Los bosques de Europa

Comienza agosto de 2017 y, un año más, en media Europa sufrimos los devastadores efectos de los incendios forestales. Primero fue Portugal, más tarde Francia y España, también arden estos días Italia, Croacia y Grecia ante la acostumbrada audiencia europea a que se hable en miles de hectáreas cada vez que un fuego surge en nuestros bosques.

En muchos casos -la mayoría-, la actividad humana es la causante de estos fuegos, ya sea de manera deliberada o accidental. La cuestión es que, independientemente del origen del fuego, hay una serie de elementos en el cuidado de las áreas forestales que eliminarían en un altísimo porcentaje la posibilidad de que se iniciaran o, en su caso, que se propagasen de manera tan brutal. Entre otros, labores de poda, desbroce, limpieza de residuos y elementos inflamables o plásticos y vidrios que puedan hacer lupa, etcétera; por desgracia esto en muchos sitios no se lleva a cabo. Por otro lado, hay una práctica tremendamente efectiva que está encontrándose con verdaderos muros en las corporaciones locales y otras administraciones públicas, así como entre grupos de la sociedad civil: los cortafuegos. Un cortafuegos, independientemente de la especificidad de cada técnica, consiste en establecer corredores estratégicos en diferentes partes del bosque, eliminando la vegetación durante unos metros e incluso cavando zanjas, de modo que cuando el fuego llega a dicho corredor, no puede continuar y “únicamente” quema lo ya devorado. Pues resulta que hay grupos políticos y lobbies de falsos ecologistas que se oponen a la tala de unas cuantas hileras de árboles por el sacrilegio de matar unos centenares de ellos, a sabiendas de que esta es una de las poquísimas medidas que pueden salvar a otros cientos, pero de miles.

La gestión de los bosques es todavía una cuestión totalmente nacional en la Unión Europea y, en casos como el de España, dependiendo de la naturaleza del área forestal, puede ser competencia nacional, autonómica o incluso local. Esto lleva a tener cientos de diferentes normativas y prácticas en la conservación de los bosques a lo largo y ancho de la UE y que en muchos territorios encontremos verdaderas chapuzas de gestión forestal y de labor anti incendios, como puede ser el reciente y mortal incendio del centro de Portugal. Prácticas como la plantación de Eucalipto (altamente combustible) en lugar de flora autóctona y más segura, el abandono durante los meses de invierno del bosque, la absoluta inexistencia de cortafuegos y ausencia de efectivos profesionales (en Portugal, de los 30.000 bomberos del país, solamente 3.000 son profesionales; el resto son voluntarios, en muchos casos menores de edad).

La supuesta concienciación ecológica de los europeos está en tela de juicio cada verano, cuando vemos con pasividad cómo ecosistemas enteros quedan anulados para las próximas décadas, cuando evitar estos fuegos o reducirlos al 10 por cien tan sólo requeriría de una estandarización legal comunitaria de las mejores prácticas y el destinar un pequeño porcentaje de, por ejemplo, la Política Agraria Común a la formación y establecimiento de un cuerpo de evaluación y mantenimiento forestal europeo (si quieren, con banderita de cada Estado o Comunidad Autónoma, no quisiera yo que ningún político de cuarta se quedara sin poder ponerse la medallita).

De nada servirán los Acuerdos de París si continuamos calcinando los pulmones de nuestro verde continente al ritmo que lo hacemos y, salvo que hagamos de esta amenaza -que mata mucho más que el terrorismo- una prioridad de nuestra política, nunca podremos frenarla.

Aquí podéis encontrar un artículo recopilatorio de las medidas comunitarias existentes en esta materia hasta el momento; encomiables esfuerzos, largamente insuficientes.

Polonia: un pulso por la independencia judicial

La semana pasada, miles de ciudadanos se manifestaban frente al Tribunal Supremo de Polonia, justo donde unos días antes Donald Trump era recibido, con los brazos abiertos, por el Ejecutivo del país. Los airados manifestantes (que repitieron el viernes en las principales ciudades del país) criticaban las recientes reformas en materia de justicia planteadas por el partido en el Gobierno, “Ley y Justicia” (PiS, en sus siglas en polaco) que finalmente fueron aprobadas por el Senado el pasado sábado.

Es, justamente, este Ejecutivo, el que ha dado numerosas ocasiones a la ciudadanía para salir a la calle, desde su victoria en octubre de 2015. Siguiendo la tendencia de “democracia iliberal” a la que ya se han sumado otros ejecutivos como el húngaro, el Gobierno del PiS ha apadrinado polémicas reformas como el incremento del control de los medios públicos (que calificaron a la manifestación del otro día como “golpe”), las modificaciones en un sistema educativo “que defienda los valores tradicionales”, el intento de restringir (aún más) el aborto, o la creación de Grupos de Defensa Territorial para “defender los valores cristianos y patrióticos”, han sido contestadas por una sociedad civil que se ha mostrado muy crítica y activa.

Pero, además de la oposición polaca, ¿qué puede hacer la UE frente a esto? Las instituciones se han armado de varios instrumentos de “garantía del Estado de Derecho” que es, en definitiva, uno de los principios sobre los que se asienta la Unión.

El primero es el “instrumento de alerta rápida”, creado en 2014, y que busca, a través de un diálogo con el Estado Miembro en cuestión, encontrar soluciones antes de recurrir al procedimiento siguiente.

El segundo es el “procedimiento del artículo 7 del Tratado de la UE”. Un artículo que incluye, en realidad, dos procedimientos: 1) el que permite “constatar un riesgo de violación del Estado de Derecho”, y 2) el mecanismo más duro, por el que se puede reconocer una efectiva “violación del Estado de Derecho”. De llegar a este punto, lo que requeriría la unanimidad de los Estados Miembros, se podrían suspender algunos derechos otorgados por el Tratado, como el derecho de voto en el Consejo de la UE.

Las propias instituciones europeas decidieron, ya en enero de 2016, recurrir al “instrumento de alerta rápida” por primera vez, justo contra Polonia (nos lo contaba Salva Llaudes). Dicho mecanismo contempla varias fases, entre las que destaca el establecimiento de determinadas recomendaciones a seguir que, no obstante, fueron ignoradas por el Ejecutivo ultranacionalista.

