Claves de las elecciones alemanas

Tras la jornada electoral del domingo 24 de septiembre en Alemania, compartimos a continuación estas cápsulas de análisis sobre los resultados electorales y sus implicaciones para Europa:

  • Finalmente, las urnas le han dado a Merkel un resultado peor del que pronosticaba cualquier encuesta. Con todo, el receso es muy controlado si tenemos en cuenta el propio coste y desgaste políticos: estamos hablando de una campaña para aspirar nada menos que a un cuarto mandato y con un tema en la agenda política, los refugiados, que han polarizado las posiciones respecto a su partido.
  • Las elecciones alemanas vienen a confirmar lo que ya se apuntaba en otros sitios de Europa: lo migratorio es uno de los ejes políticos inevitables en la política europea. Da igual que los refugiados y los inmigrantes económicos no sean lo mismo; da igual que los refugiados musulmanes estén huyendo del horror y la persecución. Da igual y ya no hay vuelta atrás. Las sociedades europeas consideran la inmigración y la integración como un problema que, situado en el top de las prioridades, alimenta a partidos xenófobos y autoritarios en todos los rincones del continente.
  • Con el 13% de los votos (y alrededor de 87 escaños), Alternativa por Alemania, AfD por sus siglas en alemán, se coloca como tercera fuerza. Sube con fuerza desde los resultados que obtuvo en 2013 (4,7%) y se coloca como segunda fuerza en ‘Alemania del Este’. Se definen como derechistas, nacionalistas y euroescépticos, marcan distancias con el partido nazi NPD, pero bebe de él.
  • AfD hizo bandera del rechazo a los refugiados, a la inmigración y al islam. Merkel ha pagado el desgaste de ser la líder europea que más claramente se posicionó a favor de la acogida, con una campaña feroz por parte de amplios sectores sociales que ha tenido acomodo no solo en AfD, sino también en el FDP.
  • La mayoría de votantes del AfD califican su propia situación económica mala o muy mala además de injusta y provienen, principalmente, de la abstención y del descontento con la CDU y, en menor medida, con los socialdemócratas del SPD y la izquierda de Linke.
  • Por su parte, el Partido Socialdemócrata (SPD por sus siglas en alemán) pierde cinco puntos respecto a las elecciones de 2013, lo que sitúa al partido de Schulz en su peor resultado desde la postguerra, con un 20,7% de los sufragios. Ello es una muestra no sólo del declive del partido, sino también de la reconfiguración del panorama político en un país en el que, como recuerda The Economist, socialdemócratas y cristianodemócratas representaban en total un 80% de los votos. Hoy, el bipartidismo supone apenas un 53%.
  • Recurriendo a una explicación que los politólogos suelen defender habitualmente, es cierto que el fracaso del SPD pudo deberse, en buena medida, al efecto perjudicial de la gran coalición: los votantes tienen problemas para identificar quién adopta qué medidas. En el caso alemán, el SPD logró imponer a Merkel medidas como el salario mínimo, algunas políticas en materia de vivienda o la aprobación del matrimonio igualitario, pero el rédito lo obtuvo el partido de la canciller, pese a que había optado por el perfil bajo.
  • La lectura de la factura que ha pasado la gran coalición a los socialdemócratas les viene bien hoy para justificar su estrategia postelectoral, pero no olvidemos que a principios de año Schulz remontó en las encuestas (superando incluso a la CDU en febrero), y quizá esta caída tenga también que ver con las carencias de su discurso y el déficit a la hora de presentarse como alternativa real a la formación encabezada por Angela Merkel.
  • El Partido Liberal (el FDP, por sus siglas en alemán), por su parte, vuelve al Bundestag tras haber quedado fuera en las elecciones de 2013, cuando no alcanzó el umbral electoral del 5% requerido para entrar en el Parlamento. ) Tradicionalmente europeísta y liberal, bajo su nuevo candidato, Christian Lindner, el FDP ha hablado de economía digital y de reformas, pero también reforzado su faceta liberal en materia económica (defensores de bajos impuestos y menos regulaciones), mientras se ha mostrado muy “prusiano” en el ámbito presupuestario y en el cumplimiento de las reglas de gasto a nivel europeo.
  • Como ya se anunció durante la campaña, los liberales van a pedir el ministerio de Finanzas para formar parte de esta coalición, fundamental durante las últimos años para entender el papel de Alemania con respecto a la crisis de deuda en Europa. En este sentido, el FPD de Christian Lindner apuesta por una mayor dureza con los países deudores, se muestran reticentes a las propuestas de avanzar hacia una mayor integración de los países de la zona euro y defienden poner fin a algunos de instrumentos de solidaridad como el Fondo de Rescate de la UE (MEDE). Una situación que pondría todavía más trabas al ya complejo equilibrio de intereses entre Francia y Alemania. Un acuerdo del que depende que Europa avance finalmente, o no, en las esperadas reformas.
  • La opción más lógica ahora mismo es la conocida como “Jamaica”, los democristianos de Merkel junto a los liberales del FDP y los Verdes. Esta posibilidad no se antoja sencilla, pues tanto liberales como verdes aprovecharán esta oportunidad para intentar sacar el máximo rédito político a la situación, precisamente frente a un CDU/CSU que consolida su posición de liderazgo.
  • En definitiva, nos quedamos preocupados por el ascenso de la formación AfD. Peligra la concepción europeísta de sociedades abiertas en las que muchos creemos y no parece fácil revertirlo. Las sociedades cerradas son más autoritarias, menos prósperas y menos inclusivas, pero el ascenso de los partidos extremistas no es causa sino síntoma. Si Merkel pretende recuperar el votante que se ha ido a AfD veremos qué propuestas adopta, pero no parece que ninguna vaya a ser en beneficio de la UE.
  • Con todo, no debemos subestimar su capacidad para soportar la presión, máxime cuando su gestión como canciller ha estado caracterizada por su flexibilidad ideológica y su capacidad de adaptación, y tratándose además del mandato en el que se preocupará por construir un buen legado como canciller alemana y como líder europea. Ánimo, Merkel. Eres una de nuestras últimas esperanzas.

