Después de Tallin, aún mucho por decidir

“Estamos construyendo en la Unión Europea una sociedad digital”, indicaba el primer ministro de Estonia, Jüri Ratas, momentos antes de la cumbre de Tallin sobre la Europa digital. “Pero para ello —añadía— necesitamos la infraestructura correcta, las normas correctas y la actitud correcta”.

No es casualidad que sea Estonia el país que está intentando, en su semestre de presidencia del Consejo, impulsar una economía y sociedad digitales. Esta república báltica utiliza plataformas y herramientas digitales en la educación, fue el primer Estado en permitir votar por Internet en unas elecciones generales, cuenta con una de las bandas anchas más rápidas del mundo, destaca por los avances en pagos electrónicos y por su servicio de salud digitalizado. Además, ofrece la residencia electrónica que permite acceder a numerosos servicios digitales. En conclusión, Estonia es referencia para todo país que quiera avanzar hacia una administración y unos servicios públicos electrónicos.

Son muchos, como vemos, los temas que se podían discutir en Tallin, pero, como suele ocurrir en muchas de estas cumbres, las conclusiones se quedan en meras declaraciones de intenciones, como querer adaptar el sector público a la era digital, convertir a Europa en líder global en ciberseguridad para 2025, hacer de la UE el mejor escenario para los negocios y la innovación, empoderar a las personas, e invertir en el crecimiento de la economía digital. El desfile de personalidades antes de la cita iba dejando atractivas palabras que deleitaban a los medios sobre los beneficios de la Europa digital. Palabras.

Estonia quiso organizar un gran evento, una gran cumbre sin entrar en las largas discusiones en las que se suelen enzarzar los líderes europeos, y preparar, así, una agenda de cara a 2025 basada en un amplio abanico de cuestiones generales. Por supuesto que, cuando hablamos de economía digital, hay que pensar a largo plazo, pero las palabras se pueden quedar en el aire, y lo que debería establecerse es la base de un acuerdo que siente las bases normativas de lo que queremos conseguir. Por cierto, el tiempo se agota: de las 24 propuestas legislativas de la Comisión en materia digital, aún deben adoptarse 18 antes del final de 2018.

Por su parte, Emmanuel Macron se presentó en Tallin con su programa. Francia ya llevaba una iniciativa, suscrita también por España, Alemania e Italia, que tiene como fin frenar los abusos fiscales de gigantes digitales como Google, Amazon, Facebook o Apple. Estos cuatro países defienden que estas compañías han usado regímenes fiscales que les han permitido no pagar billones de euros en impuestos en la UE. Por ello, de acuerdo a esta idea, según Macron apoyada por 19 Estados, estas compañías pagarían impuestos en función de lo que facturen en cada país, en lugar de, como lo hacen actualmente, por los beneficios que obtienen.

Estonia evitó cualquier confrontación en torno a este asunto, al existir diferentes opiniones al respecto, y no se incluyó en la agenda. Quienes no esconden su oposición a esta iniciativa son Irlanda y Luxemburgo. La Comisión Europea sancionó a Apple en 2016 a pagar 13.000 millones de euros a Irlanda por haberse beneficiado durante más de una década de rebajas fiscales. Además, se están investigando prácticas similares entre Luxemburgo y Amazon. Por su parte, el ejecutivo comunitario impuso, el pasado mes de junio, una multa a Google de 2.420 millones de euros por abusar de su posición dominante en su servicio de comparación de compras en línea. En conclusión, la Comisión barajará varios escenarios, se concede tiempo y hará pública su propuesta en primavera.

No se puede negar que no se esté avanzando en iniciativas digitales, pero los acuerdos no acaban de llegar. Sí, se han eliminado los recargos por roaming, pero hay mucho más en juego. La Comisión propuso hace un año un código europeo de comunicaciones electrónicas, pero los Estados bloquean los avances para la gestión de la coordinación del espectro, clave para la llegada del 5G y el internet de las cosas. También se quiere acabar con el bloqueo geográfico injustificado para evitar discriminación a los consumidores. Asimismo, se deben dar pasos para proteger la seguridad de los ciudadanos en Internet, entre muchas otras cuestiones.

Está claro que la fragmentación europea en el terreno digital impide serios avances. Si caminamos por separado, no haremos más que obstaculizar el desarrollo de todas estas tecnologías. La integración europea consiste, precisamente, en facilitar la vida de los ciudadanos europeos, en que nos beneficiemos del mercado único, también en lo digital; en que podamos acceder a cada vez más servicios electrónicos, que son menos costosos y más cómodos. Eso sí, sin seguridad, no habrá tecnología, y la sociedad europea digital no será posible.

¿Avanza la Unión Europea hacia una ‘unión digital’?