La situación actual, quizás por su especial gravedad, parece haber agotado la paciencia de las Instituciones Europeas y muy especialmente del vicepresidente primero de la Comisión, Frans Timmermans.

Esta semana, el grupo del PiS en el parlamento polaco planteaba una vuelta de tuerca más a una controvertida reforma del poder judicial que ya levantó duras críticas de la oposición parlamentaria, diversas ONGs y buena parte la sociedad civil (un 76% está en contra, según algunas encuestas), como prueban los manifestantes de los que hablábamos al inicio del post. Dicha reforma constaba de varios objetivos: reforzar el papel del Parlamento en la elección de los miembros del Consejo Nacional Judicial -el órgano de gobierno de los jueces polaco-, con lo que elegiría a la mayoría de éstos, y la posibilidad de que el Ministro de Justicia nombre a los jueces de las instancias inferiores. Pero la última medida ha sido la más polémica: a través de ella el Ejecutivo adquiriría un enorme poder sobre la selección de los magistrados del Tribunal Supremo. Así, ello supondría el fin del mandato de los actuales jueces de la máxima instancia judicial, excepto los elegidos por el presidente, para ser sustituidos por otros, nombrados por el propio Ministro de Justicia. Muchas voces ya han denunciado la manifiesta ilegalidad de esta reforma. Por otro lado, se “recordó” a los jueces que deben tener en cuenta los “valores cristianos” (¿querrán decir “los del partido gobernante”?) a la hora de tomar sus decisiones. Finalmente, el Senado (donde el PiS ocupa el 62% de los escaños) ha dado luz verde a la reforma el pasado viernes 21. Ahora la última palabra la tiene el Jefe del Estado, Andrzej Duda, en cuyas manos está el poder vetar la ley.

Como señala Andrzej Mendel-Nykorowycz desde ECFR, estos cambios darían vía libre al PiS para colocar en el Tribunal Supremo a sus partidarios, y, en definitiva, poder “mantener el control sobre los nombramientos judiciales por lo menos durante los próximos cuatro años”.

Dichas modificaciones en el Tribunal Supremo han sido especialmente criticadas y es que, como recuerda quien fuera letrado del TJUE, Daniel Sarmiento, “atacar al Tribunal Supremo es atacar la propia esencia del poder judicial”.

En esta ocasión, y como apunta Carlos Closa, la respuesta de la Unión ha sido más contundente que la tomada respecto a casos similares como el húngaro, cuyo Gobierno también ha puesto en jaque a la UE con reformas de corte similar (aunque las diferencias entre el caso polaco y el húngaro son numerosas, y  hablar del caso húngaro daría para otro post…) El catedrático señala que, en la situación en Polonia, el partido del Ejecutivo no disfruta de tanta fuerza parlamentaria como en el vecino magiar; su posición en el Parlamento Europeo es más débil (pues pertenece al Grupo de los Conservadores y Reformistas, menos numeroso, y no al hegemónico Partido Popular, como es el caso del Fidesz húngaro). Sin embargo, Closa es escéptico con el mecanismo de sanción del artículo 7: llegado el caso, al requerir la unanimidad del Consejo Europeo (representado por sus Estados Miembros) es posible que Hungría bloquee la aplicación de tales medidas, dejando en evidencia su falta de operatividad. La UE es aquí, una vez más, presa de sus propias lógicas, cuando éstas recaen en exceso en el peso de los Estados.

No obstante, y como recordaba The Economist, Polonia cuenta con un importante activo: una sociedad civil fuerte y cada vez más crítica con el gobierno ultranacionalista, que ya logró detener algunas medidas muy regresivas. Un aspecto interesante y esperanzador de estas protestas es que han conseguido aglutinar a gente de toda condición al margen de ideologías, y muy especialmente a los jóvenes. Posiblemente sea esta capacidad de presión (a lo que debemos sumar que incluso desde la Administración Trump también se han criticado dichas medidas) la que logre hacer rectificar a un gobierno que justifica las reformas para “liberar a unos tribunales subordinados a fuerzas extranjeras” y así “proteger al pueblo de las élites”. ¿Nos suena todo esto?

 

Actualización: durante la mañana del lunes 24, el presidente Andrzej Duda anunció su intención de vetar algunos aspectos de la reforma.

 

Un agradecimiento en especial a Elisa Uría y a Wojciech Golecki por sus sugerencias a este artículo.

Unión Europea: ¿pragmatismo como solución?

Editorial de Con Copia a Europa

La historia de la actual Unión Europea empezó de una forma cuanto menos pintoresca. En los días previos a la firma de los tratados de Roma se produjo el extravío del vagón que transportaba el material de transcripción de los tratados, el accidental envío a la basura de las cuartillas que contenían el borrador de texto, y una huelga de los estudiantes de la Universidad de Roma que debían “pasar a limpio” el documento final. Resultado: lo que los padres fundadores de la UE firmaron eran en realidad dos gruesos montones de hojas en blanco en el que sólo estaban impresas la primera y la última página. “Made in Southern Europe” que diría nuestro estimado Jeroen Dijsselbloem.

De ese tomo de hojas en blanco se han escrito las primeras 60 páginas. Sesenta páginas llenas de éxitos: el programa Erasmus, el fin del roaming, los fondos estructurales, Europol, la consolidación del mercado único, el Euro… Podríamos seguir enumerando muchos más. Todos ellos tan integrados en la vida diaria de los ciudadanos europeos que, en muchos casos, ni nosotros mismos somos conscientes de los obstáculos que hubo que superar para sacarlos adelante. Logros forjados al calor del compromiso, la negociación y la defensa de unos valores que han constituido durante décadas el ADN de todos los países que hoy pertenecen a la UE. Y sin embargo, en este edificio llamado Unión Europea han aparecido grietas.

