que abogan por una recentralización, para evitar al mismo tiempo desafíos y derroches. Esto no serviría para vertebrar nuestro país sino que nos devolvería a un punto de partida que ya hemos experimentado y que genera una insatisfacción y repulsa de mayor grado todavía en algunos lugares de nuestra geografía.

¿Qué puede hacer sobrevivir de manera cohesionada un Estado-nación en la Europa de hoy?

Cabría, por una parte, inspirarse en ejemplos de nuestro entorno, ya que los casos de soberanismo regionalista no son algo endógeno de España, existen en muchos países de Europa y, generalmente, se han superado con éxito. Francia es el mejor escenario con quien compararse debido a que es un Estado-nación que surge más o menos a la par que el nuestro, tiene un territorio y población parecidos a lo largo de la Historia, hemos compartido forma de gobierno y tenemos múltiples paralelismos culturales y socioeconómicos. ¿Por qué sus regiones, con mayor grado de heterogeneidad cultural en muchos casos, no han alcanzado los niveles de rupturismo de sus homólogas españolas? Bretaña, Alsacia o Córcega no son regiones con menor trayectoria soberanista y contestataria que Cataluña o el País Vasco, más bien al contrario. ¿Qué tiene Francia entonces que no tenga España para que los bretones y los alsacianos tengan perfectamente claro su deseo de ser franceses, aún sin tener la autonomía de gestión de la que sí gozan los vascos y los catalanes?

Sería insoportablemente simplista y arrogante arrojar una respuesta sencilla a tal pregunta, pero sí podemos dar dos explicaciones trascendentales a la hora de distinguir los casos a uno y otro lado de los Pirineos: en primer lugar, cabe destacar la mayor madurez democrática de nuestros vecinos, que vienen disfrutando de un sistema de libertades y derechos durante mucho más tiempo que nosotros. Este es un elemento que hace a las sociedades más respetuosas y más cercanas a su país, a diferencia de aquellas que sufren la imposición, coerción y hasta el exilio. Por otro lado, los franceses comparten, desde hace más de dos siglos, un hito nacional colectivo que los unifica como pueblo: la Revolución. La toma de la Bastilla, además de sangre y dolor, trajo una República de todos, conseguida por todos. La soberanía popular adquirida acabó con discriminaciones por razón de estatus social, confesión u origen. La République no es de derechas o de izquierdas, no es de París o de Brest, no deja a nadie fuera. Y los españoles carecemos de un hito parecido que nos aúne de igual modo en torno a nuestra bandera, Jefe del Estado o instituciones.

No debemos pensar, ni de lejos, que la solución a nuestro problema pase por las barricadas, las armas y la guillotina. Es más, con caminos muy diferentes y tiempos para recorrerlos dispares, España y Francia han llegado a un destino común: el Estado de Derecho; con plena libertad para las personas. Hoy, además, es tarde para perseguir un hito unificador nacional; no se combate el nacionalismo periférico con nacionalismo centralista. Y, para más inri, en 2016 podemos afirmar que el paradigma del Estado-nación, tal y como sucedió con los reinos feudales o los imperios, ha caducado y ya no responde a las demandas y necesidades de un siglo XXI sumido en la globalización, la apertura y el multilateralismo. Nadie puede pretender triunfar en el tablero internacional de hoy como sujeto nacional individual.

Nosotros tenemos, además, la suerte y oportunidad histórica de pertenecer a la sociedad de naciones más exitosa de la Historia de la humanidad: la Unión Europea. A través de ella y con una mejor integración política, también se pueden vertebrar los Estados miembros de manera duradera y beneficiosa para todos. La máxima: ante más fronteras en el interior de un mismo Estado, menos en el continente; ante hacer distinciones entre leridanos y oscenses, ninguna entre andaluces y letones. La Unión hace la fuerza pero debemos demostrar hasta qué punto nos hace ser relevantes en el mundo. Hoy en día, estamos en condiciones muy poco favorables para triunfar como España por nuestra cuenta, menos aún para Cataluña por la suya. En cambio, como europeos, sí formamos parte de un proyecto ganador.

Más y #MejorEuropa harán de España un país más unido y con más futuro. Las liturgias separadoras más propias del medievo no podrán nunca superar el hecho irrefutable de que juntos, como españoles y europeos, ganamos todos. Apostemos por una Europa que dé protagonismo a las localidades y comarcas, ámbitos en los que se desarrollan la mayoría de necesidades cotidianas de los ciudadanos. Otorgándoles no sólo gestión, también recursos. Adelgacemos las administraciones intermedias y armonicemos las grandes carteras y estrategias en un mandato comunitario efectivo, democrático y transparente. Vertebremos España haciendo de Europa el marco que Ortega no pudo contemplar. De lo contrario, nos diluiremos en un mar de súper potencias en las que Cataluña, España o el Reino Unido son miserables gotas de agua.