La Europa digital aún no existe. Sin embargo, la era digital ya es una realidad y la percibimos cada vez más en nuestro día a día. Se suelen repetir con bastante frecuencia los éxitos conseguidos en la Unión Europea del pasado, sin pensar más bien en cómo mejorar la Europa que tenemos hoy para adaptarla al presente y al futuro. Se dice mucho eso de mercado único, de libre circulación de bienes, personas, servicios y capitales, o de ausencia de fronteras interiores en el espacio Schengen (aunque los Estados puedan cerrarlas temporalmente…). En definitiva, no se puede negar que, a lo largo del pasado siglo, se han producido avances en lo que se refiere a la integración europea. Pero insisto, en el siglo XX. Y ese siglo ya pertenece a los libros de historia.

No podemos resignarnos al argumento de que hemos conseguido crear la organización de Estados con el mayor grado de integración del mundo. ¿Misión cumplida? En absoluto. ¿De qué serviría todo el progreso que hemos logrado hasta ahora en la Europa del siglo XXI, inmersa en una sociedad digital, donde se han superado las restricciones de tiempo y de espacio? ¿Acaso la ciberseguridad no se está imponiendo como una de las mayores amenazas de hoy? ¿No compramos cada vez más productos a través de internet?, ¿no existe cada vez mayor movilidad y las comunicaciones electrónicas ya no son estrictamente nacionales?

La transformación digital afecta a todos los sectores económicos. Por eso, quedarse atrás significa perder el tren del crecimiento y del progreso económico y social. Nos podemos preguntar cómo está reaccionando Europa a esta vorágine de la digitalización. Pensemos simplemente en un ejemplo. Si tuviéramos que enumerar en unos pocos segundos las mayores compañías tecnológicas del mundo, no se nos ocurren muchas europeas, ¿verdad? Obviamente, Europa tiene que reaccionar.

¿Qué se está haciendo desde Bruselas para avanzar? La Comisión Europea adoptó en 2015 una Estrategia para que la Unión Europea deje de ser sólo un mercado único, y pase a convertirse en un mercado único digital conectado. ¿Cómo conseguirlo? La Comisión estableció tres pilares: conseguir un mejor acceso a bienes y servicios digitales; diseñar un entorno en el que las redes y servicios digitales puedan prosperar; y asegurar que la digitalización de la economía y de la industria se conviertan en un motor de crecimiento.

Las palabras tienen que transformarse en hechos para convencer a los europeos de que la UE les resulta útil. El mercado único de las telecomunicaciones fue el primer paso. Los sobrecostes por itinerancia se iban a eliminar claramente en junio de 2017. Eso es lo que nos prometieron. Luego llegó una falsa propuesta en la que se añadían excepciones. Y finalmente un nuevo texto ambiguo en el que aún no quedan claras algunas disposiciones. En definitiva, el año que viene desaparece el roaming, aunque con ciertas restricciones para evitar abusos, como indica la Comisión Europea.

Se están comenzando a dar pasos hacia esa ‘unión digital’ a pesar de las dificultades por las divergencias tecnológicas entre los Estados miembros. A lo largo de 2016, la Comisión ha presentado ya algunas iniciativas con respecto a la digitalización de la industria europea, comercio electrónico, habilidades digitales en la enseñanza, un acuerdo público-privado sobre ciberseguridad, y una iniciativa sobre conectividad, donde se incluye el plan de acción 5G que acompaña las regulaciones sobre telecomunicaciones.

El problema es que el mercado europeo está fragmentado y los mercados nacionales aislados en muchos aspectos. Mientras sigamos así, no podremos obtener de la economía de los datos los beneficios que debiéramos. El Internet de las cosas, por ejemplo, es fundamental para el futuro de la competitividad de la Unión Europea. Cada vez hay más objetos conectados en la Red. Y los ciudadanos nos podemos beneficiar mucho de ello. Este ecosistema transforma modelos de negocio, apuesta por ciudades y hogares inteligentes, por los vehículos conectados, así como en muchos otros sectores (salud, medioambiente, agricultura, etc.).

Europa no se puede permitir quedarse como mero espectador ante el avance de la sociedad digital. Ni tampoco permanecer como consumidores de la tecnología que se crea y se desarrolla fuera. Europa tiene potencial para ponerse a la cabeza de esta revolución digital, pero para ello necesitamos más armonización normativa a nivel europeo, como, por ejemplo, en lo que respecta al espectro radioeléctrico, con el fin de que se pueda liberar la banda de 700 MHz y, por tanto, permitir la llegada del 5G para poder contar con servicios innovadores en Europa como todo lo referente al Internet de las cosas.

La Unión Europea va de camino, aunque lentamente, hacia este objetivo ambicioso de conseguir un mercado único digital conectado. No es nada fácil dadas las diferencias existentes entre Estados. Pero el interés de todos los países miembros es avanzar por el camino de la convergencia también en el ámbito digital. Un estudio del World Economic Forum afirma que el 65% de los actuales alumnos de educación primaria terminará trabajando en empleos que no existen hoy en día. Es evidente que nos jugamos mucho. Y lo que consigamos (o no) ahora, conllevará importantes consecuencias para las próximas generaciones. Está claro que Europa no puede perder este tren.