Las crisis políticas y económicas se han sucedido en una UE que no ha sabido reaccionar en muchos casos en los que apenas hemos atinado a salir del paso, en ocasiones a través de acuerdos de mínimos verdaderamente vergonzantes (véase Turquía). Acuerdos de mínimos derivados de tratar de lograr el consenso de 28 partes, algunas de ellas poco o nada dispuestas a cooperar, que han conducido a la Unión a una parálisis y crisis existencial sin precedentes. Pero pongamos las cartas sobre la mesa: la actual UE no es el resultado de la acción de una legión de lejanos tecnócratas de Bruselas, sino el producto de los acuerdos entre los Estados miembros; y en muchos casos, las disfuncionalidades de ésta se derivan del eterno tira y afloja entre partidarios y detractores de una mayor integración política. Ahora, es precisamente a esos Estados miembros a quienes la Comisión Europea ha pedido que asuman su parte de responsabilidad en el futuro de una Unión Europea hacia la que muchos miran en un contexto marcado por una Rusia cada vez más agresiva en su política exterior, un EEUU que se repliega sobre sí mismo, y unas regiones que, como América Latina, parecen estar distanciándose de Washington para acercarse a Bruselas, especialmente en materia comercial.

Así, este fin de semana la Comisión presenta formalmente a los países miembros su Libro Blanco sobre el futuro de Europa, en el que plantea cinco escenarios para que elijamos dónde queremos estar en 2025. En pocas palabras, estos escenarios son: seguir como hasta ahora, olvidar todo sueño de unión política y quedarnos sólo en el mercado único, la “Europa a dos velocidades”, unirnos en menos temas pero de forma más profunda, o avanzar decididamente hacia los Estados Unidos de Europa. Con esta iniciativa, la Comisión Juncker pretende abrir una seria reflexión de hacia dónde va a avanzar la UE en la próxima década y arroja un guante para que los Estados miembros asuman su responsabilidad a la hora de pilotar la nave. El libro blanco de Juncker constituye una llamada de atención, un aviso para que reaccionemos y elijamos qué queremos ser de septuagenarios. Recojamos, pues, el guante.

Desde hace ya casi dos décadas 19 países cuentan con una moneda propia; y en 1985, cinco gobiernos impulsaron un espacio interior sin fronteras del que ahora forman parte 26 países europeos. Por otra parte, y tras cuatro años de negociaciones, este mismo mes de marzo el Consejo ha dado luz verde al proyecto de crear una Fiscalía europea a pesar de que hasta diez países han rechazado integrarse por el momento en el proyecto. Finalmente, los retos a afrontar de forma conjunta se agolpan: las crecientes presiones migratorias, las necesidades de seguridad y defensa ante un vecindario en llamas, abordar una unión fiscal para evitar competencias desleales a la baja entre Estados…

Por todo ello, quizá haya llegado la hora de institucionalizar como rumbo a seguir lo que ya es una realidad comunitaria para dar lugar a una Unión Europea que resuelva eficientemente los problemas de sus ciudadanos y empresas, y que asiente su posición en un mundo con múltiples actores de relevancia, cada uno con su propia agenda. Y que cada cual asuma sus responsabilidades ante esos compatriotas cuyos intereses dice preservar por encima de todo. Y de todos. La UE debe superar esa crisis existencial en la que se encuentra embarcada desde hace casi una década; y quizá el pragmatismo deba ser la respuesta a seguir para que quienes apostamos por una mejor Europa podamos continuar con un proyecto ilusionante nacido hace 60 años.

Los escenarios planteados por la Comisión no son nuevos, pero crean el marco de discusión idóneo para remangarse por fin y ponerse a trabajar por el futuro de este gran proyecto que llamamos Unión Europea.

Notas a vuelapluma sobre el #EU60

Hoy celebramos los 60 años de la firma de los Tratados en Roma, ese compendio de intenciones que evolucionaría hacia lo que hoy conocemos por Unión Europea. Un proyecto de unión para la paz que no hemos visto repetirse en ningún otro rincón del mundo, que ha sido valedor de un Premio Nobel y un ejemplo sin precedentes de cooperación entre países. Hoy, sin embargo, llegamos alertados a esta cita por varios motivos:

  • La falta de crítica en los eventos conmemorativos que han tenido lugar desde las instituciones y desde las asociaciones europeístas. La complacencia no es buena compañera cuando se enfrentan tantas críticas y tanta falta de comprensión desde la sociedad civil. La falta de empatía de aquellos que aspiran a representar a la mayoría está siendo utilizada por fuerzas políticas con poca voluntad de construir.
  • La UE ha estado demasiado tiempo decidiendo a puerta cerrada. El hecho de que instituciones poco conocidas por la ciudadanía hayan legislado por la vía rápida, especialmente durante la crisis económica, ha contribuido a despertar el recelo nacionalista.
  • En apenas un lustro, la evolución del sistema de partidos ha traído a Europa una nueva realidad política: se consolida el fervor nacionalista con partidos euroescépticos, frecuentemente de extrema derecha, y se desploman los partidos socialistas y laboristas (con Portugal como única excepción, quizás).
  • El brexit ha abierto un periodo de reflexión inédito en la historia comunitaria. Nunca, hasta ahora, se había puesto sobre la mesa de una manera tan explícita la posibilidad de echar marcha atrás y deshacer lo andado. Oliendo los problemas, la Comisión de Juncker ya dio pasos en este sentido, y ha vaciado de mucho contenido a las instituciones a través de ‘Better Regulation Package’, a costa de quitarle a Bruselas esa pesada fama de ente burocrático e incomprensible.
  • Los 60 años llegan con varios frentes abiertos: Estados Unidos y Turquía han pasado de aliados estratégicos a socios de los que fiarse poco; Putin como desafío a tomarse muy en serio en términos de seguridad, propaganda y ganas de interferir en los resultados electorales del continente; a nivel regulatorio, la UE tiene aún que resolver el ‘Dieselgate’, a sabiendas de que su credibilidad está mermada y de que probablemente tendrá que mostrar mano dura con una industria de gran peso en el contiente, en pleno litigio anti-competencia con gigantes globales como Google y Apple. Mientras, gestionar cómo poner en marcha la Europa a varias velocidades sin alejar aún más a socios que cada vez están dando más dolores de cabeza, como Polonia.