El Camino de Europa

Cuando llegas a Santiago de Compostela, mirada gacha tras días de esfuerzo, contando los últimos metros que te separan de la Plaza del Obradoiro, una leyenda en la calzada, repetida en varios idiomas, pasa fugazmente bajo tus pies: «Europa se hizo peregrinando a Compostela». Cierta o no tal afirmación, lo que no hay duda es que el Camino conecta de una forma casi natural con la idea de una Europa transnacional, solidaria y con vocación universal, desde mucho antes de que Europa tuviese atisbos de serlo. Se dice que el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, otro de esos personajes que pretendió unir el continente, bautizó a la ruta jacobea como la «Calle Mayor de Europa». Ya en nuestros días, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia definía al legendario camino como un «encuentro entre personas y pueblos (…) símbolo de fraternidad y vertebrador de una conciencia europea».

El que fue escogido como el primer Itinerario Cultural Europeo en 1987, más que una bella metáfora de lo que aspira a ser Europa, es un ejemplo de cómo llegar a serlo. Lo que vertebra hoy día al Camino y lo hace atractivo más allá de nuestras fronteras no es su indudable simbolismo religioso, sino un carácter universal y abierto que no renuncia a una marcada identidad y personalidad propia. El Camino no esconde su carácter gallego, leonés o asturiano, su dimensión religiosa, sus localismos o las particularidades de sus pueblos y gentes, pero mucho menos los convierte en excluyentes. Muy al contrario, el relato, la historia que «vende» el Camino, es una historia de superación, de fraternidad, de encuentro y de reflexión, en las que lo particular es sólo un imprescindible envoltorio, es los personajes y escenarios que dan forma al fondo de una narración y permiten que cualquiera se sensibilice con lo que allí se cuenta. El Camino consigue esto con tal éxito que logra transformar los sacrificios del recorrido en superación y los obstáculos del trayecto en una atractiva aventura para gentes procedentes de las tierras más remotas.

Esta vieja Europa, llena de historia, de filosofía, de cultura, de arte, de genios, mitos y leyendas, esta Europa tan rica en fondo y en forma, quizá por miedo a agitar la confrontación, decidió en algún momento abandonar ese envoltorio que pone rostro y da forma a su discurso. Probablemente con la noble intención de marcar distancias con los fantasmas del nacionalismo, seguramente para hacer universal, también en lo formal, a lo que pretendía serlo en el fondo, Europa dejó el espacio de los símbolos, de la narrativa y de la piel a otros. Esta Unión a la que tantas veces se le achaca ser fría y distante, a la que una parte importante del ciudadano medio ve como aburrida, lejana e inaccesible burocracia, le hacen falta más rostros, más símbolos, más líderes, más historia.

Si en los billetes nacionales antes teníamos a nuestros héroes patrios, monumentos y símbolos más arraigados al imaginario colectivo nacional, ahora en el Euro tenemos formas geométricas indefinibles, puentes y ventanas que simbolizan mucho pero que difícilmente representan a nadie. Esa identidad genérica que se repite en la iconografía institucional y hasta cierta medida en la bandera europea, encuentra una genial excepción en el Himno Europeo, que acertadamente coge una de las piezas más brillantes y emotivas de la música clásica universal, la «Oda a la Alegría» de Beethoven, para convertirla en un verdadero símbolo de todos los europeos. Esa simbología, lejos de ser accesoria, es fundamental para crear un relato europeo propio e identificable que pueda algún día dar origen a un demos europeo.

Un discurso y narrativa clara e identificable, como el que hay detrás del «Liberté, égalité, fraternité» de la República Francesa o del «American Dream» de los Estados Unidos. Relatos fundacionales, en su día basados en un nuevo paradigma, con rasgos identitarios propios, apuntalados por figuras históricas y simbología clara, pero a su vez con un carácter universalizador, atemporal y atractivo para cualquiera. Un relato que Europa no necesita inventar, pues radica en su misma razón de ser. Las batallas que hoy libra la Unión, desde el terrorismo yihadista hasta los nacionalismos, en cualquiera de sus formas, son todas la lucha de dos paradigmas, de dos relatos enfrentados: sociedades abiertas contra cerradas, pluralidad contra uniformidad, cosmopolitismo contra quienes ven la diferencia como una amenaza.

La Unión personifica uno de estos paradigmas: el de la superación del Estado-nación clásico y de sus barreras físicas y mentales, el del cosmopolitismo y del multiculturalismo, el de las sociedades hacia las que la revolución digital y la globalización nos dirigen: el de los nuevos tiempos. Como en el ejemplo de la ruta jacobea, Europa debe ser la demostración de que se pueden articular diferentes caminos, a diferentes ritmos, con gentes y pueblos distintos, mientras que el destino sea el mismo. Ese es precisamente su valor, ese es su paradigma y su fondo. Ahora Europa debe dar forma y poner rostro a ese relato, sin miedo a acometer, no sólo la batalla de la razón, sino también la del corazón. Porque hoy son otros los que van ganando esa disputa, una contienda que de librarse mañana quizá ya sea demasiado tarde.