La UE cumple 60 años y sigue siendo aburrida y lejana. Y aunque se perciben buenos cambios y mayor dinamismo en términos de comunicación, sus principales enemigos siguen siendo dos viejos conocidos: el nacionalismo y el desconocimiento.

 

¿Pero esto no era una Comisión más política?

El pasado 1 de marzo el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, presentaba su “Libro Blanco” sobre el futuro del proceso de integración. En dicho documento, se planteaban hasta 5 escenarios distintos sobre cómo se podría desarrollar el proyecto comunitario en adelante. A saber:

  1. Seguir igual que hasta ahora, muddling through
  2. Focalizarnos en exclusiva en el Mercado Interior
  3. Consolidar la Europa de las múltiples velocidades
  4. Integrarnos menos pero mejor
  5. Crear una especie de federación europea, pero sin concederle tal nombre.

Más allá de la valoración de las distintas opciones planteadas por la Comisión, sorprende la ausencia de una preferencia clara por alguna de ellas. Atendiendo a la visión histórica de dicha institución comunitaria, lo lógico sería pensar que la apuesta de la Comisión sería por el escenario 5, el de una mayor integración por parte de todos los socios, aunque en el documento no se encuentran por ninguna parte guiños en este sentido (o en cualquier otro). Eso sí, vemos toda una hoja de ruta (un tanto imprecisa) sobre presentación de nuevos documentos y amplios debates con actores un tanto difusos, situando en el horizonte final las elecciones al Parlamento Europeo de 2019.

Tradicionalmente, la Comisión había intentado guiar el proceso de integración, sabiendo perfectamente que no podía obligar a los Estados miembros a caminar donde no quisiesen. En esta ocasión, directamente asume un rol mucho más secundario, más bien como una especie de animador del debate (de un debate que, por cierto, ya empezó con el anuncio de Tusk tras el referéndum británico de que se iniciaba un proceso de reflexión conjunto), con la esperanza de que se le tenga en consideración. Y seamos justos, hay que decir que ha logrado un cierto éxito en este sentido. Analistas, periodistas y políticos hablan de los escenarios del Libro Blanco y explicitan en muchas ocasiones sus preferencias al respecto.

No obstante, esto parece muy pobre teniendo en cuenta las palabras de Juncker cuando asumió el cargo: “Esta Comisión va a ser muy política” (en clara crítica velada a las Comisiones Barroso que le precedieron). No parece que la elaboración del Libro Blanco concuerde exactamente con esa voluntad de actuación. Más bien da la impresión de que la Comisión ha acabado por asumir que los cambios que se han producido en la Unión Europea en los últimos años tienen un carácter estructural. Y que, por tanto, los Estados miembros han ganado la batalla. Más intergubermentalismo a costa de la Comisión Europea.

Un 2017 electoral entre tulipanes

Holanda da el pistoletazo de salida a la carrera electoral que nos traerá este 2017. Sin embargo, es importante tener en cuenta que en cada país existen características específicas que hacen muy complicado poder comparar alegremente unos procesos electorales con otros. En este caso, Holanda no se ha librado de grandes comparaciones con Reino Unido. Pero aclaremos algunas cosas.

En primer lugar,  uno de los factores a tener en cuenta es que no podemos comparar Holanda con el Reino Unido de forma tan directa. Holanda es un país pequeño del continente, que participa en otro proceso supranacional a menor escala (el Benelux, junto a Bélgica y Luxemburgo) y que también parte de la Eurozona, mientras que el Reino Unido siempre ha tenido una posición más distante respecto a lo que ocurría en Europa, renunciando incluso a formar parte de algunos de los elementos de la integración europea y con una historia reciente muy ligada al Imperio Británico. Por tanto, Holanda está totalmente integrada en la UE  y su desconexión sería más problemática que la de los británicos. De la misma forma, el sentimiento eurófobo no es tan grande en Holanda como lo es en Reino Unido (apenas llega al 20%), si bien el apoyo general hacia el proyecto europeo es relativamente bajo (se encuentra estable en torno al 46%), el porcentaje de la población que se declara contraria a la UE no es tan alto como en el Reino Unido y, lo más importante, no cuenta con una plataforma de difusión tan relevante como tuvo el Brexit por parte de un sector de la prensa. Por último, las dificultades y la incertidumbre que estamos viendo en el proceso de desconexión del Reino Unido podrían hacer mucho menos atractiva la idea de un ‘divorcio’ del bloque en otro Estado Miembro.

Si, pese a todo, se produjera un voto favorable a abandonar la Unión Europea, sus efectos son  muy difíciles de predecir. Lo primero que deberíamos definir es ante qué tipo de Nexit: harsh (duro) contra soft (suave). La economía holandesa tiene gran dependencia del resto de Europa. Por ejemplo,  cuenta con el principal puerto del continente, considerado una de las principales puertas del comercio de la UE. A día de hoy sólo la actividad del puerto de Róterdam supone el 3% del PIB de todo el país. Sin duda las condiciones de un futurible Nexit dependerían mucho del éxito que los británicos consigan con su propia salida. Además, en el hipotético caso de que los holandeses decidieran salir de la Unión Europea, nos encontraríamos ante una paradoja: por un lado, Holanda es el segundo país de la UE con más lazos comerciales con Reino Unido y, por tanto, está en su interés que haya un Brexit ventajoso que respete estos lazos comerciales; por otro lado, un Brexit con condiciones ventajosas para el Reino Unido haría más atractiva la idea de un Nexit a la carta.

Precisamente Holanda es una potencia exportadora mundial y, por tanto, su economía está ligada en gran parte al sector comercial. Los principales países importadores de bienes holandeses son miembros de la UE: Alemania, Bélgica y Luxemburgo, Reino Unido, Francia e Italia. Como ya hemos visto en el caso del Brexit, simplemente el resultado a favor de la salida de Holanda de la UE en un posible referéndum crearía una situación de incertidumbre que perjudicaría gravemente a la economía holandesa.

Sin embargo, no todo el beneficio es económico. Muchas veces olvidamos que nuestra pertenencia a la UE es también algo tan simbólico y tan humano como la libertad para viajar, establecerse, trabajar o estudiar en cualquier Estado Miembro. En el caso de Holanda, alrededor de medio millón de holandeses residen en otro país de la UE, especialmente en Bélgica, Dinamarca y Alemania. Además, una alta proporción de jóvenes holandeses residen en Reino Unido, principalmente por motivos de formación académica o de empleo. La incertidumbre en torno al Brexit puede hacer que se pongan más en valor esta libertad que nos da la integración europea.

¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí?

Las pasadas elecciones de 2012 giraron en torno a la gran recesión y a las políticas de austeridad. Fue en ese momento donde el apoyo a la UE en Holanda, a la que se culpaba de la irregular marcha del país, comenzó a resentirse de forma más clara. En estos cinco últimos años el gobierno de coalición entre liberales y laboristas ha llevado a cabo importantes reformas económicas y estructurales que han devuelto a Holanda a un crecimiento sostenido. Es más, recientemente la Comisión Europea recordó que Alemania y Holanda tienen importantes superávit fiscales, animándoles a relajar las reformas y permitir un mayor gasto e inversión para compensar los déficits de otros Estados Miembros.

Sin embargo, el discurso económico se ha visto oscurecido por el de la inmigración y la preocupación por la seguridad. Los partidos euroescépticos han sido los únicos que han sabido canalizar la preocupación que la inmigración provoca en algunos sectores de la sociedad europea, y han conseguido hacer creer que el problema son las libertades que los europeos hemos conseguido en los últimos 60 años. En Holanda, Wilders ha sabido secuestrar el discurso electoral y llevarlo al terreno donde mejor se defiende. Eso ha llevado al actual Primer Ministro, el liberal Mark Rutte a girar a la derecha en materia de inmigración para evitar una sangría de votos. Tanto ha sido el éxito de Wilders en imponer el framing de estas elecciones, que apenas hay voces ni a la derecha ni a la izquierda que se atrevan a hacer una defensa férrea de  la Unión Europea o de políticas de acogida para refugiados. Es cierto que muchas veces los procesos de decisión de la Unión Europea, lentos y complejos, no ayudan a generar en el ciudadano un entusiasmo por la integración, pero en muchas ocasiones el papel y la capacidad de acción de la UE se magnifican para tapar errores o incapacidades de los propios gobiernos nacionales.

Rutte, Wilders, Groen y otros partidos del montón

En Holanda, como muchos otros países de la UE están experimentando recientemente, la lealtad a un partido no está garantizada y la oferta electoral es muy amplia, con alrededor de 11 partidos con posibilidad de obtener representación. La volatilidad es tan alta que, por ejemplo, el Partido Laborista, que actualmente es socio menor de la coalición de gobierno, está peleando por el sexto o séptimo lugar en las encuestas. Además, el sistema electoral holandés es muy representativo y cambios menores y muy dispersos pueden tener un gran impacto en la distribución final de la representación. Esto hace difícil predecir  resultados de cara a las próximas elecciones.

Sin embargo, es importante destacar que el Partido de la Libertad (PVV) de Wilders es un partido ya institucionalizado, contando con representación parlamentaria desde hace más de una década. De hecho, el actual primer ministro Rutte formó gobierno en 2010 gracias a un acuerdo de coalición de su partido VVD con los cristianodemócratas de la CDA y a un ‘acuerdo de tolerancia mutua’ entre CDA, VVD y el PVV de Geert Wilders. Es decir, ya en 2010 se rompió el supuesto cordón sanitario a la extrema derecha. Hoy día, tras el acuerdo de VVD con los laboristas, el PVV ha instrumentalizado la crisis financiera europea y la preocupación por la inmigración para convertirse en el principal enemigo del gobierno holandés.

Parece que la mayoría de las encuestas muestran una cierta ventaja del PVV desde hace algunos meses. Sin embargo, como hemos visto en cada elección en los últimos dos años hay cierta dificultad para plasmar los datos demoscópicos en datos reales, especialmente teniendo en cuenta la gran indefinición que señalan las encuestas para la mayoría de los votantes holandeses. Los últimos datos de hecho ponen en cabeza al actual partido de gobierno VVD, por encima del PVV de Wilders por primera vez desde noviembre de 2016. Si finalmente éste último no obtuviese la anunciada primera plaza podría tener un efecto bálsamo en el resto de elecciones y poner un ligero freno al populismo que amenaza con barrer Europea elección tras elección.

Es cierto que en Reino Unido el referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea se celebró sin necesidad de que el UKIP de Nigel Farage ganara las elecciones. Sin embargo, una vez más, es muy difícil comparar este caso con el holandés. Mark Rutte es un primer ministro liberal cuyo partido está convencido de lo beneficioso de la pertenencia de Holanda a la Unión Europea y, por ahora, su giro a la derecha se ha centrado en el discurso migratorio, no en el euroescéptico. Además, el sistema proporcional holandés puede dar un respiro a Rutte si consigue el apoyo tanto activo como tácito de cuatro o cinco partidos. La posición del VVD en el centro-derecha del tablero le permite hablar con fuerzas tanto más a la izquierda como los laboristas y los liberales de D66 como a su derecha con los cristianodemócratas del CDA y con la Unión Cristiana (CU). Tampoco podemos descartar que incluso un partido en alza como los Verdes de GroenLinks, que está experimentando un crecimiento considerable en las encuestas, pudiera dar su apoyo tácito a Rutte a cambio de reformas importantes en materia medioambiental y energética, contribuyendo así a un nuevo cordón sanitario en torno al PVV de Wilders.

¿Y qué ocurre con la ultraderecha?

Es muy difícil que, aunque el PVV de Wilders sea el partido más votado, pueda formar gobierno. Y, aunque lo hiciera, es muy complicado que sus socios de gobierno aceptaran celebrar un referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea. Aun así, el hecho de que Wilders pueda hacerse con el mayor número de votos y escaños en las próximas elecciones tendría un efecto negativo para el proyecto comunitario. A pesar de que una gran coalición de pequeños partidos pusiese fin a las aspiraciones de WIlders, su enorme presencia parlamentaria sería suficiente para condicionar no sólo el debate público, sino también las resoluciones parlamentarias, que requerirían un acuerdo muy amplio del resto de partidos para neutralizar su fuerza. Es decir, nos encontraríamos ante un gobierno muy débil, con un apoyo parlamentario muy frágil y con un debate público liderado por el PVV. Esto puede tener un efecto muy negativo en los compromisos de Holanda con la UE y eso sería preocupante, especialmente en un contexto en el que se comenzará a negociar la salida del Reino Unido de la UE y se fijarán las líneas generales del futuro de la Unión.

El caso de Le Pen en Francia es muy diferente, pues sus probabilidades de hacerse con la Presidencia de la República son reales. Pese a que las encuestas señalan que se respetaría el ‘pacto republicano’ para dejar al FN fuera de la carrera tanto si es Fillon como si es Macron quien pasa a la segunda vuelta, no podemos descartar todavía la idea de despertarnos un día con Marine Le Pen de camino al Elíseo. De producirse esto, Le Pen no dependería tanto de pactos con otras fuerzas políticas para llevar a cabo su idea de sacar a Francia de la Unión Europea. De celebrarse un referéndum y salir victoriosa la opción a favor de la salida, Europa se encontraría sin duda en una posición muy delicada con dos de sus principales miembros en proceso de salida. Sin embargo, lo que esto suponga para el futuro de la UE sólo podremos analizarlo en su momento.

¿Entonces Holanda se irá de la UE o no?

Según el último Eurobarómetro de noviembre de 2016, el 35% de los encuestados afirma que la pertenencia a la Unión Europea le genera sentimientos positivos, creciendo desde la anterior oleada en la primavera de 2016. Además, el porcentaje de los ciudadanos que afirma que la UE le despierta sentimientos negativos ha caído hasta un 24%. Por tanto, no está tan claro que exista realmente una desafección ante la Unión Europea. Muchos se preguntarán, ¿entonces cómo podemos explicar el auge de los partidos euroescépticos?

Precisamente ahí está la clave. No nos encontramos ante un auge del euroescepticismo, sino ante un auge del apoyo a partidos que se declaran euroescépticos. Estos partidos han sido los únicos que han introducido el debate sobre la inmigración en la esfera pública. Y lo han hecho en un momento en el que, para el 26% de los encuestados, la inmigración es el principal reto al que se enfrenta su país y en el que la inmigración y el terrorismo son los principales retos para la UE según un 45% y un 32% de los encuestados respectivamente.

Parece probable que los electores estén otorgando su apoyo a estos partidos no porque compartan su discurso euroescéptico o xenófobo, sino porque estos partidos han sido los únicos que han sabido escuchar y canalizar esas preocupaciones sobre la inmigración y la seguridad, mientras que los partidos tradicionales han considerado que hablar de inmigración era políticamente incorrecto. La clave para desactivar esta ola de apoyo a los partidos euroescépticos puede estar en introducir la inmigración en el debate europeo por parte tanto de gobiernos nacionales como de las instituciones europeas, proponiendo ideas y medidas que pongan el valor los beneficios, económicos y sociales, de la inmigración y que den respuestas a las preocupaciones de los ciudadanos desde la tolerancia. En definitiva, cuando existe un problema, no podemos esperar solucionarlo sin hablar de ello, porque vendrán otros que querrán solucionarlo de otra forma mucho más drástica. En nuestras manos está cambiar eso.

Los liberales europeos en 7 claves

1.- Los liberales tienen 8 primeros ministros en el Consejo Europeo

Los tiempos han cambiado rápido y el Consejo Europeo ya no es monopolio exclusivo de socialistas y conservadores. Ahora mismo, de los 28 líderes europeos, hay 8 liberales (Alianza de Liberales y Demócratas Europeos, ALDE), 8 socialistas (Partido Socialista Europeo, PES), 7 conservadores (Partido Popular Europeo, EPP), 2 de los conservadores y reformistas (ECR, el grupo de los tories británicos y el PiS polaco), 1 de la Izquierda Unitaria (GUE/NGL) y 2 no adscritos.

Entre los 8 países en manos de los liberales se encuentran Holanda, Bélgica, Dinamarca o Finlandia; lo que los sitúa en una significativa posición de relevancia. Sin embargo, como sabemos, viene otro ciclo electoral que puede cambiar las tornas en Holanda, Italia, Francia o Alemania y dejar de nuevo irreconocible este panorama.

2.- La oportunidad que se abre

En un contexto complejo y fragmentado, los grandes partidos europeos viven sus peores horas. Ni los conservadores ni los socialdemócratas gozan de las mayorías de antaño y se ven obligados a pactar en prácticamente todos los casos. Los liberales, como tercer partido histórico, tienen consolidada una posición de centro que les permite formar parte con cierta facilidad de las coaliciones que se van formando. Con una sensibilidad cercana a la derecha en lo económico y a la izquierda en lo social, los liberales viven un momento de oro para poder condicionar los gobiernos de sus respectivos países.

Sin embargo, y pese al buen momento de quiebra del bipartidismo, el ‘mundo nuevo’ que alumbran la corriente eurófoba y nacionalista choca directamente con la cosmovisión liberal. La presencia de los eurófobos y xenófobos en los gobiernos nacionales bloquea la ideas más globalistas que los liberales podrían poner encima de la mesa.

3.- El fin de la Gran Coalición

La Gran Coalición en el Parlamento Europeo se ha acabado y así lo demostró la votación para elegir a Antonio Tajani como nuevo presidente. ALDE terminó votando a favor de Tajani tras retirar Guy Verhofstadt, su líder, su candidatura a la presidencia. Los liberales, parece, toman la senda de socios preferentes para los conservadores, aunque conviene no perder de vista que su posición centrista puede salvar muchas votaciones a izquierda y derecha y ser clave para encontrar acuerdos.

4.- La polémica con el Movimiento 5 Estrellas

El Movimiento 5 Estrellas italiano anunció su intención de formar parte del grupo liberal en el Parlamento Europeo. El grupo en el que se encontraban hasta ahora, compartido con el UKIP de Nigel Farage, se disuelve tras el Brexit y el M5S queda desubicado. Pese a la actitud positiva que mostró Verhofstadt en un principio, los italianos de Beppe Grillo no llegaron a ser admitidos. La mera posibilidad de sumar a los grillini disparó las alarmas: los liberales siempre han sido europeístas y los de Grillo son partidarios de un referéndum sobre la pertenencia al euro.

5.- La brecha norte/sur

Es la misma brecha que acusa el resto de partidos, instituciones, políticas o grupos de representación en Europa. Los liberales del norte no son iguales que los del sur, donde son minoritarios y en gran parte desnaturalizados, y los intereses difieren. No es ninguna sorpresa. Esto es Europa.

6.- Los representantes españoles

Dentro de ALDE, en el grupo parlamentario, se encuentran Ciudadanos, el Partit Demòcrata Català, el PNV y lo que queda de UPyD. Ríanse de la casa de Gran Hermano. Aunque ALDE ha optado de manera clara por señalar a Ciudadanos como su representante en España, la representación de partidos tan opuestos (si atendemos al eje nacionalista, no económico) es muy problemática.

7.- Los liberales alemanes, el retorno

El FDP alemán se quedó fuera del Bundestag en las últimas elecciones, un sonado fracaso teniendo en cuenta que fue el socio de gobierno de Angela Merkel. Su ausencia obligó a Merkel a recurrir a la Große Koalition con los socialdemócratas. Las encuestas, sin embargo, muestran que los liberales podrían volver tras las próximas elecciones, condicionando de nuevo las posibles alianzas que haya que forjar tras conocer los resultados.

La fragmentación de la Concordia

Con Europa ‘sitiada’ al este y al oeste por un criminal de guerra sin escrúpulos y por la nueva administración de un sociópata narcisista y fascista, respectivamente, y con la delicada situación interna con el virus del brexit, todas las miradas están puestas en sendas elecciones francesas y alemanas. Por fortuna, el efecto Schulz y el buen hacer de la Canciller parecen augurar la victoria de uno de los dos grandes partidos germanos, o incluso de ambos, con la reedición de la coalición de gobierno, la lidere quien sea que la lidere. Por el contrario, el escenario que se dibuja en otro de los ventrículos del corazón del proyecto europeo, Francia, da cada vez más pánico.

El momentum de Marine Le Pen y su FN, otro movimiento fascista -hagamos el favor de empezar a llamar a las cosas por su nombre y no con eufemismos-, y la pésima elección de candidatos por parte de los grandes partidos galos, nos empiezan a poner en alerta ante la posible enésima hecatombe política de los últimos dos años.

Una vez más, la falta de visión estratégica, de capacidad de entendimiento y de velar por el interés general más que por el de las siglas, han llevado a socialistas a elegir de candidato a un hombre escorado y altamente radical en sus posturas; y a los conservadores a poner al frente de la maquinaria republicana a un hombre gris, retrógrado y parece ser que corrupto. Ante las múltiples muestras que las sociedades occidentales vienen dando de imprevisibilidad y apetito por las fórmulas populistas y extremistas, los grandes partidos franceses tenían la posibilidad pero sobre todo la obligación moral, republicana y europea, de optar por un plan de Concordia para que, pasara lo que pasara, Francia siguiera siendo gobernada por personas e ideas que creen firmemente en el libre mercado, la socialdemocracia, los derechos y libertades universales y en el proyecto común europeo.

Con candidatos y postulados moderados, firmes en la defensa de los valores democráticos de la República, y con el regio propósito de servir a su patria por encima de cualquier otra cosa, el vendaval político protagonizado por el Front National sería hoy mucho menor, y nos aseguraríamos de tener siempre en segunda vuelta a un partido y candidato capaces de movilizar al electorado del otro gran bloque, ante la más que probable llegada a la contienda final por parte de Marine Le Pen. Ahora, sin embargo, vemos cómo un cara a cara entre el Frente Nacional y el Partido Socialista podría saldarse con la victoria de los primeros; difícil por no decir imposible será que convenza Hamon a los votantes de Les Républicains y lo mismo le ocurriría a Fillon para que le voten los socialistas tras los últimos escándalos.

No tenemos claro hasta qué punto la efervescente subida en las encuestas de Macron se traducirá en votos reales -los liberales en Francia llevan estancados décadas-, ni hasta qué punto su electorado sería transferible a un viejo carca o a un izquierdista radical, pero sí tenemos claro que gran parte del futuro de Europa está hipotecado a que los franceses sean más responsables e inteligentes a la hora de votar de lo que sus grandes partidos han hecho para merecerlo. Esperemos que en estas próximas semanas republicanos y socialistas pongan fin a esta fragmentada Concordia y se den cuenta de que tienen que hacer absolutamente todo para que Marine Le Pen no llegue al Elíseo; el fin justifica los medios, está en juego Europa.

“Debemos enorgullecernos de nuestros logros”

“Tengamos el valor de enorgullecernos de nuestros logros, y el valor de refutar la retórica a los demagogos”. No es un arrebato de dignidad de una clase política mermada en credibilidad y confianza, sino el grito poco disimulado de una Europa cada vez más sola en la defensa de los valores fundamentales de la democracia liberal. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, una de las principales autoridades del proyecto comunitario, ha puesto encima de la mesa con su carta “Unidos, resistiremos, divididos, perderemos” una cruda realidad que gritan cada mañana las portadas de lo que no hace tanto llamábamos ‘Occidente’. Y es que un nuevo orden geopolítico se está fraguando al calor de discursos populistas y nacionalistas, exacerbados por una crisis económica que ha encontrado en los procesos de globalización su chivo expiatorio.

Tusk en su carta no solo identifica las principales causas de los movimientos que se dirigen en contra de la integración europea, el libre comercio o la libre circulación de ciudadanos, sino que señala directamente a tres potencias como amenazas del proyecto europeo: Rusia, China y la nueva administración estadounidense de otro Donald, en este caso Trump. En el caso ruso, los ecos heridos de lo que fue una gran potencia mundial al mando de la Unión Soviética han sido espoleados por una política nacionalista promovida desde Moscú por Vladimir Putin y reflejada a la perfección con su papel en la crisis ucraniana y la anexión de Crimea. Respecto a China el presidente del Consejo advierte de su supremacía comercial vía marítima. Una actividad que, junto a la compra de deuda pública, condiciona gran parte de la competitividad e independencia económica de un viejo continente anestesiado por los efectos de la crisis y un estado de bienestar difícil de mantener.

Sin embargo, el hecho que más debería plantearnos la gravedad de la situación es su crítica sin ambages de una administración estadounidense que en tan solo dos semanas ha paralizado o suprimido importantes tratados comerciales, ha dado la orden de ampliar el muro que lo separa de México y ha señalado sin miramientos diferentes nacionalidades de mayoría musulmana prohibiéndoles entrar en terreno estadounidense con el pretexto de luchar contra el terrorismo internacional.

Europa debe despertar, y la carta de Tusk lo dice claramente a quien quiera oírlo. Debemos estar orgullosos del camino recorrido y de las reglas que nos han hecho llegar hasta aquí. A día de hoy la Unión Europea es el único proyecto supranacional que continúa apostando por una democracia representativa que defienda los derechos y libertades individuales y colectivas a los que nos hicieron renunciar los totalitarismos nacionalistas del siglo XX, para muchos desgraciadamente olvidados. No debemos escuchar los cantos de sirena que nos hablan de la opulencia perdida en aras de la soberanía compartida. Europa se hizo grande tirando las fronteras abajo y abriendo el comercio a la libre competencia. Somos el ejemplo aún vivo de lo que se consigue cuando las naciones se ponen de acuerdo en luchar por un futuro mejor en común. La Unión Europea está llamada a defender en la escena internacional las convicciones que apuntalan nuestra historia de éxito, y no podemos quedarnos callados aunque eso signifique molestar al que en su día fue nuestro principal socio y valedor, el otrora “líder del mundo libre”.

Con Trump en la Casa Blanca, Europa debe armarse de algo más que de paciencia

Ha pasado: Donald Trump es presidente de Estados Unidos. Y no está perdiendo el tiempo: en sus primeras 72 horas de gobierno, y como primeras acciones en política exterior, Trump ya ha dado orden de retirar al país del TPP y ha anunciado que renegociará el NAFTA que le une a Canadá y México. Para más inri, en su discurso de investidura, el nuevo presidente de Estados Unidos afirmaba, literalmente: “defendimos las fronteras de otras naciones, mientras nos negamos a defender las nuestras” y “intentaremos ser amigos y mostrar buena voluntad con las naciones del mundo, pero lo haremos en el entendido de que todas las naciones tienen derecho a poner sus intereses primero”. Como para quedarse calvo intentado deducir el significado de ambas frases.

Estados Unidos se repliega sobre sí mismo. Y teniendo en cuenta las recientes declaraciones de Trump sobre la obsolescencia de la OTAN creo que no resulta descabellado pensar que, más tarde o más temprano, la nueva administración estadounidense tomará medidas de idéntico repliegue en el ámbito de la seguridad y la defensa. Por lo menos en el teatro europeo.

Ante la eventualidad de que esto pudiera terminar ocurriendo, la Unión Europea debe prepararse. Y para ello debemos apostar (de una vez) por una mayor integración en campos tan importantes como los de la seguridad y defensa. Con una integración de nuestros recursos, contaríamos con una capacidad de actuar mucho más rápido, de anticipar amenazas, de ser más efectivos y capaces de operar de manera independiente allí donde nuestro liderazgo es requerido. Sin duda, esta partida se juega en buena medida en el nivel del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia (ELSJ). Pero no podemos desdeñar el potencial de contar con una Política de Seguridad y Defensa Común plenamente operativa.

En el ámbito de la seguridad, tenemos un largo camino por delante para lograr dotarnos de unas eficientes capacidades de inteligencia europea. Bien sea a través de una potenciación de los limitados recursos del EU INTCEN (la “Euro CIA”), o bien a través de una mayor cooperación entre servicios de inteligencia nacionales; tal y como ya se hace desde hace años a nivel policial en el seno de Europol. Cuanto más fluya la información entre las capitales europeas, más se estrechará el campo de actuación de las redes terroristas y del crimen organizado. Por otro lado, desde 2013 la UE cuenta con su propia Estrategia de Ciberseguridad, que en 2016 alcanzó su último desarrollo normativo. Ahora, es responsabilidad de los Estados lograr su aplicación efectiva.

En el ámbito de la defensa, contamos con un Eurocuerpo, que apenas hemos utilizado a fecha de hoy, y que podría ser la base sobre la que construir nuestras propias capacidades de defensa. Asimismo, en diciembre de 2016 se anunciaba el lanzamiento del European Defence Action Plan, con el objetivo de generar incentivos a la investigación, desarrollar programas conjuntos de armamento y equipamiento, y promover la eficiencia en el gasto, todo ello bajo la idea motriz de potenciar la industria militar europea. El éxito en la implementación de este plan supondría un auténtico salto adelante para la autonomía estratégica de la UE en materia de defensa.

La UE no puede limitarse a esperar y tratar de rechazar las amenazas cuando lleguen a nuestras puertas. Debemos ser capaces de adelantarnos a los acontecimientos, amoldarnos al entorno de seguridad y demostrar una mayor proactividad, desarticulando redes terroristas y de crimen organizado dentro y fuera de nuestras fronteras; y, de ser necesario, interviniendo en el exterior para negar a estos grupos una “base segura”, como ya se hizo en Afganistán y más recientemente en Mali. Y, sobre todo, la UE tiene que estar presente en la gestión de las principales crisis internacionales, poniendo sobre la mesa sus propias capacidades (civiles o militares, económicas o diplomáticas) como hicimos ante el desafío nuclear iraní.

La próxima salida del Reino Unido privará a la UE de su principal potencia militar; pero también abre una ventana de oportunidad. Una oportunidad para avanzar en la integración y dejar atrás, también en este ámbito, las reticencias de los defensores de su sacrosanta soberanía nacional, tan de moda últimamente. Para ello será precisa, sin duda, mucha pedagogía y aún más voluntad política.

Pero no podemos negar que el actual contexto internacional nos está invitando a ello.

¿Nos atreveremos?